Liturgia de la palabra

Evangelio del día: ¿Por qué Jesús no dice que es el Mesías?

La lectura de hoy nos desafía a pasar de la exigencia de pruebas a la confianza del que se sabe oveja de su rebaño.

El frío del invierno en Jerusalén parece contagiarse al ambiente que rodea a Jesús. En el pórtico de Salomón, durante la fiesta de la Dedicación del templo, un grupo de judíos lo acorrala. La tensión es palpable y la pregunta, directa, casi una exigencia: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente». No buscan un diálogo, sino una confesión que puedan usar a su favor. Quieren un título, una etiqueta, un sí o un no que ponga fin a la incertidumbre.

La respuesta de Jesús, sin embargo, desarma su lógica. No les da el titular que buscan. En lugar de eso, los remite a lo que ya han visto y oído: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí». Jesús les muestra que su identidad no es un cargo que se proclama, sino una realidad que se manifiesta. Su mesianismo no se reduce a una palabra, sino que se despliega en cada ciego que recupera la vista, en cada paralítico que camina y en cada palabra de vida que sale de su boca. La prueba que exigen ya está ante sus ojos, pero sus corazones no están dispuestos a ver.

¿Qué significa ser «de sus ovejas»?

Jesús va un paso más allá y revela la raíz de su incredulidad: «vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas». Esta afirmación puede sonar dura, pero encierra la clave de todo el Evangelio. Ser del rebaño de Cristo no es una cuestión de pertenencia étnica o de cumplimiento de normas, sino de una relación íntima, de un vínculo de escucha y confianza. No se trata de entender un concepto, sino de reconocer una voz.

La descripción que hace Jesús de esta relación es de una belleza y una profundidad conmovedoras. Es un retrato del corazón de Dios como Buen Pastor:

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.

Ser «oveja» de su rebaño es, entonces, experimentar una triple seguridad. Primero, la seguridad de ser conocido. Jesús no nos ve como una masa anónima; te conoce por tu nombre, con tus virtudes y tus heridas, con tus anhelos más profundos y tus miedos más ocultos. Segundo, la seguridad de un rumbo claro: seguirlo a Él. Su voz nos guía por caminos de vida. Y tercero, la seguridad de un destino eterno y protegido. La promesa «nadie las arrebatará de mi mano» es uno de los mayores consuelos de nuestra fe, un ancla en medio de las tormentas de la vida.

De la persecución al nacimiento de una identidad

Mientras este debate teológico tiene lugar en el corazón de Jerusalén, la liturgia de hoy, que podemos seguir en portales como Dominicos, nos muestra en la primera lectura un panorama completamente distinto. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta que la persecución desatada tras el martirio de Esteban, lejos de apagar la llama de la fe, la extendió como un incendio imparable. Los discípulos dispersos llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía.

Y es en Antioquía donde sucede algo revolucionario. Hasta ese momento, el anuncio se dirigía principalmente a los judíos. Pero allí, algunos creyentes de Chipre y Cirene se atreven a romper esa barrera y empiezan a predicar también a los griegos. El resultado es abrumador: «Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor». La Buena Noticia demostraba su carácter universal. La Iglesia de Jerusalén, al enterarse, envía a un hombre prudente y lleno de fe, Bernabé, para discernir la situación. Lejos de escandalizarse, «al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró».

En Antioquía los llamaron «cristianos»

La comunidad de Antioquía crece tanto que Bernabé va a buscar a Saulo (el futuro San Pablo) a Tarso para que lo ayude en la formación. Durante un año entero, ambos instruyen a una multitud. Es en este contexto de fervor, de apertura y de testimonio vivo donde ocurre un hito fundamental: «Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos».

Este detalle no es menor. No se llamaron a sí mismos de esa manera. Fue la gente de afuera la que, al ver su forma de vivir, de amarse y de hablar de Cristo, les puso ese nombre: «cristianos», es decir, «los de Cristo», «pequeños Cristos». Su vida era un testimonio tan elocuente que su identidad quedaba inseparablemente unida a la de su Señor. De alguna manera, ellos fueron la respuesta viva a la pregunta que le hacían a Jesús en el Templo. No necesitaban decir «somos del Mesías»; sus obras lo gritaban.

La liturgia de hoy nos presenta un contraste poderoso. Por un lado, la exigencia de una fe basada en declaraciones y pruebas verbales, que conduce a un callejón sin salida. Por otro, la fe que nace de la escucha, del seguimiento y del testimonio de vida, una fe que se expande y crea una nueva identidad en el mundo. La pregunta que resuena hoy para nosotros es la misma: ¿buscamos en Jesús un título que nos dé seguridad intelectual o escuchamos su voz de Pastor que nos conoce, nos ama y nos invita a seguirlo? Nuestra respuesta se verá, no tanto en lo que decimos, sino en cómo vivimos.

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