Vaticano

La parroquia de Roma que acoge a los olvidados recibe al Papa

Segunda visita pastoral del Papa León XIV a las parroquias de su diócesis. En el Sagrado Corazón de Jesús, en Castro Pretorio, conocerá la compleja realidad confiada a los salesianos, a pocos pasos de la estación de Termini. Aquí, las historias de refugiados y enfermos se entrelazan con nuevas formas de pobreza: desempleados o personas que no pueden pagar el alquiler.

Edoardo Giribaldi – Roma

El "calor de la acogida" derrite el frío "protocolo" de la indiferencia superficial que cala hasta los huesos y el corazón. Así, en su visita a la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en Castro Pretorio el 19 de enero de 2014, el Papa Francisco definía la cercanía discreta y valiente —capaz de ir más allá de los miedos legítimos— de una comunidad en el centro de Roma que cada día se acerca a quienes viven en las "periferias existenciales" de una estación inmensa, Roma Termini, que les promete salidas pero retiene sus deseos.

En esta misma parroquia, mañana, 22 de febrero, llegará el Papa León XIV para la segunda de las cinco visitas pastorales que el Pontífice realizará a las comunidades parroquiales de su diócesis con vistas a la Pascua. Al observar los rostros de las realidades solidarias que se irradian desde la estatua del Sagrado Corazón situada en el campanario -el punto más alto de Roma, a más de 62 metros- por todo el barrio del Esquilino, se comprende que el contacto directo con la necesidad es un billete de ida y vuelta. Porque "retroceder ante la fragilidad significa no solo abandonar al otro, sino perder algo de nosotros mismos".

Los “amigos” alrededor de Roma Termini

El perfil demográfico de Castro Pretorio es poco convencional respecto a la naturaleza etimológica de la palabra parroquia, término que deriva del griego parà oikia, “en medio de las casas”, explica a los medios vaticanos don Francesco Marcoccio, vicario parroquial de la basílica, confiada desde sus orígenes decimonónicos a los salesianos. Él también estará presente para recibir a León XIV en el patio de la parroquia, donde lo esperarán cerca de mil personas, representantes de los distintos grupos parroquiales.

En el Esquilino -explica don Marcoccio- en los últimos años han surgido numerosos hoteles que, junto con los altos precios de alquiler, han desalentado a las familias jóvenes y atraído a turistas favorecidos por la cercanía de la estación ferroviaria que, con sus 32 andenes y cerca de 800 trenes diarios, recibe cada año a 150 millones de pasajeros. Un flujo que corre el riesgo de engullir a los “invisibles”, a cuantos permanecen en las cercanías de Termini, una zona de Roma demasiado a menudo en el centro de historias de agresiones y violencia. Una realidad evidentemente “no bella”, reconoce el sacerdote, pero que también ofrece espacios de solidaridad capaces de transformar a los marginados en “amigos”, resaltando una “armonía” que llama la atención de los turistas incluso más que la cercana Fuente de las Náyades, en la Plaza de la República. “Un día una señora vino a decirme que entró en esta iglesia y encontró todo armonioso: los necesitados que cargaban el móvil y las personas que rezaban junto a ellos”. Un “impulso para entrar y experimentar la misericordia del Señor”.

La parroquia querida por dos Papas y por don Bosco

Son historias de vidas muy diversas, unidas en la misión singular de la primera iglesia parroquial construida tras la toma de Roma, querida por dos Pontífices, Pío IX y León XIII, y realizada gracias al empeño de don Bosco. El santo intervino personalmente también en las decisiones de estilo: desde la elección de alargar la nave 28 metros respecto a los 68 previstos en el diseño original del conde Francesco Vespignani, arquitecto de los Sagrados Palacios, hasta las frases grabadas en los cuatro confesionarios de madera, obra de los alumnos de las escuelas artesanales de San Benigno Canavese.

A la primera piedra, colocada el 16 de agosto de 1879, se sumaron con el tiempo obras y materiales de estilos y procedencias diversas: los mármoles de California que componen el altar mayor y el campanario realizado íntegramente en travertino de Tivoli. Un signo de convivencia multiétnica que se renueva todavía hoy en las actividades parroquiales.

La solidaridad “práctica” con los refugiados

Los cinefórums organizados en el Sagrado Corazón reúnen a jóvenes italianos y extranjeros, a menudo refugiados que han huido de sus países, a través del séptimo arte, que el propio Papa León XIV -al encontrarse con directores, actores y técnicos en el Vaticano el pasado noviembre- había descrito como un medio para acompañar e indagar el “dolor”, también de quienes se han visto obligados a dejar sus raíces, encontrando en las películas “un hogar”. Y redescubriendo, quizá, los sabores de su propia tierra: en los días previos a las proyecciones, los jóvenes refugiados proponen cocinar platos típicos de sus países de origen.

La solidaridad en la parroquia se convierte también en práctica cotidiana: cursos de informática, de italiano y de preparación para el examen de conducir; el centro de escucha, que ofrece también el servicio de un psicólogo; el “Banco de los talentos”, con voluntarios que cada viernes por la noche llevan comida y bebidas a las personas sin hogar de la zona de Termini. Pero el objetivo va más allá del alimento material necesario: “El bocadillo es solo una ocasión para poder hablar con ellos, para realizar un gesto de solidaridad, de caridad, de cercanía fraterna”.

El albergue de Cáritas “Don Luigi Di Liegro”: apostar donde nadie lo haría

Hablar entre sí a veces es complicado. El barrio se relaciona con la necesidad de forma “ambivalente”, explica Luana Melia, que desde 2007 coordina el albergue de Cáritas “Don Luigi Di Liegro”, un centro de acogida inmediata para personas sin hogar.

Por un lado, existen temores y preocupaciones vinculados a las problemáticas típicas “de todas las zonas ferroviarias, no solo la de Termini”; por otro, hay una red de voluntarios y ciudadanos que cada día sostiene concretamente la labor del albergue. “No somos lugares que cronifican el malestar ni lo importamos a los territorios. Al contrario, ofreciendo servicios que van más allá de la comida y la cama, contribuimos a prevenir conflictos y situaciones explosivas”, aclara Melia. La estructura cuenta con 185 plazas de alojamiento, junto a un comedor que cada noche distribuye entre 300 y 350 comidas.

“Estamos convencidos -explica la coordinadora, activa en Cáritas desde 2001- de que lugares como el albergue, así como los demás servicios presentes a lo largo de la vía Marsala -incluido el compromiso de la parroquia del Sagrado Corazón con refugiados, migrantes y solicitantes de asilo- son verdaderos dispositivos de protección civil de baja exigencia de acceso”. De hecho, la acogida no se refiere solo a las personas hospedadas, sino que implica a todo el territorio. “Toda medida de lucha contra la pobreza extrema debe pasar por la corresponsabilidad de toda la comunidad, no solo parroquial”.

En los últimos años, el perfil de quienes piden acogida se ha vuelto cada vez más complejo y variado. Las estructuras de Cáritas acogen cada vez con mayor frecuencia a personas que necesitarían servicios sociosanitarios altamente especializados, con graves trastornos psiquiátricos y dificultades para adherirse a tratamientos; personas dadas de alta en hospitales sin alojamiento, obligadas a pasar largos periodos de convalecencia en el albergue; pacientes oncológicos que afrontan ciclos de quimioterapia en condiciones inadecuadas para su salud.

No faltan ancianos solos, a la espera de una plaza en residencias asistidas, hombres de entre 50 y 60 años que han perdido la estabilidad laboral, o que tienen empleo pero no pueden afrontar un alquiler. Y hay muchos jóvenes migrantes, entre 18 y 25 años, que encuentran trabajos precarios, pero no lo suficientemente estables como para cumplir los requisitos de alquiler de una habitación o un apartamento.

Una fotografía que refleja no solo la situación de Castro Pretorio, sino también las fragilidades estructurales de la ciudad y de la sociedad contemporánea. Y si hay que hablar de resultados, la coordinadora del albergue invita a revisar las categorías de “éxito”. No siempre el resultado positivo coincide con la autonomía habitacional o laboral. Para algunas personas, marcadas por fragilidades profundas, el objetivo realista es un nivel de autonomía ajustado a sus capacidades.

Entre las muchas historias, recuerda una reciente: una mujer con un grave problema de alcoholismo, que vivió mucho tiempo en la calle y al principio rechazaba cualquier forma de ayuda. Gracias a un acompañamiento paciente y necesariamente “no lineal”, aceptó entrar en el albergue, inició un proceso con los servicios de adicciones y, contra todo pronóstico, logró salir adelante y acceder a una estructura que le garantiza mayor autonomía. “Son las situaciones por las que nadie apostaría —concluye Melia— y por las que, en cambio, nosotros elegimos apostar. Porque para cada persona debe existir la posibilidad de una vida más digna que la de la calle”.

Binario 95: la cercanía que vence la desconfianza

La cercanía y el calor humano se irradian desde el Corazón de Jesús hacia las calles del Esquilino gracias a otras numerosas iniciativas que operan junto a la parroquia y a Cáritas, a menudo entrelazándose sin superponerse. El polo social Binario 95, desde hace más de treinta años, mantiene la intención de llegar “con el corazón y la mente” a las personas que viven en la estación en condiciones de marginalidad.

Así lo cuenta su fundador, Massimo Radicchi, que comenzó su trayectoria de voluntariado precisamente con Cáritas: “Llevar bocadillos y mantas era fundamental, pero sentíamos que faltaba algo. Volvíamos a casa con la sensación de que nuestra tarea no terminaba allí”. La clave de interpretación proviene de la parábola evangélica del buen samaritano: no solo el aceite vertido sobre las heridas, sino el paso siguiente y decisivo de llevar al herido a la posada.

“En el transcurso de estos veinte años, la pobreza con la que nos encontramos ha cambiado profundamente”, observa Radicchi, haciendo eco a la narración de Melia. Si antes la figura más recurrente era la del vagabundo, hoy la mayoría de las personas que acuden a los centros de Binario 95 son migrantes, jóvenes que huyen de guerras y violencias, llegados a Italia con la esperanza de reinsertarse también a través del trabajo.

Junto a ellos emergen nuevas formas de fragilidad “invisible”: hombres y mujeres italianos que trabajan pero no tienen hogar, personas que duermen en el coche y recurren al polo social para ducharse o cambiarse de ropa, “para poder presentarse al trabajo sin tener que explicar su precariedad”.

Además, crece significativamente la presencia femenina, lo que llevó a la apertura de “Casa Sabotino”, una estructura dedicada a mujeres, incluidas las transgénero, “a menudo excluidas de los circuitos ordinarios de acogida y frecuentemente víctimas de explotación y prostitución forzada”.

Radicchi también reconoce las resistencias y temores de algunos vecinos que desearían un barrio “más limpio” y menos marcado por la vulnerabilidad. La experiencia enseña, sin embargo, que el encuentro directo y el relato de historias concretas abren a menudo vías inesperadas. “Nunca he encontrado —concluye el fundador de Binario 95— a una persona de buena voluntad que diga que no quiere acoger a quien sufre. Retroceder ante la fragilidad significa no solo abandonar al otro, sino perder algo de nosotros mismos”.

Centro Samifo: la acogida que se convierte en cuidado

A pocos pasos de la estación de tren se encuentra también el Centro Samifo – Salud Migrantes Forzados, una estructura sanitaria de alcance regional de la ASL (Empresa Sanitaria Local) Roma 1, realizada en colaboración con el Centro Astalli, servicio de los jesuitas para los refugiados.

“Para nosotros, la acogida no es un paso preliminar, sino el primer acto verdadero de cuidado”, explica Giancarlo Santone, presidente del centro. La mayoría de los usuarios son solicitantes de asilo y refugiados con historias de violencia a sus espaldas: torturas, abusos sexuales, matrimonios precoces y forzados, mutilaciones genitales femeninas, enfermedades no tratadas, experiencias de extrema privación vividas en sus países de origen o a lo largo de las rutas migratorias. A esto se suman dificultades lingüísticas, documentación provisional, miedo y desconfianza hacia las instituciones.

Cada año el centro asiste a unas 2 mil personas, procedentes de 80-100 países del mundo (África, Oriente Medio, Sudamérica, Europa). Entre ellos, hombres, mujeres y menores no acompañados. El punto fuerte del Samifo, dice Santone, es "la integración sociosanitaria: la persona se hace cargo de su totalidad, con itinerarios terapéuticos y rehabilitadores construidos a medida". 

Entre las diversas historias que encontró, Santone recuerda una en particular: la de una joven mauritana que huyó de un matrimonio precoz y forzado cuando aún era menor de edad. Durante el viaje migratorio entre Argelia y Libia, había sufrido repetidas agresiones sexuales, incluso por parte de quienes debían protegerla. "Llegó al centro, hablaba en voz baja, sufría pesadillas, despertarse repentinamente, pensamientos intrusivos incontrolables". Durante una visita ginecológica, un gesto clínico reactivó el trauma: la joven entró en un estado de disociación, "desapareció" del presente y confundió al médico con uno de sus agresores. "Fue necesario detenerse, aminorar el paso, no forzar nada", recuerda Santone, psiquiatra. A través de la calma, la paciencia y la acogida, la joven logró gradualmente regresar al presente e iniciar un camino terapéutico. "Hoy esa chica está bien. A veces vuelve al Samifo, simplemente para decir gracias".

Fuente: Vatican News

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