
En el Encuentro Internacional por la Paz promovido por Sant’Egidio, que comienza hoy, 25 de octubre, participa una mujer peruana que lleva siete años en Roma. «Ser migrante es duro, la comunidad me ha salvado la vida. Mi corazón —explica— está en mi Chiclayo, que será bellísima cuando el Papa la vea y se quedará sorprendido. Él quería que renaciera de sus pobrezas y eso está sucediendo. Hemos rezado muchísimo por él».
Antonella Palermo – Ciudad del Vaticano
«¡Padre Roberto, Chiclayo está contigo!». Lo exclamó en voz alta y repetidamente a la salida del Policlínico Gemelli, cuando el Papa recibió el alta tras su hospitalización para someterse a la intervención quirúrgica. Glenda Katya Alvarado Cáceres, originaria de la ciudad peruana y residente en Roma desde hace siete años, había permanecido en oración en el hospital durante los días de hospitalización de León.
En primera fila, entre la gente que quería saludar al Obispo de Roma, gritó aquellas palabras, que eran una mezcla de liberación, de entusiasmo y de desahogo después de haber contenido la respiración. Su pensamiento regresa siempre allí, al lugar donde nació y que es tan querido para el Papa. Allí están su joven hija y su madre.
Mientras tanto, encomienda la plena recuperación de la salud del Pontífice al santo de Asís, donde estos días, del 25 al 27 de octubre, participa en el Encuentro Internacional por la Paz, «Paz desarmada y desarmante», promovido por la Comunidad de Sant’Egidio, una realidad que, según cuenta, literalmente la salvó cuando llegó a Italia.
«La Comunidad de Sant’Egidio me ha salvado la vida»
Lucirá su traje tradicional en la ciudadela de San Francisco. Se siente orgullosa de él porque ama profundamente a su Perú. Katya, de 54 años, durante muchos años enseñó danzas tradicionales; en un momento dado, una enfermedad le afectó las rodillas y se vio obligada a cambiar de trabajo.
Intentó emprender el camino de la emigración hacia Italia, donde se reunió con su hermano, quien, sin embargo, no podía alojarla. No era fácil encontrar un lugar donde vivir ni reorganizar su vida. La idea era quedarse allí solo un año. Estaba a punto de comprar los billetes de regreso cuando llegó la pandemia y se impuso el confinamiento.
Desde aquel 2019, sigue aquí, con un único regreso a América Latina, que coincidió por casualidad precisamente con la elección del Sucesor de Pedro, aquel Robert Prevost —le parecía increíble— con quien se había cruzado tantas veces por las calles de Chiclayo.
«Ellos son mi familia», confiesa Katya, señalando a sus nuevos amigos de la Comunidad. «Han hecho todo por mí: me han encontrado una casa, un trabajo y me han permitido estudiar mediación cultural. Estaba deprimida, desorientada; fue muy duro. Pero ellos me acogieron en su casa para víctimas de la trata de personas. Estuve allí tres años. Vivía con mujeres que habían llegado a través de los corredores humanitarios».
El cuidado del otro
Katya vuelve a vivir hoy aquella experiencia unificadora del espíritu de Asís, que se repite desde hace cuarenta años, y lo hace recordando cuando participó en Roma, en 2020, en el rito de encendido del candelabro de la paz junto al Papa Francisco. Los recuerdos la emocionan mucho, porque significan sentir el calor de las personas que te acompañan en la fraternidad.
Ahora trabaja como operadora sociosanitaria y, desde hace un año, se ocupa de personas enfermas de alzhéimer.
«Es un trabajo agotador. Pido siempre el don de la fortaleza y de la misericordia para tratar con quienes padecen enfermedades que atacan la salud mental. Hay mucho sufrimiento; nosotros permanecemos todo el día con ellos».
Se trata de un enfoque asistencial en el que el cansancio y el riesgo constante de agotamiento profesional (burnout) se ven atenuados por la fe y por considerar este servicio una forma de poner en práctica aquel estilo que, en cierta medida, aprendió precisamente de Robert Prevost, caracterizado por la diligencia, la generosidad, la serenidad y la discreción.
«Muchas familias se olvidan de que sus mayores se encuentran en una situación de demencia y los dejan completamente en manos de otras personas, de las cuidadoras, sin preocuparse por ellos. En nuestro caso no es así. Yo intento recurrir al canto y a la danza en este trabajo; lo intento».
La nostalgia de Chiclayo
Katia terminará sus estudios de mediación cultural y regresará a Perú. Es demasiado fuerte la nostalgia de un país donde todavía muchas personas no tienen agua, alimentos suficientes, televisión ni acceso a la educación. Conserva recuerdos muy vivos, porque también trabajó con una ONG y le apenaba ver a tantos niños a los que solo se les podía ofrecer la perspectiva de ir al campo a ayudar a sus padres.
Sin embargo, algo está empezando a cambiar: «Chiclayo será bellísima y, cuando el Papa la vea, se quedará sorprendido: él quería que renaciera, que resurgiera de sus pobrezas, y eso está sucediendo. Incluso está llegando el turismo. La ciudad se está convirtiendo precisamente en lo que él deseaba».
La hija de Katya se ha inscrito como voluntaria para recibir a León. La catedral está a dos pasos de su casa: «Él estaba muy cerca de la gente, no te miraba con distanciamiento. Siempre se detenía para saludarte. Era muy sencillo. Siempre estaba dispuesto a echar una mano, a prestar una ayuda concreta. Siempre dispuesto a remangarse y ponerse manos a la obra. Si faltaba oxígeno durante la COVID-19, si faltaban medicamentos, él los llevaba. Sin miedo».
Cuenta cómo monseñor Prevost caminaba por las calles y celebraba la Eucaristía al aire libre con gran naturalidad: «Para mí, él es un santo. Por eso tuvimos tanto miedo cuando apareció el tumor. Lloramos. La gente rezó muchísimo. Que regrese a la ciudad que tanto ama es un regalo; va con la misión de confirmar en la fe. Estoy segura de que mucha gente se convertirá».
Fuente: Vatican News






