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Fiesta de San Rafael: «Fuimos llamados en esta realidad a ser profetas de esperanza»

En la fiesta patronal de San Rafael Arcángel, este sábado 24 de octubre la comunidad diocesana se reunió en la Catedral San Rafael Arcángel para la Santa Misa presidida por el Administrador Apostólico de la Diócesis de San Rafael, Mons. Marcelo Fabián Mazzitelli. A causa de la lluvia, no se realizó la procesión.

El prelado presentó la fiesta patronal como un momento para reconocer con gratitud la obra de Dios en la historia de la diócesis, discernir su voluntad en el presente y renovar el compromiso con la misión. A partir del Libro de Tobías, propuso tres claves: un camino acompañado, la curación como respuesta misericordiosa de Dios ante el que sufre y una misión cumplida en el servicio.

«Somos un misterio en camino»

Así como Rafael acompaña a Tobías, Mons. Mazzitelli recordó que nadie camina solo, ni siquiera en medio de las preguntas sin respuesta que nacen del sufrimiento.

«Cada uno de nosotros somos un misterio en camino, todo lo que vivimos se nos revela con sentido en la certeza que somos guiados y acompañados por el Espíritu prometido.»

Ese camino, agregó, se recorre con otros: en familia, en comunidad, como Iglesia diocesana y universal. Citó al Papa León XIV, que presenta a la Iglesia como signo del proyecto de Dios de reunir a todos «en una única familia de hermanos y hermanas».

Hacia una Asamblea diocesana

El Administrador Apostólico describió a la Iglesia como comunión que se expresa en los organismos de participación. Retomó a León XIV para pedir que las tensiones entre unidad y diversidad, tradición y novedad, autoridad y participación no se conviertan en «contraposiciones ideológicas y polarizaciones dañinas».

Llamó a un discernimiento eclesial hecho con humildad y oración, y formuló la propuesta más concreta de la homilía:

«Caminar hacia una Asamblea diocesana no es un sueño sino una real posibilidad y una necesidad que requiere un compromiso de todo el pueblo de Dios en esta tierra del sur mendocino, sacerdotes, consagrados y laicos.»

Iglesia testigo de la Misericordia

Desde las oraciones de Tobit y de Sara, que Rafael lleva ante Dios, y desde el enfermo del Evangelio, ignorado y resignado, el prelado subrayó que la curación comenzó cuando aquel hombre descubrió que a alguien le importaba.

Luego puso la mirada en el presente: «Vivimos un tiempo difícil en el que las estadísticas no pueden medir ni callar la angustia del que pierde el trabajo». Señaló también la insensibilidad ante el dolor de los más desfavorecidos, el enfrentamiento estéril y la violencia verbal que descalifica.

En ese contexto agradeció a las pastorales y grupos de la diócesis que acompañan a quienes sufren desamparo, adicciones o una esperanza herida.

«Curar heridas, curar heridas»

Recordó la imagen del Papa Francisco de la Iglesia como «hospital de campaña», formulada en su entrevista de 2013 con el P. Antonio Spadaro, y la tradujo en una tarea para toda la comunidad:

«No somos espectadores en nuestra historia, mirar, escuchar, compadecerse, abrazar, son las respuestas que nos alejan del pecado de indiferencia.»

Profetas de esperanza

Así como Rafael sanó la ceguera de Tobit, Mons. Mazzitelli advirtió sobre un quiebre en la transmisión de la fe, «una ceguera respecto de Dios». Con palabras de Benedicto XVI, recordó que curarla con el mensaje de la fe y el testimonio del amor «es el servicio de Rafael», y afirmó que hoy esa responsabilidad es de la comunidad.

«Hermanos no somos profetas del desánimo y de calamidades, fuimos llamados en esta realidad a ser profetas de esperanza comprometiendo nuestras vidas en el servicio y amor al prójimo.»

En la alegría de la misión

Al concluir, unido al canto de la Virgen por las maravillas obradas en la diócesis, invitó a renovar la alegría de la misión con palabras de Evangelii gaudium y pidió que esa pasión misionera haga a la comunidad «más orantes más contemplativos, “con la mirada puesta en Jesús, el autor y consumador de la fe”».


