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22 octubre 2021

Monseñor Gabriel Barba tomó posesión de la Diócesis de San Luis

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En la Catedral Inmaculada Concepción, ubicada en la ciudad de la Provincia de San Luis, Monseñor Gabriel Bernardo Barba tomó posesión del gobierno pastoral de dicha diócesis.

El Arzobispo de San Juan, Monseñor Jorge Eduardo Lozano, concelebró la Eucaristía, junto con el obispo emérito, Monseñor Pedro Martínez Perea, y sacerdotes del clero diocesano.

De la celebración, participaron autoridades municipales y provinciales, como el Gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saa, el Vicegobernador Eduardo Monte Ruiz, el Intendente de la ciudad, Sergio Tamayo, senadores nacionales, entre otros.

Monseñor Martínez Perea se despidió de la diócesis y brindó unas palabras de bienvenida al nuevo obispo: “Asumirá como obispo en una hermosa diócesis”, le dijo, “la vida cristiana aquí tiene un distintivo, es una diócesis eucarística. También es una diócesis mariana, y tenemos una importante devoción por el patrono, San Luis Rey y los Cristos de Renca y de la quebrada. Podrá experimentar la riqueza humana de este pueblo. Encomiendo a San Luis que lo ilumine y como nuevo pastor pueda conducir a los fieles de San Luis a los pastos eternos de la bienaventuranza eterna”.

Durante la homilía, Monseñor Barba recordó a San Benito Abad, cuya fiesta celebró ayer: “La primera palabra de la regla de San Benito es ‘escucha’. Siento profundamente que es el primer paso que debo dar. Escuchar la voz de Dios. Escuchar lo que susurra al oído el Espíritu. Escuchar sus mociones, sus inspiraciones. Para ello primero entonces debemos despojarnos de lo que nos hace ruido y distrae. Porque nos podrá llevar por caminos equivocados. Esto me lo digo a mí mismo y lo comparto también con la comunidad: Escuchar lo que es de Dios”.

Además el nuevo obispo expresó sus deseos para la Diócesis de San Luis: “Sueño con una Iglesia verdaderamente Madre que cuida a sus hijos, los protege y sale a buscar al que quedó fuera de su abrigo. Una Iglesia que se caracterice por ser madre y no jueza. Que levanta al que está caído, al que está herido por la vida o por sus propios yerros (…) Sueño con una Iglesia que no pierda tiempo en sí misma…, sino que salga permanentemente al encuentro, abriendo puertas, tendiendo puentes; que no mira desde arriba, sino que desde el lugar del justo”.

Al concluir, se encomendó a la Virgen María, a San José y a San Luis Rey: “Sé que cuanto digo es posible. Y lo lograremos si cada uno cumple con su parte y todos formamos entonces, unidos por un mismo Espíritu, el único cuerpo de Cristo que es la Iglesia”.

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