
El Papa León XIV invitó este sábado a los católicos de Francia a saciar en Cristo la sed más profunda del corazón humano y a convertir la fe recibida en una fuente de esperanza para los demás. Durante la Santa Misa celebrada en la Plaza de la Concordia de París, el Pontífice presentó a Jesucristo como «fuente de agua viva» y exhortó a las familias, los jóvenes, los catecúmenos y toda la comunidad cristiana a llevar el Evangelio allí donde existen el desánimo, la soledad y la «sequía espiritual».
Patricia Ynestroza – Ciudad del Vaticano
En la Plaza de la Concordia, durante la Santa Misa celebrada en el marco de su Viaje Apostólico a Francia, el Papa León XIV centró su homilía en una imagen bíblica: «El que tenga sed, que venga a mí y beba» (Jn 7,37). Ante los fieles reunidos en París, el Pontífice invitó a redescubrir en Jesucristo la fuente capaz de saciar las aspiraciones más profundas del ser humano y animó a los cristianos franceses a transmitir la fe, la esperanza y la caridad allí donde existen el desánimo y la sequía espiritual.
A partir de estas palabras del Evangelio, el Papa explicó que la sed de la que habla Jesús no es solamente material, sino que expresa el deseo profundo de sentido, verdad, plenitud, amor y comunión con Dios que habita en el corazón de cada persona.
El Pontífice presentó a Jesucristo como aquel que sale al encuentro de cada ser humano y se revela como la verdadera fuente de agua viva.
“El deseo de Dios habita en lo más profundo de nuestro corazón, y clamamos con el salmista: «mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41,3). Es el clamor de un hombre, humilde y apasionado, cuya sed más íntima y existencial no deja de crecer.”
Para León XIV, esta sed interior revela que ninguna realidad creada puede satisfacer plenamente el corazón humano.
Una sed que los bienes materiales no pueden apagar
Es en este momento donde León XIV invitó también a realizar un examen personal sobre aquello que cada persona busca para alcanzar la felicidad y advirtió que, después de conseguir objetivos, recompensas o satisfacciones, puede reaparecer un vacío interior que lleva a buscar nuevos placeres, posesiones o formas de entretenimiento para evitar enfrentarse a esa inquietud profunda.
“Cuando creemos que por fin hemos terminado nuestro trabajo y que nuestros esfuerzos han sido recompensados, muy a menudo resurge el vacío interior, aún más profundo. Entonces, para llenarlo, es posible que busquemos nuevos placeres, que queramos poseer cosas nuevas, que hagamos todo lo posible por “divertirnos” para no sentir ese malestar interior.”
Por ello, planteó una serie de preguntas a los fieles: «¿Cuál es nuestra sed más profunda? ¿Qué buscamos realmente en la vida?». El Papa señaló que todos desean felicidad, amor y plenitud, pero que la cuestión fundamental consiste en preguntarse en qué fuente se intenta saciar esa sed.
Frente a los «pequeños ídolos» que prometen felicidad y terminan dejando vacío el corazón, el Pontífice presentó a Cristo como aquel que conoce profundamente a cada persona. El Buen Pastor, explicó, conoce a cada uno por su nombre, conoce sus secretos, intenciones y debilidades, y permanece cercano también a quienes están cansados, heridos o se han alejado del camino.
“Ninguno de nuestros secretos, de nuestras intenciones, de nuestras debilidades se le escapa. Él escruta las profundidades de nuestro corazón. Él dio su vida por nosotros y sigue entregándola a través de los sacramentos. Lleva sobre sus hombros a las ovejas cansadas o heridas, y trae de regreso con delicadeza a las que se han descarriado. Jesús revela el amor incondicional de Dios por nosotros.”
En este contexto, León XIV destacó que para Jesús cada persona posee una dignidad única e irrepetible: «Ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible».
Una llamada dirigida a Francia
Ante una asamblea reunida en uno de los lugares más emblemáticos de París, el Papa dirigió después una exhortación particular a los católicos franceses, recordándoles la larga historia de santidad que ha marcado al país.
“Sacien también ustedes su sed en esta fuente, que es el Corazón de Jesús traspasado. Sí, tienen sed de Dios, de vida, de verdad, de unidad, de paz, de comunión, de felicidad.”