Texto completo de la homilía

«Que todos sean uno»
Solemnidad del Arcángel San Rafael · 24 de octubre de 2026 · Catedral San Rafael Arcángel

Queridos hermanos, con alegría nos reunimos como Iglesia diocesana a celebrar nuestra fe en el día de nuestro Santo patrono el Arcángel San Rafael, con un sentimiento de profunda comunión, donde las distancias se acortan al unirnos en la Eucaristía, haciendo presente en ellas a todas las comunidades que peregrinamos en este sur mendocino como pueblo de Dios, familia de Dios.

Como me han escuchado en las visitas a las parroquias, la fiesta patronal es un momento en que hacemos fiesta con corazón agradecido reconociendo la obra de Dios en el peregrinar de esta Iglesia particular, discerniendo en nuestro presente la voluntad de Dios, comprometidos con la misión que el Señor nos confía.

Escuchamos en la primera lectura cómo Rafael, revelando su identidad y misión, invita a Tobías y a su padre a bendecir a Dios y a celebrarlo delante de todos con gratitud por su bondad, haciendo conocer a todos sus obras. Hoy como comunidad diocesana damos gracias a Dios por lo obrado en nuestra historia, donde todo, lo gozoso y lo doloroso, el testimonio de fe de nuestros mayores, las fiestas y las lágrimas y nuestras heridas sanadas, lo descubrimos abrazado y transfigurado. Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo amado que nos ha sido dado para nuestra salvación es quien nos reveló el misterio del amor de Dios por todos, un amor fiel y misericordioso que nos interpela a responder como testigos con gratitud y fidelidad.

La Palabra de Dios proclamada ilumina nuestro peregrinar en la fe. Nos señala un camino acompañado, la curación como respuesta misericordiosa de Dios ante el dolor gimiente del que sufre y una misión cumplida en el servicio.

Una Iglesia en camino

Tobías inicia un camino, pero no lo hace solo, Rafael lo acompaña guiándolo hacia un crecimiento y madurez que se hará luz al final del camino. Queridos hermanos, nuestra vida es camino, cada uno de nosotros somos un misterio en camino, todo lo que vivimos se nos revela con sentido en la certeza que somos guiados y acompañados por el Espíritu prometido. Aquello que no entendemos en medio de las preguntas sin respuesta que nacen en el corazón que sufre, lo que se hace desconocido en el mañana por venir, se convierte en entrega confiada al Señor. Haciendo camino nos hacemos disponibles a la obra de Dios dejándonos asombrar por su fidelidad y Misericordia.

Pero nuestro caminar no es aislado, lo hacemos con otros, en familia y también en comunidad, como Iglesia diocesana y universal, en las huellas de nuestro Buen Pastor. Como nos enseña el Papa León la Iglesia se revela como “signo visible de la unión entre Dios y los hombres, de su proyecto de reunirnos a todos en una única familia de hermanos y hermanas y de hacer de nosotros su pueblo, un pueblo de hijos amados, todos unidos en el único abrazo de su amor” (Homilía- Basílica de San Pedro 26/10/25).

Así la Iglesia es comunión que se expresa en los organismos de participación; en esta identidad eclesial el Papa León nos invita “a que, en la escucha del Espíritu, en el diálogo, en la fraternidad y en la parresia, nos ayuden a comprender que, en la Iglesia, antes de cualquier diferencia, estamos llamados a caminar juntos en busca de Dios, para revestirnos de los sentimientos de Cristo; ayúdennos a ensanchar el espacio eclesial para que este sea colegial y acogedor” ayudándonos “a afrontar con confianza y con espíritu renovado las tensiones que atraviesan la vida de la Iglesia —entre unidad y diversidad, tradición y novedad, autoridad y participación—, dejando que el Espíritu las transforme, para que no se conviertan en contraposiciones ideológicas y polarizaciones dañinas”.

