
Sesenta y un años después de su conclusión, el Concilio Vaticano II sigue siendo una guía constante para la Iglesia universal. Con esta convicción, el pasado 7 de enero, León XIV inició una nueva serie de estudios en profundidad dedicados a los documentos de la asamblea.
Isabella Piro – Ciudad del Vaticano
Dos factores guiaron su elección: la constatación de que «la generación de obispos, teólogos y creyentes del Concilio Vaticano II ya no está entre nosotros» y «el llamado a no extinguir la profecía» de la asamblea, sino a «seguir buscando maneras de poner en práctica sus enseñanzas». Ante todo, explicó el Papa, es importante comprender el Concilio «no a través de rumores ni de las interpretaciones que se le han dado, sino releyendo sus documentos y reflexionando sobre su contenido». Releer los textos de 1965 significa, por lo tanto, ofrecer a la Iglesia la oportunidad de «afrontar los cambios y desafíos de la era moderna» y de «colaborar en la construcción de una sociedad más justa y fraterna», permaneciendo con los brazos abiertos hacia la humanidad, sus esperanzas y sus inquietudes.
La humanidad integral de Cristo que revela el misterio divino
Desde el 7 de enero hasta el 6 de mayo —excluyendo el receso por los Ejercicios Espirituales de Cuaresma y el viaje apostólico a África— el Pontífice ha dedicado hasta ahora catorce reflexiones a dos Constituciones dogmáticas:Dei Verbum,sobre la revelación divina, yLumen Gentium, sobre la Iglesia.
La primera, piedra angular de cinco catequesis, fue calificada por León XIV como «uno de los documentos más bellos e importantes del Concilio», pues recuerda que Dios habla a la humanidad y nos invita a la amistad con Él. Cristo, en efecto, es el rostro humano de Dios, y su existencia histórica, desde la Encarnación hasta la Resurrección, manifiesta plenamente al Padre. Esta verdad no anula la humanidad, sino que la realiza: es precisamente la humanidad integral de Cristo la que hace visible el misterio divino, puesto que el Señor «se encarna, nace, cura, enseña, sufre, muere, resucita y permanece entre nosotros». De ello se deriva una visión dinámica del cristianismo: se fundamenta en la unidad entre la Escritura y la Tradición, consideradas un único "depósito" confiado a la Iglesia.
En este sentido, el Pontífice advirtió de dos riesgos específicos: por un lado, una lectura fundamentalista que interpreta los textos sagrados desvinculados del contexto histórico en el que se desarrollaron y de las formas literarias empleadas; por otro, el descuido del origen divino de la Escritura, llegando a comprenderla como mera enseñanza humana, un texto técnico o anticuado. Por el contrario —advirtió León XIV—, el Evangelio debe entenderse como un espacio privilegiado de encuentro en el que Dios continúa hablando a los hombres y mujeres de todos los tiempos. En un mundo saturado de palabras vacías, la Palabra de Dios se erige como siempre nueva, generativa y que sacia la sed de una humanidad que busca sentido y verdad.
La Iglesia en favor de los pobres, los explotados, las víctimas, los que sufren
Desde el 18 de febrero, el obispo de Roma ha centrado su catequesis enLumen Gentium, a la que ha dedicado hasta ahora ocho reflexiones. De estas reflexiones, la Iglesia emerge como un «signo eficaz de unidad y reconciliación entre los pueblos» y una «presencia santificadora en medio de una humanidad aún fracturada» por divisiones y conflictos. Confiada a la misión de «pronunciar palabras claras» para rechazar todo lo que degrada la vida, la Iglesia —subrayó el Papa— está llamada a «defender» a los pobres, los explotados, las víctimas y los que sufren. En su dimensión escatológica, es, en efecto, guardiana de una esperanza que ilumina el camino.
También es fundamental la reflexión de León XIV sobre dos dimensiones eclesiales: la jerárquica y la escatológica. La primera busca perpetuar la misión encomendada por Cristo a los Apóstoles, siempre que nunca se absolutice. De hecho, para corresponder plenamente a su misión, las instituciones eclesiales deben esforzarse por «la conversión continua, la renovación de las formas y la reforma de las estructuras». La segunda dimensión —definida como «esencial»— nos invita además a considerar la «dimensión comunitaria y cósmica de la salvación en Cristo», valorando todo desde esta perspectiva.
Los laicos, cada vez más testigos de justicia y paz
El Papa prestó especial atención a los laicos, exhortándolos a ser siempre testigos de justicia y paz: su vasto campo de apostolado no debe limitarse al ámbito eclesial, sino extenderse al mundo, para mostrar la belleza de la vida cristiana en todas partes. Finalmente, el Papa recordó el tema de la santidad: no es privilegio de unos pocos, sino un compromiso de todos los cristianos en la caridad. En medio de las persecuciones del mundo, se exhorta a los fieles a dejar «signos de fe y amor», comprometiéndose con la justicia y viviendo cada día su misión de conversión y testimonio.
Fuente: Vatican News






