
La raíz de la fe: familias y catequistas
La Misa Crismal nos recuerda que la Iglesia es, ante todo, una comunidad viva. Así lo expresa el tradicional himno litúrgico que suele entonarse en esta celebración: «Pueblo de Reyes, asamblea Santa, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios». Iluminando esta realidad, Mons. Mazzitelli se dirigió a los fieles laicos recordando que, por el bautismo, todos conformamos «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa» llamada a anunciar las maravillas de Dios.
Lejos de una mirada exclusivamente clerical, el obispo dedicó un emotivo momento de su homilía para agradecer a quienes, desde el silencio de lo cotidiano, sostienen la transmisión del Evangelio. Con un corazón agradecido, invitó a recordar a «nuestros padres y abuelos, catequistas, religiosos, sacerdotes, comunidades parroquiales», destacando que es en el seno de la familia y en la dedicación de los laicos donde se custodia nuestro peregrinar en la fe.

El desafío universal: una conversión misionera
Uniendo la realidad diocesana con el pulso de la Iglesia universal, el administrador apostólico lanzó un fuerte llamado a la acción pastoral. Siguiendo las directrices del magisterio actual, instó a evitar que nuestras comunidades se encierren en sí mismas.
«Debemos asumir el desafío de realizar una verdadera conversión misionera a la escucha de la voz del Espíritu», enfatizó el prelado, subrayando que la parroquia no puede estar «centrada en sí misma». Este espíritu de salida a las periferias resuena de manera muy particular en el sur mendocino, que actualmente se encuentra transitando un Año Jubilar por el VIII Centenario de la muerte de San Francisco de Asís, un profeta de la paz y testigo incansable de la misericordia divina.
El viaje de la gracia: de la Catedral a las periferias
El rito central de la Eucaristía, la bendición de los aceites, marca el inicio de un despliegue espiritual que recorrerá toda la diócesis. Los óleos, celosamente custodiados en ánforas metálicas durante el año, son fraccionados en recipientes más pequeños conocidos como crismeras.
En estos pequeños vasos sagrados, el aceite bendecido y el Santo Crisma —que lleva una mezcla de bálsamo para exhalar el «buen olor de Cristo» tras recibir el soplo consagratorio del obispo— inician su viaje. Desde la Catedral San Rafael Arcángel, el corazón de la diócesis, son entregados a los representantes de cada parroquia y capilla.
Su destino final es la vida misma del pueblo de Dios. A partir de la Solemne Vigilia Pascual, estos aceites llegarán a los hospitales para aliviar a los enfermos, ungirán el pecho de los catecúmenos dándoles fuerza para el combate de la fe, y sellarán con el don del Espíritu Santo a los nuevos confirmados. Llegarán a los templos designados para ganar indulgencias, como las parroquias San Antonio de Padua y San Francisco de Asís en Real del Padre, extendiendo el misterio celebrado en el altar mayor hacia cada hogar, joven y anciano de nuestra tierra.






