
Luego de la procesión en honor a San Cayetano, cientos de fieles participaron de la celebración de la Santa Misa, en una jornada marcada por la fe, la oración y la esperanza.
Al comenzar su homilía, Mons. Marcelo Mazzitelli puso la mirada en los rostros de quienes habían participado de la peregrinación y en las historias que cada uno llevaba consigo.
“Estaba rezando la misa contemplando el rostro de ustedes. Me preguntaba qué llegaban en corazón, porque cada vida es un misterio”.
El administrador apostólico señaló que detrás de cada rostro existen realidades, preocupaciones y heridas que muchas veces permanecen ocultas, pero que durante la procesión se transforman en oración.
“Ese misterio se hizo oración en una procesión”, expresó, al definir la peregrinación como un signo de la vida cristiana: “Somos peregrinos y peregrinos en la esperanza”.
En ese caminar, sostuvo, la fe no se vive de manera individual, sino en comunidad: “No se trata simplemente de mi fe, sino de nuestra fe”.

San Cayetano y una vida puesta al servicio de los demás
Mazzitelli invitó también a mirar la vida de San Cayetano no solamente como un recuerdo de un santo del pasado, sino como un testimonio que interpela a los cristianos de hoy.
Recordó que Cayetano contaba con una vida asegurada, prestigio, formación y posibilidades dentro de la sociedad de su tiempo. Sin embargo, supo abrir los ojos ante el sufrimiento de quienes estaban a su alrededor.
“Descubre, y aquí está lo maravilloso, abre su mirada y su corazón para descubrir el dolor y el sufrimiento de sus hermanos”, destacó.
San Cayetano fue, de acuerdo con la reflexión del obispo, el hombre que se inclinó ante los pobres, atendió a los enfermos y comprometió su vida con quienes más sufrían.
En tiempos de turbulencia para la Iglesia, eligió volver a lo sencillo y a lo esencial del Evangelio.
“Todo cambio nace en el corazón”.
Por eso, Mazzitelli remarcó que celebrar a San Cayetano no significa únicamente recordar su historia, sino dejarse interpelar por su ejemplo y asumir también el llamado a la santidad.
Una devoción profundamente ligada al pan y al trabajo
Otro de los momentos centrales de la homilía estuvo dedicado al origen de la fuerte devoción a San Cayetano en Argentina.
Mazzitelli recordó que la devoción llegó al país durante la época colonial y que, con el paso del tiempo, San Cayetano fue reconocido como santo de la Providencia.
Pero fue especialmente durante la crisis económica de 1930 cuando su figura adquirió una dimensión profundamente vinculada con las necesidades del pueblo argentino.
En aquel contexto, marcado por la pérdida de empleos y la pobreza, el sacerdote Domingo Falcioni, de la capilla de Liniers, comenzó a repartir estampas de San Cayetano representado con una espiga de trigo.
La imagen se convirtió en un signo de esperanza para quienes pedían trabajo y pan.
“Hoy mismo nosotros, en este país que vivimos de crisis en crisis, también rezamos hoy por el pan y el trabajo, mirando la realidad que golpea a muchos”, expresó Mazzitelli.
Así, San Cayetano se arraigó profundamente en la religiosidad popular argentina como patrono del pan y del trabajo.

