Nuestra Iglesia

Evangelio del lunes 25 de mayo: Ahí tienes a tu madre

En el momento de su muerte, Jesús no nos deja solos: nos regala una familia y funda la Iglesia con un gesto de amor infinito.

Iniciamos la octava semana del Tiempo Ordinario, un período que la liturgia nos invita a vivir con la mirada puesta en la normalidad de nuestra fe. Sin embargo, la Palabra de Dios rompe hoy nuestra rutina para transportarnos al momento más decisivo de la historia: el Calvario. Lejos de ser un recuerdo lejano, la escena al pie de la cruz que nos narra el Evangelio de Juan es una realidad viva que sigue interpelando nuestro presente. Allí, en medio del dolor y la aparente derrota, Jesús realiza sus últimos gestos, que no son de agonía, sino de una profunda y fecunda creación.

El pasaje nos sitúa junto a un pequeño grupo de valientes que no abandonaron al Maestro. Están allí, de pie, las mujeres y el discípulo amado. Su fidelidad es el escenario que Jesús elige para entregarnos su testamento más preciado. No nos deja un código de leyes ni una herencia material, sino algo infinitamente más valioso: nos regala una familia, nos constituye como comunidad y nos abre la fuente de la vida eterna. Lo que sucede en esa colina a las afueras de Jerusalén redefine para siempre nuestra manera de ser y de relacionarnos con Dios y con los demás.

La liturgia de hoy nos invita a detenernos y contemplar. No como meros espectadores de un drama antiguo, sino como partícipes directos de ese momento fundacional. Escuchemos con el corazón abierto las palabras que Jesús pronuncia desde el madero, porque están dirigidas a cada uno de nosotros.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua.

¿Qué significa acoger a María en nuestra casa?

Las palabras de Jesús a su madre y al discípulo amado son mucho más que una simple disposición familiar para el futuro de María. Al llamarla «Mujer», Jesús la conecta con la primera mujer, Eva. Si por la desobediencia de aquella entró el pecado en el mundo, por la fe y el «sí» de esta nueva Mujer, María, nos llega la salvación. Ella se convierte en la nueva Eva, la madre de todos los vivientes en el orden de la gracia. Y en la figura del discípulo amado, estamos representados todos nosotros, los creyentes de todos los tiempos.

Cuando Jesús te dice: «Ahí tienes a tu madre», te está haciendo un regalo personal e inmenso. Te está invitando a establecer con María una relación íntima, filial. El evangelista subraya la respuesta inmediata del discípulo: «la recibió como algo propio», que se traduce más literalmente como «la recibió en su casa». Acoger a María en nuestra casa no es solo poner una imagen en la mesita de luz. Es abrirle las puertas de nuestro corazón, de nuestros problemas, de nuestras alegrías y de nuestras decisiones. Es permitir que su ternura de madre nos cuide, que su ejemplo de fe nos guíe y que su intercesión poderosa nos sostenga en el camino. ¿Sientes realmente a María como tu madre? ¿Acudes a ella con la confianza de un hijo?

Del costado abierto nace la Iglesia

Después de entregarnos a su Madre, Jesús expresa una sed profunda. No es solo la sed física de un hombre deshidratado por la tortura. Es la sed de Dios por la salvación de la humanidad, la sed de que su amor sea correspondido, la sed de que el plan del Padre llegue a su plenitud. Y con sus últimas palabras, «Está cumplido», confirma que su misión ha sido llevada a término. Ha amado hasta el extremo.

El gesto final del soldado, que traspasa su costado con una lanza, se convierte en una revelación asombrosa. Del corazón de Cristo brotan «sangre y agua». Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia han visto en este manantial el origen de los sacramentos y el nacimiento de la Iglesia. El agua simboliza el Bautismo, que nos limpia del pecado y nos hace hijos de Dios. La sangre simboliza la Eucaristía, el alimento que nos da vida eterna y nos une en un solo cuerpo. La Iglesia no es una organización humana, sino un pueblo que nace del corazón herido y misericordioso de su Señor. Participar en los sacramentos es beber directamente de esa fuente de vida que brotó en el Calvario y que nunca se agota.

De la cruz a la vida cotidiana

Este Evangelio, tan denso y profundo, nos desafía a no dejarlo como una simple meditación piadosa. Nos llama a la acción, a imitar al discípulo amado. Acoger a María y vivir de la vida que brota del costado de Cristo debe traducirse en gestos concretos. Significa, por ejemplo, rezar el Rosario en familia, confiándole nuestras intenciones. Significa acercarnos a la Confesión y a la Comunión con más frecuencia, conscientes de que allí recibimos el perdón y la vida que nacen de la cruz. Significa ver en nuestro prójimo, especialmente en el que sufre, a un hermano por quien Cristo también entregó su vida.

La cruz, que para el mundo es signo de fracaso y muerte, para nosotros es el trono desde donde Cristo reina, amando, perdonando y dándonos vida. Hoy, Jesús te mira desde esa cruz y te repite las mismas palabras. Te entrega a su Madre para que nunca te sientas solo y te abre su corazón para que encuentres en él refugio y fortaleza. La pregunta es si, como el discípulo, estarás dispuesto a recibir esos dones y hacerles un lugar central en tu vida.

Señor Jesús, gracias por el inmenso amor que nos mostraste en la cruz. Gracias por no dejarnos huérfanos y regalarnos a María como Madre. Ayúdanos a acogerla en el corazón de nuestra vida y a vivir de la gracia que brota sin cesar de tu costado abierto. Que, sostenidos por ella y alimentados por tus sacramentos, sepamos ser testigos fieles de tu amor en medio del mundo. Amén.

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