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El Papa Francisco brindó un mensaje por los 500 años de la primera misa en Argentina

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El Santo Padre envió una carta dirigida a Monseñor Jorge Ignacio García Cuerva, obispo de Río Gallegos, en la cual agradece “por invitarme a estar más cerca de Ustedes en este día que recordamos la primera Eucaristía celebrada en vuestras tierras”. 

Francisco se refirió a la pandemia, por la cual se canceló el festejo de este día. “Sé que por la situación dolorosa y angustiante que golpea tantas regiones del mundo y a la que no son ajenos, tuvieron que cancelar la celebración como la habían preparado. De repente, fuimos todos sorprendidos por una pandemia que nos desconcertó y movilizó a cambiar nuestras actividades y prioridades”.

A pesar de ello, el Papa dijo que en estos momentos donde “el contacto viene medido y evitado”, es imprescindible “que podamos rememorar y aprender ese sentir eucarístico que sólo el Señor nos puede enseñar. No dejemos que la fiesta se apague, no perdamos la oportunidad de asumir y acoger nuestro presente como un tiempo propicio de gracia y salvación con todo el empeño que esto significa”.  

 

La carta completa:

Casa Santa Marta, 31 de marzo de 2020

Mons. Jorge Ignacio García Cuerva
Río Gallegos
Querido hermano,

Gracias por invitarme a estar más cerca de Ustedes en este día que
recordamos la primera Eucaristía celebrada en vuestras tierras. Me
contaron que trabajaron duro, con fuerza y mucha ilusión. Querían que la
alegría y el festejo por el don recibido no quedara limitado a unos pocos,
sino que pudiera hacerse eco y alcanzar los distintos rincones del País. Sé
que por la situación dolorosa y angustiante que golpea tantas regiones del
mundo y a la que no son ajenos, tuvieron que cancelar la celebración como
la habían preparado. De repente, fuimos todos sorprendidos por una
pandemia que nos desconcertó y movilizó a cambiar nuestras actividades y
prioridades.

Estamos como los discípulos de Emaús, caminando con «el semblante
triste» por lo que sucede, intranquilos por cómo se desarrollará y
preocupados por las consecuencias que dejará. Qué bien que nos hace en
este contexto decir suplicantes como ellos: «quédate con nosotros, porque
~arde y el día se acaba» Señor (Le. 24, 29). La presencia de Jesús en la
Eucaristía que, silenciosa y discretamente, nos acompaña desde hace más
de 500 años, es el sacramento de la alianza que Dios quiso sellar con su
pueblo, con nuestro pueblo: Él está en medio nuestro alentando el caminar.
Esta certeza que heredamos de nuestros padres y abuelos, es la reserva
espiritual que acompañó, moldeó y forjó el alma de nuestra Nación y que
queremos que geste también el futuro de nuestros hijos y nietos. Alimento
de vida en momentos de carestía y tribulación; y canasta rebosante de las
alegrías y gozos que tejieron nuestra historia.

En estos momentos donde el contacto viene medido y evitado, es
imprescindibles que podamos rememorar y aprender ese sentir eucarístico
que sólo el Señor nos puede enseñar. No dejemos que la fiesta se apague,
no perdamos la oportunidad de asumir y acoger nuestro presente como un
tiempo propicio de gracia y salvación con todo el empeño que esto significa.

Hoy como ayer siguen resonando en los distintos pueblos, parroquias,
capillas, hospitales, colegios, casas, ciudades y barriadas las palabras del
Señor «hagan esto en memoria mía» (Le. 22, 19). Es su pueblo sacerdotal
que continúa la multiplicación de los panes para que a nadie le falte el
alimento que da vida. Es su pueblo sacerdotal que sabe «amar al prójimo
como a sí mismo» (Mt. 22, 39) ingeniándose creativamente para que nadie
quede al costado del camino. «Hagan esto en memoria mía» nos dice el
Señor: es el memorial de su amor misericordioso que continúa a levantar al
caído, liberar al cautivo y al oprimido, dar vista a los ciegos y proclamar un
año de gracia en el Señor (Cfr. Le. 4, 16-21). Es el memorial de su compasión
que se entrega como pan de reconciliación para achicar y sanar las heridas
que dividen, enfrentan y dispersan. Es el memorial de su esperanza que nos
regala la posibilidad, desde todo lo que nos diferencia, de sentirnos parte
viva de un pueblo, de su pueblo. Es querer tomar parte en ese sueño de
Dios que nos hermana e invita a inquietarnos santamente para que nadie
viva en soledad, sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con
Jesucristo, una comunidad de fe que los abrace y un horizonte de sentido y
de vida (cfr. Evangelii Gaudium, 49). «Hagan esto en memoria mía» es
participar en ese sacrificio de comunión que nos invita a reconocer que no
somos solamente pasibles afectados de un problema que nos rodea sino
potenciales promotores de un bien que nos apremia. «Hagan esto en
memoria mía» es dejarse tomar, bendecir y entregar como pan partido y
compartido para la vida del mundo (cfr. Juan Pablo 11, Sacramentum
Caritatis, 88).

Querido hermano, si bien estarás celebrando físicamente solo, tu
pueblo, nuestro pueblo argentino, te estará acompañando. Me contaste
que el mantel del altar está realizado con las intenciones que fueron
recogiendo durante todos estos meses con participación de gente de todo
el país. Es el santo pueblo fiel de Dios que sabe siempre rebuscárselas para
estar cerca del Señor; que, inclusive en medio de las restricciones e
impedimentos, busca la manera de escabullirse para «tocar su manto»,
ofrecer su vida, poner en el altar sus historias para que Jesús las unja con la
gracia de su bendición. Me uno también desde aquí, como hijo y parte de
este Pueblo de Dios que da gracias y celebra la fidelidad del Señor.
Que el Señor los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Y, por favor, te
pido que no se olviden de rezar y hacer rezar por mí.

Fraternalmente

Francisco

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