Testimonios

Milagro de Fe: De postrado a seminarista, una historia que inspira

Imagina que tienes 12 años, la edad donde los sueños empiezan a tomar forma. Para Juan Pablo Martín, un joven mendocino, esos sueños se dividían entre la pasión por el fútbol —con un futuro prometedor en Godoy Cruz— y una incipiente inquietud por el sacerdocio. Su vida parecía un lienzo de posibilidades infinitas, hasta que un diagnóstico inesperado lo cambió todo de golpe.

Un diagnóstico que lo detuvo, una fe que lo sostuvo

“Me encontraron una malformación genética en la columna. Era algo muy grave. Me dijeron que tenía que operarme urgente, que incluso podía quedar en silla de ruedas”, recuerda Juan Pablo hoy, a sus 22 años. La amenaza no era lejana; era una realidad inminente. La recomendación médica fue clara: viajar a Buenos Aires y someterse a una intervención de inmediato. “Me acuerdo que fui a ver al doctor Abel Albino y me dijo ‘tenés que ir ya, porque esto no es algo que se pueda dejar pasar’. A partir de ahí empezó todo”, nos cuenta.

La primera cirugía trajo consigo una ola de alivio y esperanza. Parecía que la pesadilla terminaba y la vida volvería a su cauce. Pero el destino, o quizás la Providencia, tenía otros planes. En plena recuperación, un movimiento brusco provocó la rotura de una de las placas de titanio implantadas en su columna. “Fue por hacer un movimiento brusco, sin querer. Y ahí tuve que volver a operarme. Ese fue el golpe más duro”, confiesa Juan Pablo, reviviendo el dolor de aquel momento.

Dos años postrado: el camino hacia un don redescubierto

Lo que siguió fue un tiempo suspendido, una pausa forzada de dos años. Postrado en una cama, con la escuela en casa, Juan Pablo inició un aprendizaje que trascendía los libros. “Tuve que aprender a caminar de nuevo. No me podía levantar del piso, no me podía mantener en pie. Fue un proceso larguísimo. En total, la recuperación llevó entre cinco y seis años. Volver a lo básico, a lo que uno da por hecho”, reflexiona con la madurez que solo la adversidad otorga.

En esos largos meses, una ausencia lo marcó profundamente: la imposibilidad de correr. “Eso me dolía mucho. A mí me encanta correr. Y no poder hacerlo me hizo pensar muchísimo. Porque uno da por sentado que puede moverse, que puede caminar, que puede salir. Pero cuando no podés, entendés realmente lo que significa”, explica. Esta experiencia forjó en él una convicción poderosa: “Caminar es un don que no todos valoramos”.

Dios, la felicidad en medio de la cama

A pesar del apoyo incondicional de su familia, amigos, docentes y médicos, Juan Pablo identifica una fuente de fortaleza aún mayor. “Yo tenía ayuda de todos lados. Psicólogo, gente que me visitaba, contención. Pero si tengo que ser sincero, lo que me hizo feliz en ese momento fue Dios. Yo fui feliz estando en una cama. Y eso a mí me cambió”, revela, señalando el verdadero punto de inflexión de su historia.

Esa felicidad encontrada en la presencia divina, incluso en la inmovilidad, lo llevó a un profundo discernimiento. “Después de recuperarme empecé a pensar qué quería hacer con mi vida. Primero pensé en medicina, porque quería ayudar a la gente. Después psiquiatría, después psicología. Incluso empecé a estudiar. Pero sentía que no me alcanzaba. Que no era solo el cuerpo o la mente lo que necesitaban las personas”, expresa, describiendo esa búsqueda de sentido que trascendía lo terrenal.

Fue en esa búsqueda, en esa inquietud del alma, donde la llamada de Dios se hizo más clara. La experiencia de la enfermedad, de la vulnerabilidad extrema y de la fe inquebrantable, lo condujo a comprender que su propósito iba más allá de sanar cuerpos o mentes. Hoy, Juan Pablo Martín es un seminarista mendocino, preparándose para una vida de servicio total, guiado por la misma fe que lo sostuvo cuando el mundo se detuvo. Su historia es un testimonio vivo de cómo, incluso en la postración, Dios puede obrar milagros y revelar vocaciones que transforman vidas.

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