
En el Regina Coeli, León XIV hace una meditación sobre el Evangelio de Juan (14,1-12), invitando a los fieles a redescubrir la promesa que Jesús pronunció en la Última Cena: “Voy a prepararles un lugar. El Santo Padre concluyó invitando a las comunidades cristianas a convertirse ya desde ahora en signo visible de esa casa del Padre. Si el cielo es acogida, nuestras parroquias y comunidades deben ser espacios abiertos. Si el cielo es fraternidad, nuestras relaciones deben reflejar esa realidad.
Patricia Ynestroza – Ciudad del Vaticano
El Papa León XIV en su alocución previa al rezo mariano del Regina Caeli, recordando el Evangelio de hoy, en el que se narra que Jesús, en la Última Cena dialogando con sus discípulos, les ofrece una promesa que atraviesa el dolor y abre el horizonte de la vida eterna:
«Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.»(Jn 14,3).
En Dios existe un lugar reservado para cada uno
Los apóstoles descubren que en Dios existe un lugar reservado para cada persona. Nadie está de más, nadie queda fuera. Desde el primer encuentro junto al río Jordán, algunos de ellos ya habían experimentado esa acogida cuando Jesús los invitó a quedarse con Él (cf. Jn 1,39). Ahora, afirmó el Papa, ante la muerte, Jesús vuelve a hablar de una casa, pero esta vez no es una vivienda sencilla: es la casa del Padre, inmensa, abierta, capaz de recibir a todos.
Jesús se presenta como aquel que prepara las habitaciones, como un servidor amoroso que deja todo listo para que cada hermano y hermana, al llegar, encuentre su lugar preparado y sienta que siempre fue esperado.
Lo más valioso al alcance de todos
Seguidamente el Pontífice recordó que en el mundo en que vivimos, todavía marcado por la lógica antigua, muchas veces lo que más atrae son los lugares exclusivos, los privilegios reservados a unos pocos, el deseo de pertenecer a un grupo selecto. Se valora el acceso restringido, lo que pocos pueden alcanzar. Pero en el mundo nuevo que Cristo resucitado inaugura, dijo, ocurre lo contrario: lo más valioso está al alcance de todos.
Y esto no lo vuelve menos atractivo. Al contrario, lo hace verdaderamente hermoso. Donde antes había competencia, nace la gratitud. Donde antes existía exclusión, aparece la acogida. Donde antes la abundancia generaba desigualdad, ahora se convierte en plenitud compartida. Y, sobre todo, nadie se pierde en el anonimato: cada persona es reconocida en su identidad única.
No se inquieten. Crean en Dios y en mí
La muerte amenaza con borrar nombres, historias y recuerdos. Pero en Dios, señaló el Papa, cada uno es finalmente él mismo. Allí nadie es confundido, ignorado ni olvidado. Ese es el lugar que el ser humano busca durante toda su vida, a veces incluso desesperadamente: un lugar donde ser visto, amado y reconocido. Por eso Jesús nos dice con firmeza:
«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.»(Jn 14,1).
La fe, añadió León XIV, libera el corazón de la ansiedad por poseer, por sobresalir, por ganar prestigio para sentir que uno vale. En Dios, cada persona ya tiene un valor infinito. Esa es la verdadera realidad, aunque el mundo muchas veces nos haga creer lo contrario.
Una casa donde nadie se pierde
Y cuando los cristianos se aman como Jesús los amó, se transmiten mutuamente esa certeza: que nadie necesita demostrar su valor, porque ya lo tiene por el simple hecho de ser amado por Dios. Este es el mandamiento nuevo, dijo por último, que anticipa el cielo en la tierra y revela al mundo que la fraternidad y la paz no son un sueño ingenuo, sino nuestro destino. En el amor auténtico, incluso en medio de una multitud, cada uno descubre que es único.
Pidamos entonces a la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, que cada comunidad cristiana sea verdaderamente una casa abierta, rogó por último, que sea acogedora para todos y atenta a cada persona, donde nadie se sienta extraño y todos puedan experimentar la alegría de ser esperados.
Fuente: Vatican News






