Vaticano

León XIV: En las «noches» de nuestra vida no dejemos de buscar y dialogar con Dios

En la Vigilia con los jóvenes en el Estadio Olímpico “Lluís Companys” de Barcelona, el Papa advierte que, en una sociedad que pide, rendimiento, vencedores y el culto de la propia imagen, como "anestéticos" a la inquietud por dar respuestas a los vacíos y derrotas, al hambre y la sed de amor, verdad y perdón, se debe buscar “descendiendo interiormente”, dando valor a las cosas importantes, al tiempo, a la propia vida, dejándose iluminar por el Evangelio.

Alina Tufani Díaz – Ciudad del Vaticano

Un "Castell", una torre humana, que se alza desde el suelo rápidamente, manos entrelazadas con fuerza, personas que se encaraman ordenadamente unas sobre otras, trepando, subiendo, como si quisieran tocar el cielo, firmes, en equilibrio perfecto, concentradas, unidas, y luego, en un santiamén, todos nuevamente por tierra, cada quien tomando su camino. Así se abrió la Vigilia con el Papa en el Estadio Olímpico “Lluís Companys” de Barcelona, con esa tradición-espectáculo, “patrimonio inmaterial de la humanidad”, que, como una metáfora, anticipó el hilo conductor de las palabras del Pontífice, cuando respondiendo a las preguntas de los jóvenes y concluyendo con su homilía, habló de la carrera desenfrenada por el éxito, la productividad, las idolatrías, a las que la sociedad nos conduce y, al mismo tiempo, de las caídas, de ese “espacio vacío”, ese “cansancio del espíritu” y la necesidad de probar esa “sana inquietud”, que nos invita, “yendo a lo profundo”, a buscar “una luz que ilumine el camino” y “nuestro deseo de verdad y de felicidad”.

Un “3 de 8”, unidos y con un mismo fin

La multitud congregada en el Estadio Olímpico de Barcelona, más de 40 mil personas, para el encuentro con el Santo Padre, en nada tiene que envidiar a las decenas de miles de personas, que hace apenas 24 horas, recibieron al Pontífice en Madrid. El saludo de bienvenida del cardenal Juan José Omella Omella, muy breve pero significativo, además de agradecer la visita del Pontífice, quiso explicar precisamente, el tradicional Castell, símbolo cultural de Cataluña, enraizado en las fiestas populares, “manifestación de lo que somos capaces de hacer los seres humanos cuando trabajamos unidos y con un mismo fin”. Torres humanas – intuyó Omella- que quizás “inspiración al Venerable arquitecto Antoni Gaudí”, y que esta vez, es un “tres de ocho”, 8 pisos de altura, con 3 personas en cada nivel, alzandola mirada“hacia lo alto hoy y siempre”.

Yendo a lo profundo

Tras la invocación del Espíritu Santo y la entronización de la Cruz, signo de nuestra Salvación, llevada por algunos jóvenes se dio paso a los testimonios. El primero del joven Farrán, quien, abrumado por el ansia de producir, tener éxito y cuidar su imagen, encontró un enorme vacío que solo pudo colmar, apenas en esta última Pascua cuando recibió el Bautismo. Un “redescubrimiento de la fe cristiana”, que contribuye – aseguró el Papa- a nuestro crecimiento, madurez y nuestro interior; pero que también en medio de alegrías o derrotas, nos puede saciar profundamente.

“Nuestro deseo de verdad y de felicidad necesita un horizonte más grande”.  Y esta inquietud es un don que Dios mismo nos ha dado”.  Una inquietud y una profundidad que, advirtió el Santo Padre, es difícil de cultivar en “nuestras sociedades, donde la idolatría del beneficio y del rendimiento, el afán de tener que producir siempre y ser vencedores, así como el culto a la propia imagen, no son más que anestésicos para adormentar nuestra conciencia y adaptarla a una cierta idea de sociedad”.

“Cuando las personas aprenden a detenerse, a dar valor a las cosas importantes, a apreciar el tiempo de modo nuevo y a pensar en la propia vida dejándose iluminar por el Evangelio, desarrollan también un pensamiento crítico respecto a un sistema social que no pone a la persona en el centro y provoca situaciones de injusticia y de pobreza existenciales a diversos niveles”.

La inquietud y espiritualidad que dan miedo

Tras asegurar que “la inquietud da miedo, así como el descubrimiento de la interioridad, de la espiritualidad y aún más del Evangelio, León XIV invitó a “cultivar la inquietud”, que es provocada en este mundo, en esta sociedad, y donde se puede descubrir el valor de una vida más humana, más plena, abierta al encuentro con Dios y a la alegría de la fe.

“Debemos cultivar esta inquietud y hacerle espacio; como decía, “buscar dentro”, intentando no dejarnos abrumar por los ritmos y las seducciones externas, cultivando espacios de silencio, deteniéndonos quizá algunos minutos al día para leer el Evangelio y hablar con Dios.

Elegir la vida

León XIV agradeció a Carmina por haber compartido la experiencia de sufrimiento causada por una depresión que casi le cuesta la vida, pero que, al mismo tiempo, le dejó ver y confiar en Dios. Una “enfermedad silenciosa”, como ella misma la llamó, de la que se levantó, dijo el Santo Padre, como “un milagro maravilloso que vemos en muchos personajes del Evangelio”, pero que delata un problema de “salud mental” que se ve cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas.

