Liturgia de la palabra

Domingo del Buen Pastor: ¿quién es la puerta del rebaño?

En la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, la liturgia nos recuerda que solo Cristo es el verdadero pastor de nuestras almas.

Cada año, el cuarto domingo de Pascua, la Iglesia nos propone una de las imágenes más entrañables y profundas de Jesús: la del Buen Pastor. En un mundo lleno de voces que compiten por nuestra atención, de guías que ofrecen caminos fáciles y de propuestas que prometen una felicidad efímera, la liturgia nos invita a detenernos y a preguntarnos: ¿a quién escuchamos?, ¿quién nos guía de verdad? Este domingo no solo celebramos a Cristo como nuestro Pastor, sino que también unimos nuestras voces en la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, una iniciativa que nos recuerda que Dios sigue llamando.

Esta jornada fue instituida por el Papa San Pablo VI el 11 de abril de 1964, en un momento en que ya se percibía una disminución en las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Con una gran lucidez pastoral, el Papa no atribuía esta escasez a un problema meramente logístico o de «marketing», sino a algo mucho más profundo: una «falta de vitalidad en la salud espiritual de toda la familia católica». Su intuición sigue siendo plenamente vigente. Cuando una comunidad cristiana vive su fe con alegría y coherencia, cuando las familias son verdaderas iglesias domésticas, es natural que de su seno broten jóvenes dispuestos a entregar su vida al servicio de Dios y de los demás.

¿Qué significa que Jesús es el «Buen Pastor»?

El Evangelio de San Juan nos presenta una parábola poderosa. Jesús no se limita a decir que es un pastor; se describe a sí mismo como «la puerta» del redil. Esta imagen es clave. En los antiguos apriscos de Medio Oriente, el pastor solía dormir en la entrada del corral, convirtiéndose él mismo en la única puerta de acceso. Nadie podía entrar o salir sin pasar por encima de él. Así, Jesús nos dice que Él es el único acceso legítimo a la vida, a la seguridad y a la plenitud. Quienes intentan entrar «por otro lado», saltando el muro, son «ladrones y bandidos» que solo buscan su propio interés y terminan dañando al rebaño.

El Buen Pastor, en cambio, tiene una relación personal y única con sus ovejas. Las llama a cada una por su nombre, y ellas reconocen su voz. No las conduce con gritos ni con violencia, sino que va delante de ellas, marcando el camino. Esta es la esencia del liderazgo de Cristo: un liderazgo de servicio, de amor y de entrega total, hasta el punto de dar la vida por sus ovejas. En un mundo que valora el poder, la autoafirmación y el éxito a cualquier costo, la figura del Buen Pastor nos interpela y nos ofrece un modelo radicalmente distinto de vida y de relación con los demás.

En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. (Jn 10, 1-3)

Una sinfonía de lecturas que apuntan a Cristo

La sabiduría de la Iglesia se manifiesta de forma especial en la selección de las lecturas para la Misa de este domingo. Como bien subraya un análisis litúrgico publicado por la orden de los Dominicos, existe una coherencia asombrosa entre los textos proclamados, que van construyendo un retrato completo del pastoreo de Dios a lo largo de la historia de la salvación.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra las consecuencias prácticas de escuchar la voz del pastor. San Pedro, lleno del Espíritu Santo en Pentecostés, pronuncia un discurso valiente y claro. La multitud, conmovida, pregunta: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?». La respuesta de Pedro es directa: «Convertíos y que cada uno se bautice en el nombre de Jesús». El resultado es espectacular: unas tres mil personas se unieron a la comunidad ese día. Aquí vemos el modelo del pastoreo eclesial: la predicación fiel de la Palabra que abre los corazones y conduce a la conversión.

El Salmo 22 (o 23 en otras numeraciones) es, quizás, el poema más célebre sobre la confianza en Dios. «El Señor es mi pastor, nada me falta». Este texto, rezado por generaciones de judíos y cristianos, expresa la seguridad total que siente la oveja bajo el cuidado de su pastor. No es solo una guía en el camino, sino también quien provee «verdes praderas» y «aguas tranquilas», quien defiende del peligro con su «vara y su cayado» y quien ofrece un banquete incluso frente a los enemigos. Es la expresión máxima de una fe que descansa plenamente en la Providencia divina.

Finalmente, la segunda lectura, de la primera carta de San Pedro, cierra el círculo. El apóstol se dirige a cristianos que antes andaban «descarriados como ovejas», pero que ahora han vuelto «al pastor y guardián de sus almas». Esta frase es fundamental: Jesús no es solo un guía externo, sino el guardián de lo más íntimo de nuestro ser, de nuestra alma. Su pastoreo nos sana desde dentro y nos devuelve a nuestra verdadera identidad como hijos de Dios.

La vocación: una llamada personal a seguir al Pastor

Rezar por las vocaciones, entonces, no es simplemente pedir que se «llenen las vacantes» en los seminarios y conventos. Es pedir, en primer lugar, que toda la Iglesia tenga oídos atentos para escuchar la voz del Buen Pastor. Es rogar para que cada bautizado descubra su propia vocación a la santidad, ya sea en el matrimonio, en la vida laical, en el sacerdocio o en la vida consagrada. Todas las vocaciones son un don para la Iglesia y para el mundo.

La vocación sacerdotal, sin embargo, tiene un vínculo especial con la imagen del Buen Pastor. El sacerdote está llamado a ser, por la gracia del sacramento del Orden, un alter Christus, otro Cristo. Su misión es hacer presente de manera visible el pastoreo de Jesús en la comunidad: predicando la Palabra, celebrando los sacramentos (especialmente la Eucaristía, el alimento del rebaño) y guiando al pueblo de Dios con caridad pastoral. Por eso, como decía Pablo VI, orar por los sacerdotes es orar por el bien de toda la Iglesia, ya que su servicio nutre y sostiene a todas las demás vocaciones.

Este Domingo del Buen Pastor es una oportunidad para renovar nuestra confianza en Jesús, el único que conoce nuestro nombre y nos guía a pastos seguros. Es también una invitación a examinar nuestra vida: ¿qué voces estamos siguiendo? ¿Reconocemos la voz de Cristo en la oración, en su Palabra, en los sacramentos y en el consejo de la Iglesia? Y, finalmente, es un llamado a ser generosos, a pedirle al Señor que envíe pastores según su corazón y a responder con valentía si sentimos que su voz nos llama a seguirlo de una manera más radical.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba