
La respuesta de Jesús a Pedro nos enseña a enfocarnos en nuestra propia misión, sin distraernos con el camino de los demás.
Nos encontramos ya en la Séptima Semana de Pascua, un tiempo litúrgico que nos prepara para la gran solemnidad de Pentecostés. El aire está cargado de una espera gozosa, la de la venida del Espíritu Santo. En estos días, la Iglesia nos invita a meditar los últimos diálogos de Jesús resucitado con sus discípulos, conversaciones íntimas, llenas de enseñanzas fundamentales para la vida de todo creyente. Son palabras que sellan una misión y fortalecen el corazón para lo que vendrá.
El pasaje de hoy nos sitúa a orillas del mar de Galilea. El ambiente es de reencuentro y reconciliación. Jesús acaba de confirmar a Pedro en su misión de pastorear el rebaño, preguntándole tres veces si lo ama. Es justo después de este momento tan profundo y personal que Pedro, en un gesto profundamente humano, se distrae. Su mirada se desvía hacia otro y su corazón se inquieta. Es en esa inquietud donde resuena la llamada central de este Evangelio: un llamado a la responsabilidad personal y al seguimiento sin condiciones.
La liturgia de hoy nos acerca a este diálogo final del Evangelio según san Juan, que actúa como un epílogo cargado de sentido para nuestra propia vida de fe.
Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 20-25
En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: Señor, ¿quién es el que te va a entregar? Al verlo, Pedro dice a Jesús: Señor, y este, ¿qué? Jesús le contesta: Si quiero que se quede hasta que yo venga, a ti ¿qué? Tú sígueme. Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: Si quiero que se quede hasta que yo venga, a ti ¿qué? Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo podría contener los libros que habría que escribir.
¿Qué significa realmente «Tú, sígueme»?
La pregunta de Pedro, «Señor, y este, ¿qué?», es quizás una de las más humanas de todo el Evangelio. Acaba de recibir una misión abrumadora y una profecía sobre su propio final. Es natural que, al ver al «discípulo amado», su mente se llene de preguntas. ¿Y él? ¿Cuál será su destino? ¿Será su camino más fácil? ¿Tendrá él un rol diferente? Es la pregunta que nace de la comparación, de la inseguridad y de la tendencia a medir nuestro propio camino con la vara de los demás.
La respuesta de Jesús es una obra maestra de dirección espiritual. No le da a Pedro la información que busca, porque no es la que necesita. En lugar de eso, lo recentra en lo esencial con una pregunta y una orden: «a ti, ¿qué? Tú, sígueme». Estas palabras son un bálsamo y una exigencia. Por un lado, liberan a Pedro del peso de tener que entender y controlar el plan de Dios para los demás. El destino de Juan, su vocación, su forma de servir, le pertenece a Dios. Preocuparse por ello es una distracción inútil. Por otro lado, lo confrontan con su propia responsabilidad. El llamado es personal, intransferible. No es «seguidme», sino «Tú, sígueme». Es una invitación a caminar su propio sendero, con la mirada fija en el Maestro, sin desviarse por lo que hacen o dejan de hacer los otros.
La tentación de la comparación en nuestra vida diaria
Este Evangelio resuena con una fuerza particular en nuestra cultura, tan marcada por la exposición y la comparación constante. Las redes sociales, el entorno laboral, e incluso a veces nuestras comunidades, pueden convertirse en un escaparate donde medimos nuestro valor, nuestros logros y hasta nuestra vida espiritual en función de los demás. Vemos los dones del otro y nos preguntamos por los nuestros. Vemos el aparente éxito de alguien y cuestionamos nuestro propio esfuerzo. Vemos la cruz de un hermano y quizás, en el fondo, sentimos un alivio egoísta o una envidia inexplicable por su fortaleza.
En medio de todo ese ruido, Jesús nos mira a cada uno y nos repite: «a ti, ¿qué?». ¿Qué más da si el camino de tu compañero parece más llano? ¿Qué importa si la vocación de tu amiga es más visible o aplaudida? ¿Qué ganas con angustiarte por un futuro que no te corresponde descifrar? Lo único que verdaderamente importa, lo único que puede llenar tu vida de sentido y de paz, es tu respuesta personal a la llamada: «Tú, sígueme». Sígueme en tu trabajo, en tu familia, en tus estudios, en tu soledad, en tu alegría y en tu enfermedad. Sígueme con tus talentos y con tus debilidades. Tu camino es único y sagrado, y es ahí, y no en el del otro, donde te espera la plenitud.
Convertir nuestra vida en un testimonio verdadero
El pasaje concluye con una afirmación poderosa. El «discípulo amado», tradicionalmente identificado con el apóstol Juan, se presenta como el testigo que ha escrito estas cosas. Su «quedarse» tuvo un propósito: dar testimonio. De la misma manera, nuestro «seguir» a Jesús no es un acto meramente privado; está destinado a convertirse en un testimonio vivo. Cada vez que elegimos enfocarnos en nuestro propio llamado, cada vez que renunciamos a la envidia y a la comparación para servir donde estamos, estamos escribiendo una página de ese Evangelio vivo que continúa en la historia.
La hipérbole final, que afirma que ni el mundo entero podría contener los libros que narrarían todo lo que hizo Jesús, nos recuerda que la obra de Cristo es inagotable. Y nosotros, con nuestra pequeña y única historia de seguimiento, somos parte de esa inmensidad. Nuestra fidelidad en lo concreto, en nuestro «aquí y ahora», contribuye a esa gran sinfonía del amor de Dios que resuena a través de los siglos. No estamos llamados a escribir el capítulo de otro, sino a escribir el nuestro con la tinta de la fe y la entrega.
Que en este final del tiempo pascual, la pregunta de Jesús nos libere de las cargas inútiles. Que su mandato nos dé el coraje para abrazar nuestra propia vocación con alegría y confianza. Porque al final del camino, la única pregunta que importará no será «¿y los otros, qué?», sino «¿me seguiste?».
Señor Jesús, líbrame de la tentación de comparar mi vida con la de los demás. Ayúdame a escuchar tu voz que me llama por mi nombre y me dice: «Tú, sígueme». Dame la gracia de enfocar mis energías en amarte y servirte en mi realidad concreta, para que toda mi vida sea un testimonio fiel de tu amor. Amén.