"Es una señal – agregó el Pontífice – de que hay algo profundamente erróneo en una cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones”, una realidad que “necesita un sistema sanitario que incluya entre sus prioridades este malestar invisible y generalizado, que afecta también a los jóvenes”.

El sufrimiento que nuestra sociedad hace callar

Por otra parte, el Santo Padre se refirió al “dolor que pone a prueba la fe y el sentido que le damos a la vida”, en las horas de oscuridad, de angustia y de dolor, como el que vivió Jesús cuando se acercaba la hora de su muerte.

“Hay momentos de oscuridad y de sufrimiento que nuestra sociedad hace callar, porque precisamente algunos modelos culturales nos quieren siempre vencedores y perfectos y, por eso, el límite, la fragilidad y el dolor deben ser eliminados, confinados al silencio ensordecedor de la soledad o incluso de la vergüenza. Y, en estos momentos, podemos pensar instintivamente que también Dios nos haya abandonado. Pero la cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona, que Él sigue crucificado con nosotros en el momento del dolor y de la soledad extrema”.

Cómo a veces somos prisioneros del mal…

El tercer testimonio habla de violencia familiar, de un intento de feminicidio, de dependencias y de víctimas inocentes, como la historia de Desiré quien, tras una infancia dolorosa y, no obstante, haber experimentado el amor de Dios, aún lleva el peso de no poder perdonar, de no poder reconciliarse “de verdad con Dios”.

Para el Papa, preguntar si es posible perdonar a quien nos ha hecho mal, pone ante nosotros la pregunta sobre su presencia en las horas de sufrimiento: “¿Dónde estaba Dios?”. Sin embargo, explico, “debemos interrogarnos sobre el hombre y sobre la humanidad, sobre cómo a veces somos prisioneros del mal hasta llegar a ser violentos con los demás, sobre cómo no logramos cultivar el amor y respetar a los demás en su dignidad y libertad, sin  atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad”. De allí, su llamamiento a abordar el drama de los feminicidios, sea personalmente que como sociedad, en todas sus dimensiones.

“Si existe la violencia, si triunfa el egoísmo, si incluso el amor entre familiares se transforma en odio, debemos hacernos algunas preguntas a nosotros mismos, a las dinámicas de nuestra sociedad, a la cultura del individualismo, a la tentación de la violencia, y no a Dios”.

El perdón, poderosa medicina contra el mal

También en su respuesta a Desiré, León XIV recalcó que debemos aprender a mirar el perdón, como una “poderosa medicina contra el mal” que sana nuestras heridas interiores”. Un perdón que debemos invocar la Señor para que nos ayude a reconciliarnos con nosotros mismos y con nuestro sufrimiento. “Es un camino largo, es un proceso que requiere mucha paciencia, es un trabajo que debemos hacer con nosotros mismos”.

“Somos pecadores perdonados, estamos en paz y somos capaces de perdonar. Capaces de ser portadores de paz.]”

Somos mendigos de amor

Tras la lectura del Evangelio, León XIV pronunció su homilía, inspirado en el pasaje Evangélico que recoge el diálogo nocturno de Jesús con Nicodemo y el camino de la vida y la salvación.

Nuestro caminar, nuestro desear y todo aquello que abrazamos y vivimos cotidianamente, en las alegrías y en las derrotas, en las aspiraciones y en los proyectos, es la expresión de nuestra búsqueda continua: somos mendigos de amor, tenemos hambre y sed de verdad, buscamos un significado pleno que nos sostenga, nos anime y nos ayude a comprender el misterio de nuestra vida.

La fatiga de creer

Pero en ese avanzar, aclaró el Papa “estamos llamados a dialogar con la penumbra de nuestra misma condición humana”, conocer la verdad, la profundidad del misterio de los que somos, comprender la realidad que nos rodea y de los acontecimientos que presenciamos y buscar “una luz que ilumine el camino.

“A veces experimentamos la noche de la fe, la fatiga de creer, el cansancio del espíritu, el sentido de la desproporción ante la llamada del Evangelio, la amargura de nuestros fracasos y el miedo a no ser capaces”.

Unas “noches” que nos enseñan – asegura el Papa-, que acompañan nuestra vida, el camino de la fe y la historia en la que vivimos y que son “un lugar de bendición, un espacio para renacer”, que nos “despojan y nos devuelven a lo esencial; nos quitan las máscaras humanas y religiosas”, y que nos dejan al descubierto, en nuestras luces y en nuestras sombras.

Este “espacio vacío” que la noche crea, aun cuando se presenta bajo la forma del sufrimiento o de la insatisfacción, de la desilusión o de la incredulidad, puede ser ocasión para recibir una nueva vida, para cambiar y renovarse, para “renacer de lo alto”, como dice Jesús a Nicodemo.

Al concluir, León XIV exhortó a no juzgar las “noches”; ni las noches de nuestra vida, ni las de la Iglesia, ni las de la sociedad que nos rodean, sino a ponernos en camino, seguir interpelando al Señor, abrirnos al viento del Espíritu para acoger la noche ya no como el signo de un fracaso sino como el inicio de una nueva vida.

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