Nuestra Iglesia

Evangelio del 2 de mayo: Quien me ha visto a mí ha visto al Padre

En la Cuarta Semana de Pascua, la pregunta del apóstol Felipe nos abre la puerta a la revelación más profunda: Jesús es el camino al Padre.

Avanzamos en el gozo de la Pascua, y en esta cuarta semana, la liturgia nos sumerge en los diálogos íntimos de Jesús con sus discípulos durante la Última Cena. Son momentos de despedida, pero sobre todo de revelación. El Evangelio de hoy, tomado de san Juan, nos sitúa en el corazón de una de las preguntas más humanas y profundas que podemos hacernos: ¿cómo es Dios? ¿Podemos verlo? El apóstol Felipe, con una sinceridad que nos representa a todos, le pide a Jesús una prueba definitiva, una visión que calme todas las dudas.

La respuesta de Jesús no es una demostración de poder, sino una invitación a cambiar la mirada. Nos llama a descubrir que el misterio de Dios no es algo lejano e inaccesible, sino que se ha hecho cercano, visible y tangible en su propia persona. Este pasaje es una brújula para nuestra fe, especialmente en un mundo que a menudo busca a Dios en lo espectacular, mientras Él se nos manifiesta en la sencillez de lo cotidiano, en el rostro de su Hijo.

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 7-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras.
En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

¿Cómo podemos «ver» al Padre hoy?

La petición de Felipe, «Señor, muéstranos al Padre y nos basta», resuena con fuerza en nuestro propio corazón. Vivimos en una cultura de la imagen, de lo inmediato, y a menudo anhelamos una señal clara, una prueba irrefutable de la existencia y del amor de Dios. Queremos «ver» para creer. Sin embargo, Jesús nos corrige con una ternura casi dolida: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?». La revelación ya ha sido dada. El rostro de Dios tiene un nombre y una historia: Jesús de Nazaret.

Ver al Padre a través de Jesús no es un acto meramente físico, sino un ejercicio de fe que ilumina toda nuestra realidad. Significa aprender a mirar el mundo con los ojos de Cristo. Lo «vemos» cuando leemos su Palabra y dejamos que transforme nuestros criterios. Lo «vemos» en la fracción del pan, en la Eucaristía, donde se nos da como alimento. Lo «vemos» en el rostro del hermano que sufre, del migrante, del enfermo, porque Él mismo dijo: «a mí me lo hicisteis». Y lo «vemos» en cada gesto de amor, de perdón y de servicio desinteresado que brota en nuestro mundo. La fe nos da unos «lentes» nuevos para descubrir las huellas del Padre en la trama de nuestra vida cotidiana.

La fe que nos capacita para hacer «obras mayores»

Tras revelar su unidad con el Padre, Jesús nos hace una promesa que puede parecer desconcertante: «el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores». ¿Cómo es posible? ¿Acaso podemos superar los milagros de Cristo? La clave está en la frase que sigue: «porque yo me voy al Padre». Con su Ascensión y el envío del Espíritu Santo, la misión ya no se limita a la presencia física de Jesús en Galilea o Judea. Ahora, a través de la Iglesia, su Cuerpo Místico, su obra se extiende por todo el mundo y a lo largo de la historia.

Las «obras mayores» no se miden por su espectacularidad, sino por su alcance. Son las obras del Reino de Dios que cada uno de nosotros está llamado a realizar en su propio ambiente. Una madre que educa a sus hijos en la fe está haciendo una obra mayor. Un profesional que trabaja con honestidad y justicia está haciendo una obra mayor. Un joven que dedica su tiempo a escuchar a un amigo en problemas está haciendo una obra mayor. Son todos esos gestos, pequeños o grandes, que nacen de la fe en Jesús y que construyen un mundo más humano y fraterno, glorificando así al Padre. Tu vida, con sus desafíos y alegrías, es el campo donde el Señor te invita a sembrar estas obras.

Pedir en su nombre: la fuerza de la oración

El pasaje concluye con otra promesa asombrosa: «Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo». Esta afirmación es el fundamento de la oración cristiana. «Pedir en su nombre» no es una fórmula mágica que garantiza que obtendremos todo lo que se nos antoje. Es mucho más profundo. Significa orar en sintonía con Él, con sus mismos sentimientos y prioridades. Es alinear nuestra voluntad con la suya, buscando ante todo la gloria del Padre y el bien de los hermanos.

Cuando pedimos «en el nombre de Jesús», estamos reconociendo que Él es el único mediador y que nuestra confianza no está puesta en nuestros méritos, sino en su amor infinito. Es una oración que brota de la fe y la humildad, sabiendo que Él sabe mejor que nosotros lo que necesitamos. Esta promesa nos llena de consuelo y audacia. Nos invita a presentarle todo: nuestras alegrías, nuestras angustias, nuestros proyectos y nuestras necesidades, con la certeza de que somos escuchados por un Padre que nos ama y que actúa en nuestra vida a través de su Hijo.

El Evangelio de hoy es una invitación a profundizar nuestra relación con Jesús. No como un maestro lejano o una figura histórica, sino como la presencia viva y cercana del Padre en nuestra vida. Que en este tiempo de Pascua, el Espíritu Santo nos abra los ojos del corazón para reconocerlo, la fe para seguirlo y la confianza para pedir todo en su Nombre, sabiendo que Él camina a nuestro lado y nos capacita para ser testigos de su amor en el mundo.

Señor Jesús, que al verte a ti veamos el rostro amoroso del Padre. Aumenta nuestra fe para reconocerte en lo sencillo de cada día, en la Palabra y en los hermanos. Danos la gracia de hacer las obras que nos pides y de orar siempre con la confianza de que nos escuchas y actúas para la gloria del Padre. Amén.

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