
El Papa ha destacado en un discurso dirigido a profesores de Religión Católica la importancia decisiva de su labor en la formación integral de niños y jóvenes, subrayando que la dimensión religiosa no puede quedar al margen de la educación. Los invitó a enseñar desde la cercanía, la coherencia y el amor, en un contexto marcado por la dispersión interior, y a acompañar a los estudiantes en el descubrimiento de su mundo interior, promoviendo una educación que una fe, cultura y pensamiento
Patricia Ynestroza – Ciudad del Vaticano
León XIV se dirigió a los participantes delMeeting nacional de los Profesores de Religión Católica, destacando el papel decisivo que desempeñan los docentes en la formación integral de niños y jóvenes, subrayando que la dimensión religiosa no puede ser relegada en la educación y llamando a enseñar desde la cercanía, la coherencia y el amor, en una época marcada por el ruido y la dispersión interior. El discurso del Santo Padre dejó un mensaje contundente: la educación no es solo transmisión de contenidos, sino acompañamiento humano y espiritual. En un mundo marcado por la distracción y la incertidumbre, el profesor de Religión aparece como un guía capaz de ayudar a los jóvenes a reencontrarse consigo mismos, a escuchar su interior y a abrirse a la verdad con libertad.
Una labor silenciosa pero esencial
El Papa inició su intervención saludando a los obispos y a los maestros presentes, agradeciendo el servicio “silencioso y no apariscente” que realizan en la escuela. Reconoció que su trabajo es exigente, pero fundamental para el crecimiento humano y espiritual de las nuevas generaciones.
Apoyándose en una reciente nota pastoral de la Conferencia Episcopal Italiana, recordó que la dimensión religiosa es parte constitutiva de la experiencia humana y, por ello, no puede ser marginada en los procesos educativos. En este marco, afirmó que la enseñanza de la Religión Católica representa una expresión concreta de la atención de la Iglesia hacia los jóvenes.
La sed de infinito como motor de paz
El Pontífice citó a san Agustín para describir la búsqueda interior del ser humano y el deseo profundo de Dios que habita en el corazón. Señaló que esta sed de infinito, presente en cada persona, puede convertirse en una energía capaz de promover la paz, renovar la sociedad y enfrentar sus contradicciones.
En ese sentido, definió la misión del profesor de Religión como una especie de “trampolín” que ayuda a niños y jóvenes a lanzarse a la aventura del diálogo interior, algo indispensable para fortalecer una auténtica alianza educativa, hoy más necesaria que nunca.
Una asignatura con valor cultural y social
El Santo Padre también insistió en que la Religión Católica no es únicamente un contenido espiritual, sino una disciplina con una gran relevancia cultural. Explicó que permite comprender procesos históricos y sociales, además de acercarse a las artes, el pensamiento y las tradiciones que han configurado la identidad de Italia, Europa y numerosos países.
Subrayó que esta enseñanza, cuando se imparte en diálogo con otras disciplinas y con rigor, ayuda a comprender mejor el mundo. Especialmente destacó la Biblia como fuente inagotable para conocer a Cristo y, a través de Él, el rostro del Padre.
Además, defendió que una verdadera laicidad no excluye el hecho religioso, sino que sabe reconocerlo como un recurso educativo valioso, siempre respetando la libertad de cada persona.
“El corazón habla al corazón”: educar para escuchar
El Papa se detuvo especialmente en el lema del encuentro,Cor ad cor loquitur(“El corazón habla al corazón”), inspirado en san John Henry Newman. Según explicó, esta expresión resume un camino educativo en el que la verdad es la meta, y la relación personal es el camino para alcanzarla.
Advirtió que en la actualidad los jóvenes viven asediados por estímulos constantes y ruidos externos que pueden apagar su voz interior. Por ello, educar significa ayudarles a reconocer esa voz que ya está dentro de ellos, sin enterrarla ni confundirla con el caos del entorno.
El Pontífice señaló que muchos jóvenes, aunque parezcan indiferentes, esconden en realidad inquietud y sufrimiento: una intensidad emocional difícil de comprender y de expresar.
Formar en libertad interior y pensamiento crítico
En el centro de su reflexión, el Papa afirmó que hacer escuela es formar a las personas en la escucha del corazón. Eso, dijo, conduce a la libertad interior y al pensamiento crítico, donde fe y razón no se enfrentan, sino que caminan juntas en una búsqueda sincera de la verdad. Recordó que educar exige paciencia, sembrar sin exigir resultados inmediatos y respetar los tiempos de maduración de cada estudiante. Pero sobre todo, insistió, requiere amor.
Uno de los pasajes más directos del discurso fue el llamado a los profesores a ser “maestros creíbles”, enamorados de Dios y también de sus alumnos. El Santo Padre pidió transmitir valores sin protagonismo ni moralismos, ofreciendo miradas que levantan y siendo testigos de una coherencia humilde y cercana.
Afirmó que los estudiantes no necesitan respuestas prefabricadas, sino adultos honestos y presentes, capaces de acompañarlos con autoridad y responsabilidad en las grandes preguntas de la vida. Según el Papa, los jóvenes recordarán especialmente a quienes supieron reconocer en ellos un don único, quienes los tomaron en serio y caminaron a su lado mostrando que también ellos buscan, piensan, viven y creen.
Sin disminuir el valor del testimonio personal, el Pontífice subrayó también la necesidad de una sólida competencia profesional. La enseñanza de la Religión Católica —dijo— requiere actualización constante, planificación, rigor cultural y capacidad de utilizar lenguajes adecuados para las nuevas generaciones.
“Coreógrafos de esperanza” ante los desafíos de la escuela
En la parte final, el Papa reconoció que la escuela enfrenta desafíos dramáticos y al mismo tiempo apasionantes. Por eso animó a los docentes a perseverar, recordándoles que la Iglesia los envía como “servidores del mundo educativo”, “coreógrafos de esperanza”, “buscadores incansables de sabiduría” y “artífices creíbles de belleza”.
Concluyó confiando a los participantes a la intercesión de la Virgen María y de los santos educadores, asegurando su oración y otorgando la bendición apostólica también a las familias, estudiantes y seres queridos de los docentes.
Fuente: Vatican News






