
León XIV visita la sede romana del Programa Mundial de Alimentos y se reúne con el Consejo Ejecutivo. Señala la paradoja de una expansión productiva sin precedentes que coexiste con la de zonas de pobreza, "burocratizando" la solidaridad y supeditando el hambre a consideraciones estratégicas. Para hacerle frente, aboga por un renovado compromiso de los gobiernos con la asignación de fondos y la cooperación multilateral.
Edoardo Giribaldi – Ciudad del Vaticano
La bulimia de conflictos alimentados sin ningún sentimiento de culpa por haber dejado a alguien con el estómago vacío. La paradoja de una época que produce más que nunca, pero deja con las manos vacías a quienes no producen lo suficiente. Que "burocratiza" la solidaridad y, en la brecha entre el reconocimiento teórico de los principios y su aplicación concreta, permite que el hambre sea devorada por lógicas geopolíticas. “ ¿Qué configuración del orden mundial es capaz de producir, reproducir y, a veces, incluso normalizar tales condiciones?» es la pregunta que resuena en el jardín de la sede central del Programa Mundial de Alimentos (PMA o WFP, por sus siglas en inglés, que significan World Food Programme), dentro del complejo del Parco dei Medici, al suroeste de Roma, queel Papa León XIVvisita esta mañana, 22 de junio.
La convergencia entre el PMA y la Iglesia
Ya un par de horas antes de la llegada del Pontífice, frente a la entrada de la agencia de las Naciones Unidas desfilan automóviles con matrícula «CD» (Cuerpo Diplomático), que acompañan a los representantes de los distintos países a los que León se dirigirá en el auditorio principal. A su llegada, alrededor de las 11, el Obispo de Roma es recibido por los dirigentes del Programa Mundial de Alimentos: Cindy McCain, quien hace un par de semanas concluyó su mandato como directora ejecutiva; monseñor Fernando Chica Arellano, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y, precisamente, el PMA; Carl Skau, director ejecutivo interino; y Carla Barroso Carneiro, presidenta del Consejo Ejecutivo. A ellos, así como a los empleados presentes con sus familias en el jardín frente al edificio, León les expresa su agradecimiento por su compromiso en «salvar vidas humanas en situaciones de emergencia y brindar asistencia alimentaria en contextos de conflicto y desastres naturales».
El compromiso de su institución resuena profundamente con la misión de la Iglesia católica de salvaguardar la dignidad humana y promover la fraternidad, arraigada en el llamado evangélico a amar al prójimo. De hecho, compartimos la urgente tarea de hacer frente al hambre y la desnutrición, interviniendo al mismo tiempo en las causas estructurales que las alimentan.
Comprender las razones de intervención
En el fondo de todo están las crisis actuales: ya no son "eventos aislados" sino "realidades persistentes" caracterizadas por conflictos prolongados, inseguridad alimentaria crónica, volatilidad económica y una creciente vulnerabilidad climática. Es aquí donde el Papa pide dar un paso adelante, complementando la intervención práctica con la "comprensión de las razones" por las que el sistema mundial actual "sigue generando precisamente esos problemas que luego se ve obligado a corregir".
La prioridad de los Estados a seguridad, crecimiento y estabilidad
Un fenómeno que, como se señala en la encíclicaMagnifica humanitas, está profundamente marcado por la crisis del sistema multilateral y la fragmentación del orden mundial. Sin un horizonte ético compartido, León observa el declive de un frente común hacia uno "desordenado y conflictivo, dominado por un clima generalizado de desconfianza".
En consecuencia, los Estados han destinado progresivamente sus recursos a la seguridad nacional, el crecimiento económico y la estabilidad interna, descuidando el profundo vínculo que une dichos objetivos con la cooperación multilateral
La paradoja actual
Esta tendencia genera la evidente paradoja de una "capacidad productiva global sin precedentes" que va de la mano con "la expansión de zonas de extrema vulnerabilidad", que el Pontífice resume así:
Las mismas fuerzas que impulsan el crecimiento económico a menudo agravan la exclusión y la marginación.
Se reconoce la necesidad primordial de aliviar el sufrimiento, pero en la brecha que existe con su aplicación concreta se cae en la "burocratización de la solidaridad" y en la "silenciosa mercantilización de la vida humana".