Necesitamos queridos hermanos disponernos a un discernimiento eclesial buscando la verdad juntos mientras caminamos, la voluntad de Dios, dejándonos guiar “por un corazón inquieto y enamorado del Amor”, como señaló nuestro Papa. Para ello con humildad y oración debemos procurar crear espacios de participación a la escucha del Espíritu. Caminar hacia una Asamblea diocesana no es un sueño sino una real posibilidad y una necesidad que requiere un compromiso de todo el pueblo de Dios en esta tierra del sur mendocino, sacerdotes, consagrados y laicos.

Iglesia testigo de la Misericordia

En el Libro de Tobías se escuchan dos oraciones gimientes, las de Tobit y de Sara, nacidas de un dolor que desde la soledad se dirigen a Dios, son las oraciones llevadas por Rafael ante Dios que le da la misión a Rafael de curar, de sanar haciendo presente así la Misericordia de Dios.

En el Evangelio, Jesús toma la iniciativa de acercarse a ese enfermo ignorado, estigmatizado por la indiferencia, resignado en una ayuda que no llega, con una esperanza agónica. La curación de ese hombre empezó con el acercamiento que lo hizo descubrir que a alguien le importaba, que era buscado, siguió con un diálogo que abrió la esperanza y una acción de curación que manifiesta el poder de Dios, abriendo el camino a la fe.

En el misterio de la Cruz, nuestro Señor Jesucristo llevó sobre sí todo el dolor del mundo y el que no conoció el pecado cargó con el pecado del mundo; por su compasión amorosa fuimos abrazados en nuestros dolores y liberados del pecado. En Él están los gemidos del mundo, los nuestros, los que cada uno lleva en la vida, no pocas veces en soledad.

Vivimos un tiempo difícil en el que las estadísticas no pueden medir ni callar la angustia del que pierde el trabajo, tiempo en el que se instala una insensibilidad ante el dolor de los más desfavorecidos, una red social resquebrajada en la enemistad y en el enfrentamiento estéril, en la violencia verbal que descalifica, en el que aparece el grito ahogado de la impotencia del débil desprotegido.

Como iglesia queridos hermanos estamos llamados a ser testigos en la Misericordia, instrumentos de ella en los sentimientos de Cristo Jesús. Estamos desafiados a ver la realidad desde la fe y escuchar los gritos de hoy, a conmovernos frente a los gemidos del corazón agotado que no le quedan lágrimas que derramar, para llevarlos en la oración ante el Señor y para acercarnos fraternalmente acompañar con la presencia y sanar en el servicio. Damos gracias al Señor por las pastorales y grupos de nuestra diócesis que son signo de presencia y cercanía para con aquellos que sufren desamparo, adicciones, esperanza herida.

El Papa Francisco usó una metáfora que nos interpela como comunidad eclesial al ver a la Iglesia como un hospital de campaña: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla…Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental”.

No somos espectadores en nuestra historia, mirar, escuchar, compadecerse, abrazar, son las respuestas que nos alejan del pecado de indiferencia.

Rafael cumple la misión de sanar la ceguera de Tobit, hoy queridos hermanos también vamos constatando un quiebre en la transmisión de la fe, una ceguera respecto de Dios. Como dijo el Papa Benedicto “curar esta ceguera mediante el mensaje de la fe y el testimonio del amor es el servicio de Rafael” (Benedicto XVI – Homilía Basílica de San Pedro 29/9/2007), hoy es responsabilidad nuestra anunciando el amor que hemos conocido y en el que creemos.

Hermanos no somos profetas del desánimo y de calamidades, fuimos llamados en esta realidad a ser profetas de esperanza comprometiendo nuestras vidas en el servicio y amor al prójimo.

En la alegría de la misión

Queridos hermanos, en este día de fiesta en el que nos unimos al canto de la Virgen Madre de Dios y Madre nuestra reconociendo las maravillas que el Señor ha realizado en nuestra diócesis, renovemos la alegría de la misión; como nos recordó el Papa Francisco, “la alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera” (EG 21). Que nuestra pasión por la misión nos haga más orantes más contemplativos, “con la mirada puesta en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb 12,2).

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