
Íñigo (Ignacio) López de Loyola nació en Azpeitia, País vasco (España), en 1491. Desde corta edad quiso ser militar y, como tal, llegó a participar de la Batalla de Pamplona (1521), donde fue herido.
Posteriormente abandonó las armas para hacerse servidor de la Iglesia. Su conversión se produjo tras haber leído La vida de Cristo, del cartujo Ludolfo de Sajonia, así como el Flos sanctorum (recopilación de la vida de los santos escrita por el dominico Jacobo de Vorágine). Ambas lecturas lo dejaron impactado y, de manera especial, la segunda lo volcó sobre la vida legendaria de aquellos que vivieron y murieron por Cristo, quien llama a todos a alcanzar la santidad.
Ignacio se cuestionaba así: «¿Y si yo hiciera lo mismo que San Francisco o que Santo Domingo?». Sobre su proceso de conversión, San Juan Pablo II diría: “Ignacio supo obedecer cuando, en pleno restablecimiento de sus heridas, la voz de Dios resonó con fuerza en su corazón. Fue sensible a la inspiración del Espíritu Santo».
Por la única gloria
Ad Maiorem Dei Gloriam -en latín, «para mayor gloria de Dios»- es, quizás, el lema con el que mejor se identifica al fundador de los jesuitas. Sin embargo, muchos otros tesoros pueden extraerse de sus textos o dichos. Las palabras de este gran santo poseen siempre una fuerza especial que enciende las mentes y los corazones: “Ruégale a Dios por todos los que como tú deseamos extender el Reino de Cristo, y hacer amar más a nuestro Divino Salvador”.
La vocación del jesuita
El Papa Francisco, primer Pontífice jesuita de la historia de la Iglesia, al celebrar la fiesta de su fundador al inicio de su pontificado (2013), hizo una reflexión en torno al lema que identifica a la Compañía: “Iesus Hominum Salvator» [Jesús, Salvador de los hombres]. El Papa recordó a sus hermanos jesuitas que están llamados a tener siempre como centro a Cristo y a la Iglesia, a quienes se han obligado a servir.
San Ignacio de Loyola murió en Roma el 31 de julio de 1556. El Papa Paulo V lo beatificó en 1609, y fue canonizado por Gregorio XV en 1622. Hoy, sus restos reposan en la Iglesia de Gesù en la Ciudad Eterna.
Su legado y testimonio, siempre actuales, son un verdadero don de Dios por el que todo católico debe estar agradecido.