“El trabajo es un derecho, no es una limosna”
Uno de los conceptos más contundentes de la homilía fue la reflexión sobre el sentido de pedir trabajo.
Mazzitelli sostuvo que la súplica a San Cayetano no debe entenderse como un pedido de caridad, sino como la expresión de un derecho inherente a la dignidad de cada persona.
“El trabajo es un derecho, no es una limosna”.
En este sentido, explicó que pedir por el trabajo significa pedir que cada persona pueda llevar el pan a su mesa, pero también experimentar la dignidad de ganarlo mediante su propio esfuerzo.
“Pedimos para que el pan esté en la mesa, pero no simplemente que esté en las mesas, sino que se viva la alegría de ganarlo”.
El administrador apostólico reconoció la tarea de asistencia que realiza la Iglesia frente a las necesidades sociales, pero advirtió que esa ayuda, aunque necesaria, no constituye por sí misma una solución definitiva.
“La ayuda que podemos prestar y que desde la Iglesia en nuestra pobreza hacemos, no es más que un paliativo que no es respuesta, porque la respuesta es que todo hombre viva en el derecho de su trabajo”.
Por eso, definió al trabajo como “pilar de la dignidad personal y la paz de las familias” y destacó que permite a cada persona sentirse protagonista de la transformación de la realidad.
De la súplica al compromiso
En la segunda parte de su homilía, Mazzitelli profundizó una idea central: la Fiesta de San Cayetano no puede quedar solamente en el pedido personal.
“Hoy no es solamente un día de súplica, también hoy es un día de compromiso”.
Desde la Eucaristía, explicó, los cristianos están llamados a reconocer la dignidad de cada persona, independientemente de su credo o incluso de si tiene fe.
“Lleva una dignidad por ser criatura y amada de Dios”, afirmó.
En esa mirada, sostuvo que nadie puede salvarse solo y cuestionó las lógicas individualistas que sostienen que solamente quienes tienen más oportunidades pueden salir adelante.
“Cuántos nacen sin oportunidades, cuántos crecen sin oportunidades, y cuántos mueren sin haber tenido una oportunidad en la vida”, planteó.
Frente a esa realidad, propuso que los cristianos sean “profetas de la esperanza en el compromiso solidario y fraterno”.
Una fe que no puede ser indiferente
El administrador apostólico llamó a recuperar una sensibilidad social capaz de conmoverse frente a las situaciones de pobreza y exclusión.
Mencionó especialmente a quienes trabajan en las calles, a los limpiavidrios, a quienes hacen malabares y a los niños que viven situaciones de extrema vulnerabilidad.
Pero aclaró que la compasión cristiana no consiste solamente en observar el sufrimiento.
“Un corazón compasivo es el que se conmueve ante la realidad, pero como el buen samaritano, no se queda simplemente mirando, sino que se acerca para curar, para sanar y sobre todo abrazar”.
En este punto, recordó también la crítica del Papa Francisco al “pecado de la indiferencia” y llamó a responder con compasión y sensibilidad social frente a una realidad que muchas veces termina mirando a las personas como simples piezas del mercado.
“Nosotros somos el tesoro de Dios”
Hacia el final de su homilía, Mazzitelli retomó una pregunta del Evangelio: “¿Dónde está nuestro tesoro?”
Recordó las parábolas del Reino, donde el tesoro escondido y la perla preciosa llevan a dejarlo todo para encontrar aquello que verdaderamente tiene valor.
Y planteó una reflexión todavía más profunda: si el Reino es el tesoro del creyente, ¿cuál es entonces el tesoro de Dios?
Su respuesta fue contundente:
“El crucificado es la respuesta. Nosotros somos el tesoro de Dios”.
Desde allí, invitó a reconocer en cada hermano, en cada persona, ese tesoro que Dios confía a la comunidad.
“Ser testigos del Reino, construyendo una patria más fraterna, más solidaria, ser constructores de la paz, siendo profetas de la esperanza, significará inclinarnos ante el tesoro de Dios, que es cada hermano, que es cada persona”, afirmó.

San Cayetano, una invitación a comenzar por el corazón
Mazzitelli volvió entonces a la figura del santo para explicar que su capacidad de mirar y abrazar el dolor de los demás nació de una transformación interior.
San Cayetano se inclinó ante los más desposeídos, atendió a los enfermos y buscó liberar a los pobres de las situaciones de abuso que sufrían.
Su secreto, señaló, estuvo en haber puesto su vida al ritmo del corazón de Jesús.
“Porque su vida la dejó latir al ritmo del corazón de Jesús”.
Por eso, la celebración no debía quedarse en la memoria de un santo, sino convertirse en un renovado llamado a la santidad.
En ese sentido, recordó la expresión del Papa Francisco sobre la “santidad de la puerta de al lado”, aquella que se construye “en la sencillez, en lo cotidiano, en los pequeños gestos que hablan del gran amor”.
Una patria más justa y fraterna
Finalmente, Mazzitelli invitó a poner en las manos de Dios las dificultades personales y sociales, pero también a asumir el compromiso de construir una sociedad más justa.
“Que San Cayetano nos acompañe y que nuestro país, con tanta riqueza y tanta pobreza, podamos como hermanos construir una patria más justa y más fraterna”, expresó.
La celebración concluyó con una petición que sintetizó buena parte del mensaje de la Fiesta: que en cada hogar pueda estar presente no solamente el pan, sino “la alegría del pan ganado con aquello que merece todo hombre en su dignidad, con el trabajo”.
Así, la Fiesta de San Cayetano en San Rafael dejó como mensaje una fe que pide, pero que también se compromete; una esperanza que no ignora el dolor y una invitación concreta a mirar al otro como hermano, reconociendo en cada persona el verdadero tesoro de Dios.






