Vaticano

Jornada Mundial de los Pobres: ofrecer la solidaridad que los poderosos niegan

En el mensaje para la décima edición de la Jornada, que se celebrará el próximo 15 de noviembre, bajo el lema «El Señor es el refugio del pobre», León XIV denuncia la «corrupción arrogante» que genera injusticia social y sitúa a las personas «unas por encima de otras en nombre del dominio y la opresión». Exhorta a escuchar a los necesitados, en lugar de limitarse a hablar de ellos.

Edoardo Giribaldi – Ciudad del Vaticano

«El necio piensa: “Dios no existe”», escribe el salmista. Una afirmación que hoy en día no se traduce tanto en una negación teórica de la existencia divina, sino más bien en la falta de conciencia de los valores de la misericordia y la bondad. De esta ausencia nace una «corrupción arrogante» que sitúa a las personas «unas sobre otras bajo el signo del dominio y la opresión». Reconocer a Dios significa, por tanto, convertirse en «refugio» de su expresión más cercana, el pobre, cuya voz es «devorada como el pan» por múltiples y «subtiles» técnicas, especialmente en el ámbito digital, que refuerzan los prejuicios y erigen «cortinas de indiferencia». Proteger al necesitado, para el cristiano, significa, por tanto, escucharlo, y no solo hablar de él, ofreciéndole esa ayuda «que los poderosos no pueden garantizar y prefieren negar». Estas son las reflexiones que guían elMensaje del Papa León XIV para la X Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará el próximo 15 de noviembre bajo el lema «El Señor es el refugio del pobre», pero que lleva la fecha del 13 de junio, memoria de San Antonio de Padua, patrón de los pobres.

La pérdida actual del sentido de la trascendencia

La frase elegida, tomada del Salmo 14, sugiere la necesidad de volver a la Palabra para destacar la importancia que tienen los necesitados en la vida de la Iglesia, escribe el Pontífice. La expresión hace referencia a la histórica destrucción de Jerusalén, en la que el pueblo, privado de la presencia de Dios, experimentó «una miseria material y moral sin precedentes». Aunque se refiere a un acontecimiento pasado, esta frase habla a cada generación, aclara el obispo de Roma.

Se observa, por desgracia, cómo también en nuestros días está extendida una injusticia social que brota de una corrupción arrogante, tan deplorable como discriminatoria. La pérdida del sentido de la trascendencia en la vida cotidiana ya no es tanto una negación teórica de la existencia de Dios; más bien se manifiesta en la falta de consideración de su bondad y misericordia para la construcción de la justicia personal y social.

La lógica del dominio y la prevaricación

Los primeros en sufrir las consecuencias de este vacío son los pobres, cuyo número, recuerda León, está en constante aumento en muchas sociedades.

La ausencia de Dios ya no coloca a las personas unas junto a otras en el respeto mutuo, sino unas sobre otras bajo el signo del dominio y la opresión. Se exhibe así una lógica irreverente de abuso y descarte que margina y humilla. En esta condición se encuentran no solo personas individuales, sino poblaciones enteras. Las palabras del Salmo resuenan aún llenas de verdad: «Devoran a mi pueblo como si fuera pan».

Ofrecer una protección verdadera y segura

Son múltiples y «insidiosas» las técnicas con las que se silencia el grito de justicia de quienes se encuentran en situación de necesidad, empezando por el entorno digital, que «radicaliza los prejuicios hacia ellos y aumenta el velo de indiferencia que rodea sus causas». La petición de ayuda, sin embargo, subraya el Papa, no quedará sin respuesta por parte de Dios, en una «confianza total» que restaura la dignidad y el reconocimiento del otro como hermano o hermana con quien «organizar los propios sueños», haciendo realidad la esperanza.

Refugiarse en Dios equivale a encontrar la protección verdadera y segura, aquella que los poderosos no pueden garantizar y prefieren negar.

Refugio en la «noche» del abandono

Más que otros, prosigue León XIV, el pobre reconoce lo esencial, porque de ello vive. Además, más que nadie, se asemeja a Jesús, al habitar «al amparo del Altísimo», en la «noche» del abandono y la soledad, de la aflicción, la injusticia y la ofensa. Del sufrimiento, del dolor, y también de la soledad y de la falta de sentido de la vida. Jesús mismo, además, es la realidad viva del «refugio que ofrecer», habiendo descendido «hasta el punto más bajo», allí donde se encuentran los últimos, y yendo a su encuentro, como está escrito en el Evangelio: "Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os daré descanso".

Compartir para expresar el Reino de Dios

Se necesita no solo pan, sino también una palabra, un rostro, subraya el Pontífice. Y es de nuevo Jesús quien ofrece no solo alimento material, sino que «pronuncia el nombre de cada uno», transformando las promesas en realidad.

Para quienes carecen de hogar, de trabajo, de educación, de alimento, de salud, se abre un nuevo camino: el compartir como expresión del Reino de Dios. A la obsesión de quienes acumulan riquezas solo para sí mismos se opone la obstinación de Dios que, en el testimonio de personas de carne y hueso, abre el corazón y acoge en su amor.

Ponerse al nivel del necesitado

La Iglesia no puede, por tanto, permanecer insensible ante la lacra de la pobreza, poniéndose al nivel de quienes se encuentran en situación de necesidad. En este sentido, el Papa menciona el comentario de san Agustín a la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro: "Nos ha ocultado el nombre del rico y nos ha revelado el nombre del pobre. El nombre del rico iba de boca en boca, pero Dios lo calló; el nombre del pobre pasaba en silencio, pero Dios nos lo reveló. […] ¿Qué elegirías tú? ¿Ser pobre como Lázaro o ser rico como el otro? ¡No te dejes engañar! Escucha cuál fue el final y fíjate en la mala elección".

Los pobres como refugio para los demás

León XIV ya había tratado la «predilección» que Dios tiene por los pobres en su exhortación apostólicaDilexi te. Y en cuanto a convertirse en «refugio» para los pobres, invita a preguntarse si realmente se hace todo lo que está en nuestras manos para llegar «allí donde se encuentran los pobres, experimentando su marginación», escuchando sus pensamientos, compartiendo sus expectativas, pronunciando sus nombres.

Entonces veremos que los pobres se convierten ellos mismos en refugio para otros.

Ayudar con alegría

Un intercambio recíproco de protección, por tanto, que da testimonio de la unidad de la Iglesia en la pobreza universal, pero también del inmenso valor que cada uno tiene a los ojos de Dios y de los demás. En conclusión, el Pontífice une la celebración de la Jornada Mundial de los Pobres al octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, testigo concreto de la compasión gozosa hacia los pobres.

Queremos dar testimonio de que es posible, también hoy, experimentar la misma alegría al ponerse en el lugar de los pobres y al escucharlos, en lugar de limitarnos a hablar de ellos. Quien tiene a Dios como refugio es libre de tomar decisiones proféticas, que dan testimonio de cómo todo puede replantearse desde abajo, en la humildad y la fraternidad que, por sí solas, reparan un mundo herido por la prepotencia.

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