
En el camino de la fe, a menudo Dios nos llama de maneras que jamás hubiéramos imaginado. La historia del Hermano Filip Mlinar, un franciscano esloveno que hoy ejerce su ministerio en Liubliana, es un testimonio vibrante de cómo un «quizás yo» puede transformarse en una vida entregada por completo al Señor.
Un hogar cimentado en la fe
Filip creció en una familia numerosa de seis miembros, donde la fe no era solo una palabra, sino el pilar fundamental de su día a día. Desde pequeño, tuvo el privilegio de experimentar un ambiente de amor y apoyo incondicional, que él mismo describe con profunda gratitud:
«Mi familia fue para mí un ejemplo de fe y un entorno seguro. Nos llevábamos muy bien con mis padres, podíamos hablar de todo. Fueron para mí un gran apoyo en todos los aspectos de la vida. Rezábamos mucho juntos.»
Esta atmósfera propicia le permitió desarrollar una relación cercana con Dios desde muy temprana edad.
El «quizás yo» que lo cambió todo
Desde cuarto curso, Filip fue monaguillo, sirviendo en el altar con dedicación. Fue después de una Misa, en la sacristía, cuando un sacerdote les planteó a todos los monaguillos una pregunta directa y desafiante:
«Chicos, ¿quién de vosotros se hará sacerdote?»
No era una pregunta sobre un deseo, sino sobre un destino. Filip confiesa que fue él quien se sintió más incómodo, y su respuesta, casi un murmullo, fue: «Quizás yo». Aquella frase, que en principio pretendía ser una evasiva, se anidó en su corazón y no lo abandonó. La idea del sacerdocio comenzó a rondar en su mente, despertando una inquietud que no podía ignorar.
Un espíritu curioso que buscaba más allá
Desde niño, y a lo largo de su adolescencia, Filip mostró un interés inagotable por el mundo que lo rodeaba. Un verdadero naturalista, su mente se sentía atraída por la física, la informática y la tecnología. Le fascinaba el poder del intelecto humano y todo lo que podía lograrse a través de él. Sin embargo, en medio de esa admiración por la ciencia, algo más profundo comenzó a germinar:
«De mí mismo diría que, en el fondo de mi corazón, soy un naturalista. Siempre me han interesado la física, la informática y la tecnología. Me fascina lo mucho que se puede lograr gracias al intelecto humano. Poco a poco me di cuenta de que eso no lo es todo, de que existen límites. Lo que va más allá de ellos es la fe.»
Comprendió que había una dimensión que trascendía la razón y la lógica, una verdad que solo la fe podía revelar.
El encanto de los franciscanos
Cada mes, Filip y su familia asistían a la Santa Misa en Vič. Fue allí donde, al observar a los frailes franciscanos, una nueva chispa se encendió en su corazón. Su sinceridad y su forma de vivir el Evangelio lo cautivaron profundamente:
«Cuando vi a los franciscanos durante la misa, pensé para mis adentros: Qué gente tan maravillosa. Me di cuenta de que se esforzaban por enseñar aquello con lo que realmente vivían y quiénes eran, que llevaban a cabo su misión con auténtica sinceridad.»
Además, la lectura de las vidas de los santos lo inspiraba. San Francisco de Asís y San Juan Bosco fueron sus grandes modelos. De Francisco de Asís, en particular, admiraba su entrega total:
«Si tuviera que decidir según el modelo de qué santo me gustaría vivir, elegiría a San Francisco. Es fascinante cómo dedicó toda su vida a un único objetivo: llegar al cielo.»
De la presión a la libertad de Dios
Curiosamente, al principio, Filip tenía una idea preconcebida sobre la vida religiosa. En su mente, «los sacerdotes son gobernantes en las parroquias, y yo consideraba a los religiosos unos holgazanes». Esta percepción le generaba una presión interna, especialmente al considerar el sacerdocio diocesano:
«Como veía al sacerdote como alguien que debía estar al día en todos los ámbitos y dominarlo todo —alguien que debía ser perfecto—, sentía presión, porque sabía que yo no era capaz de ello. Y es que un sacerdote no puede gustar siempre a todo el mundo. Tenemos diferentes capacidades y no existe el ser humano ideal. Al reflexionar sobre ello, comprendí que lo único que vale la pena es vivir para Dios.»
Fue al observar de cerca la vida de los frailes franciscanos cuando se dio cuenta de que Dios lo llamaba a la vida religiosa, más allá del sacerdocio diocesano que inicialmente había contemplado. Comprendió que la perfección no reside en el control o en complacer a todos, sino en la entrega sincera a Dios, con todas nuestras limitaciones y talentos.
La historia del Hermano Filip Mlinar nos recuerda que el llamado de Dios es personal y único para cada uno. A veces, comienza con un «quizás yo», un pequeño susurro que, con el tiempo y la gracia divina, nos guía hacia el propósito más grande de nuestras vidas. Su testimonio es una invitación a escuchar con atención y a confiar en los caminos misteriosos y maravillosos del Señor.
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