
La Misa de la Cena del Señor marca uno de los momentos litúrgicos más ricos y trascendentales del año cristiano. Con ella, la Iglesia entra en el Triduo Pascual, recordando la última noche de Jesús con sus discípulos. En la Catedral San Rafael Arcángel, el administrador apostólico Mons. Marcelo Mazzitelli guió a la comunidad a través de los profundos misterios que encierra esta celebración, en la que se actualizan el testamento del amor de Cristo y los cimientos sacramentales de la fe.
La institución de la Eucaristía y el ministerio sacerdotal
El eje central de esta liturgia es la memoria de aquella Última Cena. En su homilía, Mons. Mazzitelli enmarcó este momento expresando: «Hoy se despliega ante nosotros el misterio de la Eucaristía, instituida por el Señor en la última cena en la que también nace el don del ministerio sacerdotal».
Esta doble institución sacramental revela cómo Cristo decide permanecer entre los fieles. El obispo recordó que en esta «noche santa el Señor quiso quedarse con nosotros en la Eucaristía, y para ello instituyo el sacerdocio ministerial para perpetuar el sacrificio en su Iglesia».

El lavatorio de los pies: Sacramento de la caridad
Uno de los ritos más visuales y conmovedores de esta liturgia es el lavatorio de los pies, una recreación del momento en que «Jesús nos deja el testamento de su amor». Contemplando este «gesto enigmático que desconcierta», el prelado explicó que la acción de Jesús al quitarse el manto y asumir el rol de un sirviente revela su amor llevado «hasta el extremo».
Litúrgicamente, este rito no es una simple representación teatral. El obispo advirtió que los fieles son llamados «a no reproducir un gesto a modo de imitación, sino a comprometerse a hacer de la propia vida un servicio para los otros», subrayando que «La Eucaristía que hace realmente presente al Señor en su misterio de muerte y resurrección es sacramento de la caridad».

El Pan que construye y perfecciona la unidad
Otro aspecto fundamental de la liturgia eucarística abordado por Mons. Mazzitelli es su poder unificador. Compartir el altar exige y, a la vez, concede la comunión entre los hermanos. «Comemos del mismo Pan, de esta manera la Eucaristía se revela como sacramento de la unidad y que hace la unidad», afirmó.
A la luz de los textos de San Agustín, el administrador apostólico advirtió a la asamblea sobre la responsabilidad que implica acercarse a comulgar: «Vaciaríamos de significado lo que venimos a buscar en el altar si no asumimos un compromiso de vivir en la unidad».

La procesión y la adoración en el monumento
A diferencia de otras misas, la Cena del Señor no concluye con la bendición final, sino que queda abierta, en suspenso. El Santísimo Sacramento es trasladado en procesión hacia el monumento, invitando a los fieles a acompañar a Jesús en su agonía en el huerto. Para cerrar su mensaje, Mons. Mazzitelli animó a la feligresía a vivir profundamente este momento litúrgico final: «Hoy esta eucaristía se prolonga en la adoración, que contemplando al misterio de nuestra fe nos dejemos abrazar por Aquel que nos amó hasta el fin».