Los alimentos se ven condicionados, con demasiada frecuencia, por consideraciones económicas o estratégicas. En consecuencia, quienes no producen un valor cuantificable corren el riesgo de volverse invisibles.
La solidaridad obstaculizada por "incomprensibles decisiones políticas "
Hoy en día, la persona humana ha perdido su lugar central, y las formas de ayuda, como ya denunció el Papa Francisco al dirigirse al mismo personal del PMA en 2016, se ven obstaculizadas "por intrincadas e incomprensibles decisiones políticas, por visiones ideológicas engañosas o por insuperables barreras aduaneras", mientras que "las armas no".
De hecho, los conflictos son "alimentados" con mayor facilidad con la que se alimenta a las personas. Esta realidad refleja no solo deficiencias operativas, sino también un profundo desequilibrio en las prioridades políticas y morales.
Exasperar "ciclos de fragilidad"
El Papa reflexiona sobre cómo las consecuencias de esta desigualdad se extienden más allá de los directamente interesados, afectando a toda la cohesión social, aumentando el riesgo de conflictos y migraciones forzadas, pero también comprometiendo la capacidad de los Estados y las sociedades de construir instituciones resilientes, garantizar una educación eficaz y promover un desarrollo económico sostenible, "perpetuando así ciclos de fragilidad que terminan afectando a toda la comunidad internacional".
El PMA, barrera contra un "colapso irreversible"
La acción humanitaria, por su propia naturaleza, no es, por lo tanto, "ajena al orden internacional", sino que es, por el contrario, una expresión de responsabilidad común. No se trata solo de gestionar crisis, sino también de expresar solidaridad. Y "allí donde las instituciones nacionales se retiran y las redes comunitarias se desintegran", son precisamente instituciones como el PMA las que impiden que las crisis humanitarias "degeneren en un colapso irreversible".
Regresar almultilateralismo
Ante todas estas cuestiones, el Pontífice propone un antídoto: un retorno a la cooperación multilateral, porque hoy en día ningún Estado puede enfrentar por sí solo los desafíos globales, ni se puede construir una paz duradera sin ella.
Este objetivo solo puede alcanzarse mediante la convergencia de políticas eficaces y la implementación coordinada y sinérgica de las medidas. El llamado a caminar juntos, en armonía fraterna, debe convertirse en el principio inspirador.
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El aliento a los gobiernos y el papel de la Iglesia
De ahí el llamado a los gobiernos y a los pueblos del mundo:
Renueven y refuercen su compromiso, aumenten los recursos destinados a la lucha contra el hambre y sus causas profundas, y eliminen los obstáculos que impiden que la ayuda llegue a quienes la necesitan.
Para que estas palabras se traduzcan en hechos, es necesario reducir la burocracia innecesaria, de modo que la transparencia y la responsabilidad estén al servicio de las personas y no se conviertan en un obstáculo para la ayuda. Además, cuando los gobiernos vacilan o el acceso humanitario es limitado, la Iglesia católica puede desempeñar un papel importante, ya que a menudo logra llegar a las poblaciones más vulnerables en zonas inaccesibles para los actores internacionales.
Que el hambre no guíe los intereses geopolíticos
Otra área de intervención es la que se refiere a la "mercantilización de las necesidades fundamentales del ser humano". Al respecto, el Papa es claro:
La comida, el agua y la atención médica no pueden estar subordinadas a las lógicas del mercado ni a los intereses geopolíticos.
Es posible un nuevo camino
Al elogiar las intervenciones de primera línea, pero también las de largo plazo del PMA, León concluye con un mandato del que depende no solo la eficacia de la agencia, sino la "misma credibilidad de la cooperación internacional". Un camino renovado es posible partiendo de "simplificar lo que se ha vuelto excesivamente complejo", dando prioridad a lo esencial, sin olvidar a nadie.
Este compromiso se basa en el reconocimiento de que todo ser humano posee una dignidad intrínseca e inalienable, que permanece intacta independientemente de las circunstancias, las condiciones o la posición social. Arraigada en el amor incondicional e ilimitado de Dios, dicha dignidad puede definirse como infinita, ya que nada puede disminuir, borrar o negar su valor. Es precisamente a partir de la fidelidad a esta verdad que se mide la humanidad de nuestra política y, con ella, el futuro de la comunidad internacional.
Fuente: Vatican News






