
En el Ángelus del segundo domingo de Cuaresma, León XIV reflexiona sobre la revelación del rostro de Dios, respuesta a la desesperación del ateísmo y a la soledad agnóstica, y anticipo de la luz pascual sobre los cuerpos que sufren violencia, dolor y miseria.
Lorena Leonardi – Ciudad del Vaticano
Sobre todos los cuerpos «flagelados por la violencia», «crucificados por el dolor», «abandonados en la miseria», con la Transfiguración Cristo irradia un anticipo de la luz de la Pascua, «acontecimiento de muerte y resurrección, de tinieblas y luz nueva». Así comentó León XIV en el Ángelus de esta mañana, 1 de marzo, segundo domingo de Cuaresma, el Evangelio de hoy, en el que el evangelista Mateo (17,1-9) narra el episodio de Jesús en el monte Tabor mostrando su gloria divina a los discípulos Pedro, Santiago y Juan.
“Mientras que el mal reduce nuestra carne a mercancía de intercambio o a masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece de la gloria de Dios.”
El esplendor humano de Dios
Hablando desde la ventana de su estudio privado del Palacio Apostólico a los fieles presentes en la Plaza de San Pedro en un día de invierno y a quienes lo seguían a través de los medios de comunicación, el Pontífice destacó el corazón del relato evangélico, cuando el Espíritu Santo envuelve a Jesús con una «nube luminosa», con el rostro resplandeciente «como el sol» y las vestiduras «blancas como la luz», permitiendo a los discípulos admirar el «esplendor humano» de Dios.
“Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una solemne confidencia.”
Contra la desesperación y la soledad
A partir de este gesto, Jesús transfigura las «llagas de la historia» e «iluminando nuestra mente y nuestro corazón» revela con su revelación «una sorpresa de salvación».
“¿Nos sentimos fascinados por ello? ¿El verdadero rostro de Dios encuentra en nosotros una mirada de asombro y amor?”
Son las preguntas del obispo de Roma, que reflexiona sobre cómo el Padre responde a la «desesperación del ateísmo» con el don de su hijo, cómo el Espíritu Santo redime la «soledad agnóstica» con la oferta de una «comunión eterna» de vida y gracia, y cómo ante la «fe débil» se encuentra el anuncio de la resurrección futura.
Tiempo de silencio y conversión
Todo esto, señala, lo vieron los discípulos en el resplandor de Cristo, pero «para comprenderlo se necesita tiempo»: «silencio» para escuchar la Palabra y «conversión» para saborear la compañía del Señor.
“Mientras experimentamos todo esto durante la Cuaresma, pidamos a María, Maestra de oración y Estrella de la mañana, que guarde nuestros pasos en la fe.”
Fuente: Vatican News






