
Sus padres comparten cómo su hijo, en lugar de hundirse, "nos adelantó como un Ferrari" en el camino al Cielo.
La muerte de un hijo es, quizás, la prueba más dura que unos padres pueden enfrentar. Sin embargo, para Ricardo y Mari Carmen, el adiós a su hijo Pablo, de 21 años, se ha convertido en un testimonio luminoso de fe y esperanza. Lejos de ser una historia de tragedia, la suya es la crónica de una carrera hacia el Cielo, una en la que, como dice su madre, Pablo «nos ha adelantado por la derecha, así como en un Ferrari». Este joven, diagnosticado con cáncer, no solo aceptó su cruz, sino que la abrazó con una alegría que desbordó a su propia familia y que hoy inspira a miles.
La historia de Pablo es la de una profunda conversión. Sus padres reconocen con humildad que el camino espiritual de su hijo en sus últimos meses los superó por completo. No fue una resignación pasiva ante el dolor, sino un descubrimiento activo y apasionado del sentido redentor del sufrimiento. Pablo comprendió que no estaba solo en su enfermedad y que cada momento de dolor, ofrecido y unido a Cristo, tenía un valor inmenso. Esta convicción lo llevó a dibujar flores que nacían de la cruz, una imagen poderosa que resume su visión: donde el mundo ve un final, la fe descubre el germen de la vida eterna.
¿Cómo un joven de 21 años enfrenta la muerte con alegría?
La respuesta de Pablo a esta pregunta descoloca nuestra lógica humana. Él mismo reconocía como natural el miedo, las dudas y las tentaciones. «La noche oscura tiene que estar para poder ser batallada», afirmaba, mostrando una madurez espiritual asombrosa. No negaba la oscuridad, sino que la entendía como el campo de batalla donde la fe se fortalece. Su fuerza no provenía de una entereza psicológica o de un optimismo forzado, sino de una relación cada vez más íntima y personal con Jesucristo.
Este vínculo se profundizó de una manera casi profética. Durante un encuentro con Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal al que pertenece su familia, este le aseguró que rezaría por su curación. Pero añadió algo más: si la sanación física no llegaba, Jesucristo le concedería una intimidad muy grande con Él. Y así fue. Ricardo, su padre, confiesa: «Yo estaba esperando un milagro de curación física». Sin embargo, con el tiempo comprendió que «el milagro se podía dar, pero no de curación física». El verdadero milagro fue ver a su hijo enamorarse «hasta las entrañas» de Cristo.
El milagro que no fue físico, sino espiritual
Los últimos ocho meses de la vida de Pablo fueron una explosión de vida espiritual. Los vivió, según recuerda su padre, «como si estuviese sano». Su enfermedad no frenó su alma; al contrario, pareció liberarla. Pasaba noches enteras en adoración eucarística, se consagró a Dios como carmelita adoptando el nombre de Fray Pablo María de la Cruz y sintió una apremiante llamada a evangelizar a través de su propia muerte. Su vida se convirtió en una ofrenda voluntaria con intenciones muy claras: por los jóvenes, por la unidad de la Iglesia y para que el mundo pierda el miedo a la muerte.
Su mensaje era directo y transformador, un verdadero tabú para nuestra sociedad que oculta la muerte. Fray Pablo, sin embargo, la miraba de frente y con una sonrisa:
«La muerte en Cristo es increíblemente bonita. No da miedo. Es un tabú que hay que romper».
Para él, la perspectiva del encuentro definitivo con Dios no era motivo de angustia, sino de anhelo. «A mí me parece hasta mucho tiempo, de las ganas que tengo de encontrarme con el Padre», llegó a decir, añadiendo que «nunca es pronto para encontrarse con Dios». En su enfermedad no vio una desgracia, sino una oportunidad para recibir gracias que de otro modo no habría tenido, sintiéndose sostenido por la oración de tantos y encontrando una alegría inexplicable en medio del proceso.
Un legado que sigue vivo: «Ahí me tienen siempre en línea»
Pablo falleció en julio de 2023, pero su partida no fue un final. «Se fue feliz», asegura su madre. Su funeral, lleno de jóvenes, no fue un acto de luto, sino una celebración de la esperanza cristiana en la vida eterna. En esa Misa, el sacerdote transmitió un mensaje que el propio Pablo había dejado para todos los que lo querían:
«El que quiera hablar conmigo lo tiene muy fácil: que acuda a la Eucaristía, ahí me tienen siempre en línea».
Esta frase, con una frescura totalmente actual, resume su legado: un recordatorio de que la comunión con los que nos preceden en la fe es real y se alimenta en el encuentro con Jesús Sacramentado. Su testimonio ha sido recogido en el documental «¡La cruz es mi alegría, no mi pena!», que, según informa el portal Aleteia, se estrenó en la Universidad Pontificia de Salamanca y se proyectará próximamente en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid, contando con la presencia del presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello.
La historia de Fray Pablo María de la Cruz no es solo el recuerdo de un joven valiente. Es una invitación a mirar nuestras propias cruces, grandes o pequeñas, no como un peso inútil, sino como una oportunidad para encontrarnos con el amor de Dios. Sus padres, Ricardo y Mari Carmen, ahora esperan el reencuentro. Su madre reza con una confianza conmovedora: «Cuando me toque a mí, Dios mío, por favor: Pablo a mi lado». Porque, como ella misma dice, aunque el miedo sea humano, «teniendo al Señor todo es más fácil». Y con un hijo que les espera en el Cielo, el camino se vuelve, sin duda, más luminoso.






