
Al día siguiente de las celebraciones en honor a San Sebastián, patrón de la pequeña ciudad cercana a Roma, don Tadeusz Rozmus, párroco de la iglesia de San Tomás de Villanueva, cuenta el vínculo de estos lugares con muchos Pontífices que, durante 400 años, han elegido pasar algunos periodos en la residencia del Palacio Barberini. "La gente ha desarrollado una fuerte sintonía con los Papas. Muchísimos, incluso no creyentes, se detienen gustosamente en la iglesia. La naturaleza es un descanso par
Antonella Palermo – Ciudad del Vaticano
El pasado 5 de septiembre, en Castel Gandolfo, la ciudadanía se reunió para la solemne celebración eucarística en honor del patrón, San Sebastián. Presidida por monseñor Angelo Pennazza, vicario episcopal y párroco de San José, en Pavona, el rito concluyó con la procesión con las reliquias. Ayer domingo 6 de septiembre, el cortejo histórico, con trajes del siglo XVII y una treintena de figurantes, recuerda el ambiente de hace cuatro siglos, cuando con la entrada del Papa Urbano VIII en carruaje se inauguró la residencia papal de verano en el borgo laziale. Una fiesta especial, pues, organizada en conjunto entre el Municipio, la parroquia pontificia y el historiador local Luciano Mariani, en esta particular conmemoración.
Don Tadeusz Rozmus, párroco de San Tomás de Villanueva, la iglesia junto al Palacio Barberini, desde cuya terraza se contempla la misma vista espectacular que se ofrece al Papa: el Monte Cavo, un cono volcánico inactivo desde hace diez mil años, que con sus casi mil metros de altura representa la segunda montaña de los Colli Albani en el Parque regional de los Castelli Romani y que domina el magnífico lago Albano.
Desde la estancia de Urbano VIII hasta el bergantín de Alejandro VII
En 1596, bajo el pontificado del papa Clemente VIII, la Cámara Apostólica embargó el feudo y el castillo de los Savelli, que habían acumulado una gran deuda, y lo incorporó y renovó por deseo de Urbano VIII entre 1624 y 1626, según el proyecto de Carlo Maderno, convirtiéndose así en la histórica residencia de verano de muchos Papas. Se cuenta que aquel 10 de octubre de 1626 en Roma hubo disparos de cañón al amanecer y un cortejo pontificio con carruajes acompañaba la entrada del Papa a Castel Gandolfo. Un lugar de gran encanto natural, que ya había atraído especialmente a los emperadores romanos, se convirtió en un hogar donde respirar aire limpio y aliviar el calor de Roma. Alejandro VII amó extraordinariamente estas tierras, recuerda el sacerdote polaco: "Trajo muchas novedades aquí, construyó la iglesia de San Tomás de Villanueva, consagrada por él mismo en 1661, sobre la pequeña iglesia preexistente dedicada a San Nicolás. En ese tiempo había agustinos encargados de la pastoral, luego llegaron los salesianos. También se cuenta que él fue quien trajo aquí un llamado bergantín, un velero de dos mástiles, y que navegaba en esta embarcación por el lago". También a Papa Alejandro VII se debe un cambio profundo en la zona, porque, por ejemplo, involucró a Gian Lorenzo Bernini para dar brillo artístico a las obras dentro y fuera de la residencia.
Bosques de hayas, castaños y robles cubren la montaña y senderos sugestivos se extienden alrededor del lago. Los mismos pontífices los han recorrido, y con frecuencia don Tadeusz también va a caminar allí: "Se dice que el movimiento es el mejor médico. Y tener este hermoso lago sin darse buenos baños sería un pecado. Hay que aprovechar positivamente la belleza de la naturaleza". Así, al comienzo del Tiempo de la Creación (cinco semanas que hasta la fiesta de San Francisco de Asís invitan a realizar acciones concretas para el cuidado de la casa común) el párroco recuerda algunos anécdotas ligados a este pequeño paraíso, cuenta cómo cruza las aguas, que llegan a 200 metros de profundidad, de una orilla a la opuesta, para revitalizar cuerpo y espíritu. Después de todo, eso es lo que buscan los numerosos turistas que llegan a este lugar: "Muchísimos, incluso no creyentes, se detienen gustosamente en la iglesia. Es un descanso. Estamos abiertos a todos. Tal vez están alejados de la fe pero se detienen con gusto y tal vez rezan”. Entre ellos hay miles, continuamente, motociclistas, que además comparten con él la pasión por las dos ruedas: toda Europa, de punta a punta, ha recorrido el padre Rozmus en su moto y uno de los recuerdos más bonitos, confiesa, es el peregrinaje jubilar organizado para ellos durante el Año Santo pasado.
