Liturgia de la palabra

Un solo rebaño: la puerta abierta de Dios para todos

La visión de Pedro en los Hechos de los Apóstoles y la parábola del Buen Pastor nos revelan un Dios que no hace distinciones.

¿Cuántas veces hemos sentido que la fe tiene «puertas de admisión»? Normas, costumbres o prejuicios que, sutilmente, nos hacen sentir que hay quienes pertenecen y quienes no. La liturgia de hoy nos sacude con una verdad liberadora: la única puerta es Cristo, y está abierta para todos. A través de la experiencia transformadora de Pedro y de las palabras de Jesús, descubrimos que el plan de Dios es infinitamente más grande y acogedor de lo que nuestras limitadas categorías humanas pueden imaginar.

El Evangelio nos presenta una de las imágenes más entrañables de Jesús: la del Buen Pastor. Pero antes de definirse como Pastor, se presenta como «la puerta de las ovejas». Esta metáfora es poderosa. En los apriscos de la época, el pastor a menudo dormía en la entrada, convirtiéndose él mismo en la puerta viviente que protegía al rebaño de los peligros. Jesús nos dice que Él es ese acceso seguro y legítimo a la vida, a la salvación y al alimento espiritual. Quien intenta entrar por otro lado, saltando muros o forzando cerraduras, es un «ladrón y bandido», alguien que busca su propio interés, no el bien de las ovejas.

¿Qué significa que Jesús es la puerta?

Cuando Jesús afirma «Yo soy la puerta», nos está dando una clave fundamental para nuestra vida espiritual. No se trata de un simple requisito de entrada, sino de la condición misma para una vida plena. Entrar «por Él» significa configurar toda nuestra existencia según su ejemplo y su Palabra. No hay atajos, fórmulas mágicas ni caminos alternativos para alcanzar la «vida en abundancia» que Él promete. Los «ladrones y bandidos» pueden ser ideologías, falsos profetas, o incluso nuestras propias autojustificaciones que buscan robar, matar y destruir la paz del alma.

La promesa para quien entra por esta puerta es triple: «se salvará», «podrá entrar y salir» y «encontrará pastos». La salvación es el don fundamental, la reconciliación con el Padre. La libertad de «entrar y salir» no es libertinaje, sino la confianza de quien se sabe seguro en su hogar, libre de miedos y ataduras. Finalmente, «encontrar pastos» es la garantía del sustento espiritual: la gracia, los sacramentos, la comunidad y una relación personal con Dios que nutre y fortalece. Las ovejas conocen la voz de su pastor y lo siguen; del mismo modo, el creyente que vive en Cristo aprende a discernir su voz en medio del ruido del mundo.

En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. […] Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante. (Juan 10, 7; 10)

¿Quién era yo para oponerme a Dios? La lección de Pedro

Si el Evangelio nos da el principio teológico, la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra su aplicación práctica y revolucionaria en la vida de la Iglesia primitiva. San Pedro, el líder de los apóstoles, se enfrenta a una crisis. Ha entrado en casa de un gentil, Cornelio, y ha comido con él, algo impensable para un judío piadoso. La comunidad de Jerusalén, todavía anclada en las tradiciones, le pide explicaciones con tono de reproche.

Pedro no se defiende con argumentos teológicos complejos, sino que narra su experiencia con Dios. Relata la visión que tuvo en Jafa: un lienzo bajado del cielo con toda clase de animales, considerados «impuros» por la ley judía, y una voz que le ordena: «Levántate, Pedro, mata y come». Su reacción inicial es de rechazo visceral: «De ningún modo, Señor». Pero la voz celestial insiste tres veces con una frase que cambiará la historia de la Iglesia:

Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano. (Hechos 11, 9)

Esta visión preparó a Pedro para el siguiente paso. Al llegar a casa de Cornelio, mientras les anunciaba el Evangelio, fue testigo de cómo el Espíritu Santo descendía sobre aquellos gentiles «igual que había bajado sobre nosotros al principio». La evidencia era irrefutable. Dios no hacía distinción entre judíos y no judíos. El mismo Espíritu que recibieron en Pentecostés era ahora derramado sobre quienes, hasta ese momento, eran considerados «extranjeros». La conclusión de Pedro es una lección de humildad y obediencia para todos los tiempos: «Si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?».

El desafío de ser un solo rebaño hoy

La calma y la alabanza de la comunidad de Jerusalén al escuchar a Pedro marcan un punto de inflexión. Comprenden que la salvación es un don universal. Las lecturas de hoy, según la reflexión que propone el portal Dominicos, nos interpelan directamente sobre nuestras propias barreras. ¿Cuántas veces actuamos como la comunidad de Jerusalén antes de la explicación de Pedro, juzgando a quienes no encajan en nuestros moldes religiosos, culturales o sociales? ¿Nos sentimos «puros» y miramos con recelo a los demás?

El anhelo de Jesús por «un solo rebaño y un solo pastor» es una llamada constante a la unidad y a la misión. Esa unidad no significa uniformidad. La Iglesia es católica, es decir, universal, y su riqueza reside en su diversidad. El desafío es sentirnos parte de la misma familia con aquellos cuya sensibilidad o forma de vivir la fe es distinta a la nuestra. Más aún, implica una apertura de corazón hacia quienes están fuera del redil visible, reconociendo en cada persona que busca la verdad y el bien a un hijo de Dios a quien el Buen Pastor también busca y ama.

El Salmo de hoy expresa esa sed profunda del alma: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío». Esa sed está en cada corazón humano. La misión de la Iglesia no es cerrar la puerta, sino ser un reflejo de Cristo, la Puerta abierta, mostrando el camino hacia las aguas vivas que sacian esa sed. Que la experiencia de Pedro nos inspire a derribar nuestros prejuicios y a reconocer la acción del Espíritu Santo más allá de nuestras fronteras, para que el mundo pueda conocer la voz del único Pastor que da la vida en abundancia.

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