Nuestra Iglesia

Evangelio del 19 de mayo: la oración de Jesús al Padre

En la Séptima Semana de Pascua, la liturgia nos invita a entrar en la intimidad de la oración de Cristo por sus discípulos.

Nos encontramos ya en la Séptima Semana de Pascua, un tiempo litúrgico de especial intensidad. Estamos a las puertas de Pentecostés, viviendo esa espera activa y orante de la primera comunidad cristiana. El aire está cargado de promesa, la del Espíritu Santo que vendrá a confirmarlo todo. En este contexto, la Iglesia nos invita a detenernos y escuchar no un discurso, sino una oración. El Evangelio de hoy nos abre una ventana al corazón de Cristo en uno de los momentos más solemnes y personales de su vida terrena: su gran oración sacerdotal.

Justo antes de enfrentar su Pasión, Jesús no se dirige a las multitudes ni a sus discípulos, sino a su Padre. Levanta los ojos al cielo y dialoga con Él. Lo que leemos no es solo el registro de un momento histórico; es la revelación de la relación más profunda que existe, la del Hijo con el Padre. Y en esa conversación sagrada, aparecemos nosotros. Jesús reza por los suyos, por los que el Padre le ha dado, y nos permite ser testigos de ese amor que es el motor de toda la historia de la salvación.

La liturgia de hoy nos presenta este pasaje del evangelio según san Juan, invitándonos a hacer silencio para escuchar la voz del Maestro que intercede por nosotros:

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, dijo Jesús: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, and ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».

¿Qué significa «glorificar» a Dios en lo cotidiano?

Una de las palabras que más resuena en esta oración es «gloria». Jesús pide al Padre que lo glorifique, para que Él, a su vez, pueda glorificar al Padre. Podríamos pensar en la gloria como algo lejano, celestial, reservado para los santos en el cielo. Sin embargo, Jesús nos muestra algo distinto. Él glorificó al Padre aquí, «sobre la tierra», llevando a cabo la obra que le fue encomendada. La gloria de Dios no es un espectáculo de luces y poder, sino la manifestación de su amor, su verdad y su bondad en el mundo.

Para Jesús, glorificar al Padre fue amar hasta el extremo, servir hasta lavar los pies, perdonar hasta desde la cruz. Para nosotros, glorificar a Dios también pasa por lo concreto de nuestra vida. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de hacer lo ordinario con un amor extraordinario. Glorificas a Dios cuando tratas con paciencia a ese compañero de trabajo que te resulta difícil, cuando escuchas con atención a tu hijo aunque estés cansado, cuando realizas tus tareas con honestidad y esmero. Cada gesto de amor, por pequeño que parezca, es un rayo de la gloria de Dios que ilumina el mundo a través de ti.

La vida eterna empieza hoy: conocer a Jesús

Jesús define la vida eterna de una manera sorprendente: «que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo». No dice que la vida eterna sea un premio que se recibe al final, sino una realidad que comienza ahora, a través del conocimiento de Dios. Este «conocer» no es intelectual, no se trata de saber datos sobre teología. En el lenguaje bíblico, «conocer» implica una relación personal, íntima y transformadora. Es conocer a alguien, no solo saber de alguien.

La vida eterna, entonces, es entrar en esta corriente de amor que fluye entre el Padre y el Hijo. Es experimentar la amistad con Cristo, dejar que su Palabra te hable al corazón, encontrarlo en la Eucaristía, reconocerlo en el rostro del hermano que sufre. ¿Cómo es tu relación con Jesús? ¿Es un conocimiento de «oídas» o una experiencia viva que da sentido a tus días? Este tiempo de Pascua es una invitación a profundizar en esa relación, a pasar del «saber de Él» al «estar con Él».

Somos un regalo del Padre para el Hijo

Hay una frase en la oración de Jesús que debería llenarnos de asombro y gratitud: «Tuyos eran, y tú me los diste». No somos un accidente en el universo. Pertenecemos a Dios desde siempre, y en su plan de amor, el Padre nos ha «regalado» a su Hijo. Somos el tesoro que el Padre confía a Jesús. Esta verdad nos da una dignidad inmensa. No importa lo que el mundo piense de ti, no importan tus fracasos o debilidades; para Dios, eres un don precioso, un hijo amado confiado al cuidado del Buen Pastor.

Jesús reza por nosotros, por los que hemos recibido su palabra. Y nos deja una misión: «ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti». Él se va, pero no nos deja huérfanos. Nos deja en el mundo como sus testigos, como portadores de su nombre y de su gloria. Somos sus manos, sus pies y su voz en medio de nuestras realidades cotidianas. Ser conscientes de que somos un regalo nos impulsa a vivir como tal, a cuidar la fe que se nos ha dado y a compartirla con generosidad, para que muchos otros puedan «conocer» a ese Dios que es amor y vida eterna.

Al acercarnos a Pentecostés, pidamos la gracia de acoger esta oración de Jesús en lo profundo del corazón. Que nos sintamos amados, elegidos y enviados por Él, y que nuestra vida entera se convierta en una respuesta de amor que glorifique al Padre cada día.

Señor Jesús, gracias por rezar por mí ante el Padre. Ayúdame a conocerte cada día más, no solo con la mente, sino con todo mi ser. Que mi vida, en sus pequeñas y grandes cosas, sea un reflejo de tu amor y manifieste la gloria del Padre en el mundo. Amén.

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