El vínculo de los papas con la comunidad local
La comunidad local ha asimilado mucho la presencia de los pontífices en Castel Gandolfo y, más allá del orgullo que más de uno manifiesta por lo que considera un verdadero privilegio, con el tiempo ha desarrollado un afecto especial y un deseo de reforzar el sentido de fraternidad y de recíproca proximidad.
Lo ha aprendido de algunos papas en particular: hay quien cuenta, por ejemplo, de un Juan XXIII que entraba en las casas de las familias, levantaba las tapas de las ollas, iba a la cocina para comprobar si había necesidad de ayuda y si se conseguía alimentar a todo el núcleo familiar, siempre dispuesto a ofrecer personalmente su apoyo.
Entre un paseo a caballo y otro —típico de papas como Urbano VIII, Clemente XIV, León XIV—, la escucha de los habitantes y de los peregrinos y el encuentro con la gente han sido un canal importante para muchos Sucesores de Pedro: «Los papas, cuando comenzaron a venir aquí, no pensaban solo en sí mismos. Pensaban también en las personas del lugar que poco a poco, con el desarrollo de las infraestructuras alrededor, aumentaron», con una afluencia cada vez más consistente de familias y la construcción de un gran número de nuevas viviendas.
La promoción del territorio por parte de los pontífices
Pablo VI hizo mucho por esta zona, Juan Pablo II otro tanto, precisa aún don Tadeusz. Otros pontífices han preferido no trasladarse a Castel Gandolfo: Inocencio X fue uno de ellos.
También Francisco permaneció sustancialmente en Santa Marta, pero esta ausencia de las Villas Pontificias no significó un alejamiento del cuidado del patrimonio ambiental, como se sabe, todo lo contrario, tanto que precisamente por su intuición nació, inaugurado oficialmente hace un año, elBorgo Laudato si’, cuyo núcleo es precisamente la formación en ecología integral y fraternidad.
Una finca de 55 hectáreas que hoy se encuentra sobre lo que era el emplazamiento de la antigua villa de Domiciano, quien originalmente la escogió por su microclima único. Una maravilla cuyo mantenimiento está confiado a jardineros y obreros que garantizan un aspecto único; nada que ver con el estado de abandono en el que durante más de sesenta años se encontraba la zona en la época de la caída de los Estados Pontificios con la unificación de Italia.
En aquella época hubo que esperar a Pío X para un regreso a Villa Barberini.
La acogida de los desplazados de guerra
Hoy se presenta como una forja constantemente en funcionamiento, desde donde el papa León, amadísimo por el modo en que trata a las personas, además de dar espacio al descanso y al deporte, continúa siguiendo la actividad vaticana.
Un lugar abierto a las visitas de carácter diplomático, a las audiencias privadas, desde donde el Papa reza el Ángelus dominical y preside liturgias. Un espacio vital.
«La llegada del papa León —subraya el sacerdote— aporta una belleza, diría yo, humana, muy cercana a la gente, muy disponible».
Conmueve volver a pensar —el párroco salesiano ofrece el punto de partida— en cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, en 1944, Pío XII abrió las puertas de los Jardines Vaticanos para dar refugio a los desplazados: «Se habla de 12.000 personas. Y en el Palacio Apostólico, precisamente en la habitación del Papa, las fuentes dicen que nacieron 36 niños, entre ellos dos gemelos.
La madre —concluye don Rozmus— quería expresar su aprecio por la hospitalidad y su gratitud al Papa y así los llamó Eugenio Pío y Pío Eugenio, precisamente en honor del Obispo de Roma».
Fuente: Vatican News






