Vaticano

León XIV: Ante la pureza incorrupta de María abandonar el hedonismo que aprisiona

Por segundo año consecutivo el Papa celebra la Santa Misa en la solemnidad de la Asunción de la Virgen María en Castel Gandolfo. En su homilía, este misterio, el cuerpo incorrupto de la Madre de Dios y su corazón inmaculado por gracia de Dios, ilumina y transfigura a toda persona, llevándola a la gloria del Cielo.

Alina Tufani Díaz- Ciudad del Vaticano

“Una joven hermosa que se eleva físicamente desde la tierra hacia el cielo”. Con esta imagen el Papa abre su homilía en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, un cuerpo incorrupto el de la Madre de Dios, una pureza del alma donde se encuentra la verdadera belleza divina que deseamos descubrir y cultivar, y desde donde alcanzar la conversión, el perdón y la curación.

En la parroquia de Santo Tomás de Villanueva de Castel Gandolfo, por segundo año consecutivo, el Santo Padre celebró la Santa Misa ante cientos de fieles, congregados dentro y fuera del templo. Asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste como enseña el magisterio de la Iglesia, en este misterio, indicó el Papa, se cumple la plenitud de gracia que Dios le ha dado en su Concepción Inmaculada.

La pureza del alma que transforma

La imagen de María que en el pasaje del Apocalipsis de hoy presenta a María, al final de su vida terrenal como “una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies” que, en pinturas y retablos, comenta el Pontífice, aparece como una "joven maravillosa", contrasta con nuestra experiencia del paso de los años, envejecidos, pesados, el cabello sin brillo, gris y luego blanco. La respuesta – aseguró el Papa – está en dos signos, el "cuerpo incorrupto de la Madre de Dios y su corazón inmaculado."

Es la pureza del alma, en efecto, que en María ―como en nosotros― por gracia de Dios ilumina y transfigura a toda la persona, llevándola a la gloria del Cielo. La glorificación de María en alma y cuerpo nos enseña que nuestra verdadera belleza no consiste en ocultar los signos del tiempo que pasa, sino en mostrar también en nuestra carne los signos del amor que no tiene fin.

La prisión del hedonismo y consumismo

Una belleza, continuó el Santo Padre, que muchas veces se puede encontrar en personas que, no obstante, la edad y los sufrimientos, son capaces de capaces de irradiar serenidad, benevolencia y paz a su alrededor, mientras, otras quizás más atractivas, demuestran dureza y frialdad. Es por ello, que es fácil entender – agregó el Pontífice – dónde está la verdadera belleza y dónde, en cambio, hay todavía necesidad de conversión, perdón y curación.

En este contexto, León XVI exhortó a “revisar muchos de los cánones estéticos, predominantemente de tipo hedonista y consumista, que el mundo nos impone, y que corren el riesgo de aprisionarnos en condicionamientos pesados, haciéndonos desperdiciar energías valiosas en lo que no es realmente importante ni dura para siempre”.

El amor que nos hace libres

En su invitación a “descubrir y cultivar la belleza divina que nos rodea y para la que hemos sido creados” y difundirla a nuestro alrededor, el Papa el recomendó “aprender a leerla” en los rostros de un niño, de un anciano, en un joven o en un adulto, escuchar sus historias de amor únicas, que cada quien con sus distinciones, nos cuenta.

El amor es el ornamento más hermoso del hombre: el amor que transfigura, transforma, ennoblece y lleva a lo alto; que nos hace ligeros, libres, cercanos a Dios, incluso a través de los altibajos de la vida.

La humildad en la fe de María

Tras retomar algunas reflexiones de sus predecesores Pablo VI y Francisco, sobre el misterio de la Asunción de la Virgen, León XIV destacó que el milagro que María vivió en su corazón inocente, y que la llevó a la gloria del Cielo, se puede encontrar en sus propias palabras del Magníficat:

En este cántico, a través de las humildes expresiones de su fe, la Madre del cielo nos habla de modo sencillo de grandes misterios: Dios que en ella se hace hombre para salvar a los hombres, el Eterno que en ella se manifiesta en el tiempo para abrirnos también a nosotros el camino de la eternidad.

Por ello, lo sublime de la celebración del misterio de la Asunción, para el Pontífice, no se debe buscar muy lejos, sino en el amor, la caridad que encontramos en las personas de la cotidianidad, en sus ojos, rostros, en su compromiso del obrar el bien con fe y dedicación, porque “contribuyen a llevar un poco de Cielo sobre la tierra y la tierra hacia el Cielo”.

Llamados a compartir su misma gloria

Más adelante, León XIV recordó que si bien el “rostro bellísimo de la Asunción es único”, también lo podemos conocer en las personas que están a nuestro lado, en los hermanos con quienes compartimos en la fe. “En su humanidad santa, por gracia de Dios, está también la nuestra, estamos llamados a vivir su misma plenitud de vida y a compartir su misma gloria, afirmó el Pontífice.

María, la brújula de nuestra existencia

Al concluir, el Santo Padre no pudo dejar de mencionar a San Agustín, quien hablando de la resurrección de Cristo, invitaba a los cristianos de su tiempo a hacer de ella, María, la brújula y el punto de referencia de su existencia. Invitando al mismo tiempo a hacer lo propio.

“Sigamos la luz del Resucitado, cambiando de rumbo si es necesario. Hagámoslo, particularmente hoy, mirando a María, que Dios coronó de gloria en alma y cuerpo, y que nos ha dado como Madre, guía, compañera de viaje y protectora en el camino del Cielo.

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