
En el 5º Domingo de Pascua, la Palabra nos invita a no temer y a confiar en Jesús, el único sendero que nos conduce al Padre.
En este 5º Domingo de Pascua, la liturgia nos sumerge en uno de los diálogos más íntimos y reveladores de Jesús con sus discípulos. Nos encontramos en el Cenáculo, en la víspera de su Pasión. El aire está cargado de incertidumbre y tristeza. Los apóstoles intuyen que algo definitivo está por suceder y el miedo comienza a apoderarse de sus corazones. Es en este preciso momento de fragilidad humana que Jesús no ofrece un consuelo vacío, sino una certeza que atraviesa los siglos: una promesa de esperanza y un camino claro a seguir.
La Palabra de este domingo, tomada del Evangelio según san Juan, nos invita a detenernos y escuchar con el corazón abierto, especialmente cuando nuestro propio camino se siente confuso o el futuro parece incierto. Jesús se dirige a sus amigos de ayer y a nosotros hoy, pidiéndonos un acto de fe profundo, una confianza que va más allá de lo que podemos ver o entender. Nos llama a reconocer su presencia viva y actuante en medio de nuestra realidad cotidiana, transformando nuestras dudas en una fe sólida y nuestros miedos en paz.
El pasaje central de este domingo es una de las autodefiniciones más profundas de Jesús en todo el Evangelio. Ante la pregunta directa de Tomás, que expresa la desorientación de todos, el Señor responde con una claridad que resuena hasta hoy:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para ir a donde yo voy». Tomás le dijo: «Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?». Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto». Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús le replicó: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre». (Juan 14, 1-12)
¿Qué significa que Jesús es el Camino?
Cuando Jesús dice «Yo soy el Camino», no está hablando de un sendero de tierra o de un conjunto de reglas a seguir. Se está presentando a sí mismo como la única vía de acceso a una vida plena y auténtica, la vida en comunión con Dios Padre. En un mundo que nos ofrece miles de «caminos» para la felicidad —el éxito, el placer, el poder, el consumo—, Jesús nos propone una ruta diferente. No es un camino fácil, pero es el único que conduce a un destino seguro. Seguir su Camino es imitar su estilo de vida: su manera de amar, de perdonar, de servir, de mirar al otro con misericordia. Es preguntarnos en cada decisión, grande o pequeña: ¿Qué haría Jesús en mi lugar? ¿Cómo trataría a esta persona? ¿Cómo respondería a esta injusticia? El Camino no es una idea, es una persona a la que seguimos día a día con gestos concretos.
¿Por qué se presenta como la Verdad?
En una época de relatividad, donde cada uno parece tener «su» verdad, la afirmación de Jesús es audaz y transformadora. Él no dice que enseña la verdad o que conoce la verdad; dice «Yo soy la Verdad». Esto significa que la verdad no es un concepto abstracto o una filosofía, sino una relación personal con Él. Conocer a Cristo es conocer la verdad sobre Dios, sobre quiénes somos nosotros y sobre el sentido de nuestra existencia. Esta Verdad nos hace libres: libres del egoísmo, del miedo a la muerte, de la esclavitud del pecado y de las mentiras que el mundo nos cuenta sobre la felicidad. Abrazar a Jesús como la Verdad es permitir que su Palabra ilumine las zonas oscuras de nuestra mente y nuestro corazón, dándonos un fundamento sólido sobre el cual construir nuestra vida.
¿Cómo entendemos que Él es la Vida?
Finalmente, Jesús se revela como «la Vida». No se refiere simplemente a la existencia biológica, sino a la vida en abundancia, la vida con mayúscula, la vida eterna que comienza aquí y ahora. En el Tiempo Pascual, celebramos que Cristo ha vencido a la muerte. Su Resurrección es la garantía de que su promesa de Vida es real. Él no solo nos da la vida, sino que *es* la Vida misma. Cuando comulgamos, cuando oramos, cuando amamos como Él nos amó, estamos participando de esa Vida divina que nada ni nadie nos puede arrebatar. Vivir en Cristo es experimentar un gozo y una paz que no dependen de las circunstancias externas, porque su fuente es inagotable. Es la certeza de que, aunque todo parezca derrumbarse, en Él nuestra vida tiene un propósito y un destino eterno en la casa del Padre.
Las palabras de Jesús a Felipe, «El que me ha visto, ha visto al Padre», resumen todo el misterio. No necesitamos buscar más. En el rostro, en las palabras y en las obras de Jesús de Nazaret, encontramos el Camino que nos guía, la Verdad que nos libera y la Vida que nos plenifica. Que en este domingo de Pascua, su promesa renueve nuestra fe y nos impulse a ser testigos de su amor en el mundo, realizando obras que den testimonio de que Él vive y está con nosotros.
Señor Jesús, tú que eres el Camino, guíame en mis decisiones. Tú que eres la Verdad, ilumina mi mente y mi corazón. Tú que eres la Vida, lléname de tu presencia y de tu paz. Ayúdame a no inquietarme ante las dificultades y a confiar siempre en tu promesa de que nos preparas un lugar junto al Padre. Amén.
Fuente: Calendario litúrgico argentino 2026






