
Jesús sube al cielo no para abandonarnos, sino para enviarnos al mundo con la certeza de su compañía permanente.
En este séptimo domingo del Tiempo Pascual, la Iglesia celebra con gozo la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Es un día que, a primera vista, podría parecer una despedida, el final de la presencia física de Jesús en la tierra. Sin embargo, la liturgia nos invita a mirar más allá. La Ascensión no es un adiós, sino el comienzo de una nueva forma de presencia y el punto de partida de nuestra misión como cristianos en el mundo. Es la culminación de la obra redentora de Cristo y la glorificación de nuestra naturaleza humana, que Él lleva consigo a la diestra del Padre.
El pasaje del Evangelio según San Mateo que meditamos hoy nos sitúa en Galilea, en una montaña, el lugar de las grandes revelaciones. Allí, los once discípulos, con sus dudas y su fe frágil, reciben el mandato que cambiará la historia y que resuena hasta nuestros días. Es un envío universal, una misión que nos incluye a todos.
Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaban. Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo». (Mateo 28, 16-20)
¿Qué significa que Jesús asciende al cielo?
La Ascensión no es un viaje a un lugar físico entre las nubes, como si Jesús se alejara en una nave espacial. Es un concepto teológico profundo. Significa que Jesús, con su humanidad glorificada, entra plenamente en la dimensión de Dios. Ya no está limitado por el tiempo y el espacio. Al ascender, no se aleja de nosotros, sino que se hace presente de una manera nueva y universal. Como nos recuerda la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos se quedan mirando al cielo, casi paralizados, hasta que dos ángeles los interpelan y los devuelven a la realidad, a su misión en la tierra.
Este es un llamado de atención también para nosotros. A veces, podemos caer en la tentación de vivir una fe «desconectada», mirando solo «hacia arriba», esperando soluciones mágicas o añorando una presencia que ya no es física. La Ascensión nos enseña a buscar a Cristo aquí y ahora: en la comunidad, en los sacramentos, en su Palabra y, de manera especial, en el rostro de cada hermano. Su partida física es la condición para el envío del Espíritu Santo, la fuerza que nos capacita para ser sus testigos.
«Vayan y hagan discípulos»: la misión que nos deja Jesús
El corazón del Evangelio de hoy es el mandato misionero. Jesús no les pide a sus discípulos que construyan un club exclusivo o que se queden en la montaña recordándolo. Les da cuatro verbos que definen la identidad de la Iglesia: «Vayan», «hagan discípulos», «bauticen» y «enseñen». Esta no es una tarea solo para sacerdotes o religiosos; es una vocación para cada bautizado.
¿Cómo traducimos esto a nuestra vida cotidiana? «Hacer discípulos» no es imponer creencias, sino proponer un encuentro con una Persona viva. Se trata de vivir de tal manera que otros, al vernos, se pregunten por la razón de nuestra esperanza. Es compartir la alegría del Evangelio con un compañero de trabajo que está pasando un mal momento, es educar a nuestros hijos en la fe con paciencia y ternura, es participar activamente en nuestra parroquia. «Enseñar a cumplir lo que yo les he mandado» se resume en el mandamiento del amor. Nuestra principal catequesis es el testimonio de una vida coherente, marcada por el servicio, el perdón y la caridad.
«Yo estoy con ustedes todos los días»: la promesa que nos sostiene
Quizás la frase más conmovedora y fundamental de todo el pasaje es la última. Jesús nos da una misión que parece desproporcionada para nuestras fuerzas. ¿Cómo podemos nosotros, con nuestras debilidades y dudas —como las de los primeros discípulos—, llevar el Evangelio a todos los pueblos? La respuesta está en su promesa: «Y yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo».
Esta no es una simple frase de aliento. Es la garantía de su presencia activa y constante. Él no nos observa desde la lejanía del cielo; camina a nuestro lado. Está presente en la Eucaristía que nos alimenta, en el perdón que recibimos en la Reconciliación, en la comunidad que se reúne para orar, en la Palabra que nos ilumina y en el silencio de nuestro corazón. Reconocer esta presencia en lo cotidiano es la clave para no desanimarnos. Cuando te sientas solo, cuando la misión te parezca imposible, cuando las dudas te asalten, recordá esta promesa. Él está contigo. No ayer, no mañana. Hoy.
La Ascensión, entonces, nos llena de una santa audacia. Nos invita a levantar la mirada del suelo, no para quedarnos mirando al cielo, sino para ver el horizonte del mundo entero, al que somos enviados. Con la certeza de su poder y la confianza en su compañía, podemos asumir el desafío de ser sus testigos, llevando su luz y su amor a cada rincón de nuestra existencia.
Señor Jesús, que al ascender al cielo no nos dejaste huérfanos, sino que nos prometiste tu presencia constante. Danos la fuerza de tu Espíritu para ser testigos valientes de tu Evangelio en nuestro día a día. Ayúdanos a reconocer tu rostro en nuestros hermanos y a cumplir con alegría la misión que nos confías. Amén.






