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“Dios nos espera sin cansarse nunca”

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En su homilía de la Fiesta de la presentación del Señor, Francisco explicó que Dios siempre espera nuestra conversión. “Cuando nos extraviamos, viene a buscarnos; cuando caemos por tierra, nos levanta; cuando volvemos a Él después de habernos perdido, nos espera con los brazos abiertos. Su amor no se mide en la balanza de nuestros cálculos humanos, sino que nos infunde siempre el valor de volver a empezar”, dijo el Santo Padre.

La homilía del Papa inició refiriéndose a la paciencia de Simeón. “Observemos atentamente la paciencia de Simeón. Durante toda su vida esperó y ejerció la paciencia del corazón. En la oración aprendió que Dios no viene en acontecimientos extraordinarios, sino que realiza su obra en la aparente monotonía de nuestros días, en el ritmo a veces fatigoso de las actividades, en lo pequeño e insignificante que realizamos con tesón y humildad, tratando de hacer su voluntad”, señaló.

“Jesús nos revela la paciencia de Dios”, afirmó el Papa. “El Padre que tiene misericordia de nosotros y nos llama hasta la última hora, que no exige la perfección sino el impulso del corazón, que abre nuevas posibilidades donde todo parece perdido, que intenta abrirse paso en nuestro interior incluso cuando cerramos nuestro corazón, que deja crecer el buen trigo sin arrancar la cizaña”.

“Esta es la razón de nuestra esperanza: Dios nos espera sin cansarse nunca. Ese es el motivo de nuestra esperanza. Cuando nos extraviamos, viene a buscarnos; cuando caemos por tierra, nos levanta; cuando volvemos a Él después de habernos perdido, nos espera con los brazos abiertos. Su amor no se mide en la balanza de nuestros cálculos humanos, sino que nos infunde siempre el valor de volver a empezar. Nos enseña la resiliencia, el valor de volver a empezar. Siempre, todos los días, después de las caídas, siempre, volver a empezar. Él es paciente”.

Francisco invito a que nos fijémonos en la paciencia de Dios y la de Simeón para nuestra vida consagrada. “Preguntémonos: ¿qué es la paciencia? No es una mera tolerancia de las dificultades o una resistencia fatalista a la adversidad. La paciencia no es un signo de debilidad: es la fortaleza de espíritu que nos hace capaces de “llevar el peso” de los problemas personales y comunitarios, nos hace acoger la diversidad de los demás, nos hace perseverar en el bien incluso cuando todo parece inútil, nos mantiene en movimiento aun cuando el tedio y la pereza nos asaltan”, definió.

Tres “lugares” en los que la paciencia toma forma concreta

Continuando con su homilía, el Papa señaló y explicó donde la paciencia toma forma concreta.

La primera es nuestra vida personal. “Un día respondimos a la llamada del Señor y, con entusiasmo y generosidad, nos entregamos a Él. En el camino, junto con las consolaciones, también hemos recibido decepciones y frustraciones. A veces, el entusiasmo de nuestro trabajo no se corresponde con los resultados que esperábamos, nuestra siembra no parece producir el fruto adecuado, el fervor de la oración se debilita y ya no somos inmunes a la sequedad espiritual”, explicó. “Puede ocurrir, en nuestra vida de consagrados, que la esperanza se desgaste por las expectativas defraudadas. Debemos ser pacientes con nosotros mismos y esperar con confianza los tiempos y los modos de Dios: Él es fiel a sus promesas. Recordar esto nos permite replantear nuestros caminos y revigorizar nuestros sueños, sin ceder a la tristeza interior y al desencanto”, agregó.

“Queridos hermanos y hermanas, la tristeza interior en nosotros consagrados es un gusano que nos come desde dentro. Huid de la tristeza interior”.

El segundo lugar donde la paciencia se concreta es en la vida comunitaria. “Las relaciones humanas, especialmente cuando se trata de compartir un proyecto de vida y una actividad apostólica, no siempre son pacíficas, lo sabemos todos. A veces surgen conflictos y no podemos exigir una solución inmediata, ni debemos apresurarnos a juzgar a la persona o a la situación: hay que saber guardar las distancias, intentar no perder la paz, esperar el mejor momento para aclarar con caridad y verdad”, dijo el Santo Padre.

“No dejarse confundir por las tempestades. En la lectura del breviario había un buen fragmento sobre el discernimiento espiritual, y decía esto: “Cuando el mar está agitado no se ven los peces, pero cuando el mar está tranquilo, se pueden ver”. Nunca podremos hacer un buen discernimiento, ver la verdad, si nuestro corazón está agitado, está impaciente. Nunca”.

“En nuestras comunidades necesitamos esta paciencia mutua: soportar, es decir, llevar sobre nuestros hombros la vida del hermano o de la hermana, incluso sus debilidades y defectos. Todos. Recordemos esto: el Señor no nos llama a ser solistas, hay muchos en la Iglesia, lo sabemos. No, no nos llama a ser solistas, sino a formar parte de un coro, que a veces desafina, pero que siempre debe intentar cantar unido”, afirmó.

Por último, el tercer “lugar”, la paciencia ante el mundo. “Simeón y Ana cultivaron en sus corazones la esperanza anunciada por los profetas, aunque tarde en hacerse realidad y crezca lentamente en medio de las infidelidades y las ruinas del mundo. No se lamentaron de todo aquello que no funcionaba, sino que con paciencia esperaron la luz en la oscuridad de la historia. Esperar la luz en la oscuridad de la historia. Esperar la luz en la oscuridad de la propia comunidad”, explicó Francisco.

“Necesitamos esta paciencia para no quedarnos prisioneros de la queja. Algunos son maestros de la queja, son doctores de la queja, son muy buenos en quejarse. No. El lamento aprisiona: “el mundo ya no nos escucha”, tantas veces escuchamos esto, “no tenemos más vocaciones”, “vivimos tiempos difíciles…”. Y así comienza ese dueto de las quejas. A veces sucede que oponemos a la paciencia con la que Dios trabaja el terreno de la historia y de nuestros corazones la impaciencia de quienes juzgan todo de modo inmediato. Ahora o nunca. Y así perdemos esa virtud: la esperanza. Tantos consagrados y consagradas he visto que pierden la esperanza. Simplemente por impaciencia”, advirtió el Papa.

“La paciencia nos ayuda a mirarnos a nosotros mismos, a nuestras comunidades y al mundo con misericordia”.

Casi finalizando, el Santo Padre invitó a preguntarnos: “¿acogemos la paciencia del Espíritu en nuestra vida? En nuestras comunidades, ¿nos cargamos los unos a los otros sobre los hombros y mostramos la alegría de la vida fraterna? Y hacia el mundo, ¿realizamos nuestro servicio con paciencia o juzgamos con dureza?”

“Son retos para nuestra vida consagrada: no podemos quedarnos en la nostalgia del pasado ni limitarnos a repetir lo mismo de siempre, y en los lamentos de cada día. Necesitamos la paciencia valiente de caminar, de explorar nuevos caminos, de buscar lo que el Espíritu Santo nos sugiere. Esto se hace con humildad, con sencillez, sin gran propaganda, sin gran publicidad”.

“Contemplemos la paciencia de Dios e imploremos la paciencia confiada de Simeón, para que también nuestros ojos vean la luz de la salvación y la lleven al mundo entero, como la han llevado en la alabanza estos dos ancianos”, concluyó Francisco.

 

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