
En la Séptima Semana de Pascua, Jesús nos revela su corazón en una oración íntima al Padre, pidiendo por nuestra unidad.
Nos encontramos ya en la Séptima Semana de Pascua, un tiempo litúrgico de profunda intensidad y expectación. Estamos a las puertas de Pentecostés, y la Iglesia nos invita a preparar el corazón para la venida del Espíritu Santo. En este contexto, la liturgia nos sumerge en uno de los pasajes más íntimos y conmovedores del Nuevo Testamento: la «Oración Sacerdotal» de Jesús. No es un discurso a las multitudes ni una parábola para enseñar una lección; es el corazón del Hijo hablando con el Padre, y en el centro de esa conversación estamos nosotros, sus discípulos de todos los tiempos.
El Evangelio de hoy nos sitúa en el Cenáculo, justo después de la Última Cena y antes de que comience su Pasión. Jesús, sabiendo que su hora ha llegado, no piensa en sí mismo, sino en los que deja atrás. Su preocupación somos tú y yo. Eleva una plegaria que atraviesa los siglos y nos alcanza hoy, mostrándonos el anhelo más profundo de su corazón: nuestra unidad, nuestra protección y nuestra consagración a la verdad. Es un testamento espiritual que nos revela la esencia de nuestra misión como cristianos.
En el Evangelio de hoy, tomado de san Juan (17, 11b-19), escuchamos a Jesús en una oración profunda y conmovedora a su Padre, intercediendo por sus discípulos:
Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.
¿Qué significa vivir en el mundo sin ser del mundo?
Una de las frases más potentes de esta oración es la petición de Jesús al Padre: «No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno». A menudo, ante las dificultades, la injusticia o la hostilidad que encontramos por vivir nuestra fe, podemos sentir la tentación de aislarnos, de crear una burbuja protectora donde el «mundo» no pueda tocarnos. Quisiéramos escapar de la complejidad, del ruido, de los conflictos. Sin embargo, Jesús reza explícitamente en contra de esa huida.
Ser cristiano no es evadirse de la realidad, sino transformarla desde adentro. Jesús nos envía al mundo como Él fue enviado por el Padre. Nuestra misión está en la calle, en la oficina, en la universidad, en nuestra familia, en el barrio. Es allí donde estamos llamados a ser sal y luz. «No ser del mundo» no significa despreciar lo humano o vivir desconectados, sino no dejarnos moldear por los criterios que contradicen el Evangelio: el egoísmo, la indiferencia, el materialismo, la búsqueda de poder a cualquier costo. Significa tener los pies en la tierra, compartiendo las alegrías y las esperanzas de nuestros contemporáneos, pero con el corazón anclado en Dios. ¿En qué aspecto de tu vida sientes hoy más fuerte la presión de los «valores del mundo»? La oración de Jesús es tu escudo y tu fortaleza para permanecer fiel en ese preciso lugar.
La unidad: el gran anhelo de Jesús
La primera petición de Jesús es sobrecogedora: «que sean uno, como nosotros». La unidad que pide no es una simple uniformidad de opiniones o una cordialidad superficial. Es un reflejo del misterio más profundo de nuestra fe: la unidad de amor que existe entre el Padre y el Hijo. Es una comunión de corazones y de propósito, un vínculo tan fuerte que se convierte en el principal testimonio para el mundo. Cuando el mundo ve a los cristianos amándose, perdonándose y trabajando juntos a pesar de sus diferencias, ve un destello del amor de Dios.
Esta oración nos interpela directamente. ¿Cómo vivimos la unidad en nuestra vida cotidiana? Pensemos en nuestras familias, a menudo heridas por rencores o malentendidos. Pensemos en nuestras comunidades parroquiales, a veces divididas por chismes o luchas de poder. Pensemos en nuestra sociedad, fragmentada por la polarización. La oración de Jesús nos recuerda que cada gesto de reconciliación, cada palabra de aliento, cada acto de servicio desinteresado es una respuesta concreta a su anhelo. Ser instrumento de unidad es una de las misiones más urgentes que tenemos como bautizados. Hoy puedes preguntarte: ¿hay alguna relación rota que, con la gracia de Dios, yo pueda empezar a sanar?
Santificados en la verdad de su Palabra
Finalmente, Jesús pide nuestra santificación. «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad». Ser santo no es ser perfecto o no cometer errores, sino ser «apartado para Dios», consagrado a Él. Y el camino para esta consagración es la Verdad, que no es una idea abstracta, sino la misma Palabra de Dios hecha vida. Sumergirnos en el Evangelio, meditarlo, dejar que ilumine nuestras decisiones y transforme nuestra manera de pensar y de sentir es el camino para ser cada día un poco más de Dios.
La Palabra nos limpia de la mentira, nos libera de las falsas seguridades y nos orienta hacia el bien. Es el alimento que nos fortalece para vivir en el mundo sin ser de él. En un tiempo de tanta desinformación y de verdades relativas, aferrarnos a la Palabra es anclarnos en la roca firme que es Cristo. La invitación es clara: abrir la Biblia no solo para saber más, sino para encontrarnos con Aquel que nos habla al corazón y nos consagra para la misión.
La oración de Jesús no es un recuerdo del pasado, es una realidad viva y actual. En este mismo instante, Él intercede por ti ante el Padre, pidiendo que seas uno con tus hermanos, que seas protegido del mal y que seas consagrado en su amor. Sintamos la fuerza de esta plegaria que nos sostiene y nos impulsa a vivir nuestra fe con alegría y valentía en lo cotidiano.
Padre Santo, acoge la oración de tu Hijo Jesús por nosotros. Guárdanos en tu nombre, únenos en tu amor y santifícanos en la verdad de tu Palabra, para que seamos testigos de tu alegría cumplida en medio del mundo. Amén.
Reflexión basada en el Evangelio del día (Dominicos.org).