León XIV llamó a los franceses a redescubrir «un horizonte luminoso» y a construir una nación renovada a partir de sus raíces, comparando la fe con el agua que riega y hace fecunda la tierra. Al mismo tiempo, recordó que la fe no puede quedar encerrada en el ámbito privado, sino que está llamada a desbordarse hacia los demás. «No guarden esta fe en Jesucristo sólo para ustedes», exhortó, invitándolos a llevar esperanza allí «donde reinan el desánimo y la sequía espiritual».
Al aceptar vivir en la verdad bajo la mirada de Jesús podemos ser auténticos, les dijo, podemos ver nuestras vidas con lucidez.
“Ciertamente nuestras vidas son frágiles, vulnerables, destinadas a atravesar la muerte, pero también son maravillosas, milagrosas, capaces de renovarse en sus relaciones y de abrirse al amor verdadero”
De creyentes que reciben agua a discípulos que se convierten en fuente
El Pontífice retomó después la imagen evangélica de los «ríos de agua viva» que brotan de quien cree en Cristo. Citando a Orígenes, explicó que quien bebe de la fuente que es el Corazón de Cristo se convierte también en «pozo, manantial y río» para los demás. En esta perspectiva, León XIV presentó al Espíritu Santo como el agua viva que continúa fecundando a la Iglesia a través de misioneros y testigos presentes en las diferentes culturas y pueblos. Allí donde esta agua es acogida, señaló, produce frutos de santidad y de servicio.
La historia de santidad de Francia
El Papa recordó que Francia ha sido, a lo largo de los siglos, tierra fecundada por numerosos testigos del Evangelio. Mencionó a los primeros mártires, entre ellos Blandina, Potino e Ireneo, así como a santos fundadores y fundadoras de órdenes religiosas y a figuras episcopales como san Martín de Tours y san Francisco de Sales.
También evocó a hombres y mujeres que dedicaron su vida a responder a las necesidades de los demás, entre ellos san Vicente de Paúl, Federico Ozanam y santa Juana Jugan. Esta tradición, afirmó, no pertenece únicamente al pasado. León XIV subrayó que también en la sociedad contemporánea, en las parroquias y en las diferentes actividades eclesiales, continúan siendo numerosos quienes se comprometen en favor de la vida, la familia, la verdad, la paz, la fraternidad y la justicia.
Una oración por las familias, los jóvenes y los nuevos cristianos
Desde París, el Papa elevó una oración para que «el agua viva del Espíritu Santo se derrame sobre toda Francia». De manera particular, se dirigió a las familias, reconociendo las dificultades que afrontan diariamente y agradeciéndoles el bien que realizan.
“Pienso en ustedes, queridas familias, quienes, a pesar de las múltiples dificultades que enfrentan a diario, perseveran valientemente en su misión. Les agradezco de corazón por todo el bien que se realiza a través de ustedes; que nunca se agote en sus vidas la presencia concreta de Jesús. Pienso en ustedes, queridos jóvenes: son la Iglesia de hoy.”
A los jóvenes, León XIV les destacó su entusiasmo, dinamismo, compromiso y alegría dentro de las comunidades cristianas. Su presencia, afirmó, constituye una expresión concreta de la vitalidad de la Iglesia.
El Pontífice dirigió asimismo unas palabras especiales a los catecúmenos y neófitos, quienes recorren el camino de la conversión y de la iniciación cristiana. Les animó a dar testimonio de su experiencia de fe y a suscitar preguntas en quienes los rodean, para que también ellos puedan abrirse a la búsqueda de Dios. El Papa pidió que el Espíritu Santo los transforme en «testigos vivos», capaces de difundir a su alrededor la «civilización del amor».
María, Madre y Fuente de Salvación
León XIV concluyó la homilía con la mirada puesta en la Virgen María, «Fuente de Salvación» y aquella que conduce la vida de los creyentes hacia su Hijo, fuente de toda gracia.
“Con su “sí” libre y confiado, ella se convirtió en el humilde receptáculo querido por Dios, en el que el amor del Padre se encarnó para entregarse al mundo.”
Por ello, el Papa invitó a invocarla con confianza para que, por su intercesión, surjan «manantiales de agua viva» en el seno del Pueblo de Dios y para que en toda Francia florezcan nuevos brotes de fe, esperanza y caridad.
Fuente: Vatican News






