
Expertos enseñan a regular la empatía y a crear 'rituales' para desconectar del trauma y poder servir mejor.
Imagina por un momento ser bombero, médico o voluntario en una zona de guerra. Cada día te enfrentas al dolor, a la pérdida y a la destrucción. Tu misión es llevar alivio, pero ¿quién alivia tu propio corazón? En Ucrania, donde el conflicto se ha vuelto una trágica normalidad, los equipos de Cáritas han aprendido a la fuerza una lección vital: para poder sanar a otros, primero debes cuidar de ti mismo.
La tarea de acompañar en el sufrimiento es agotadora. Un rescatista que busca vida entre los escombros, un sacerdote que escucha confesiones cargadas de trauma o un psicólogo que acoge el relato de una familia destrozada, todos están expuestos a un desgaste inmenso. La Biblia ya nos advertía en el libro de los Proverbios: “El corazón alegre es un buen remedio, pero el espíritu abatido seca los huesos”. En un contexto de guerra, el “espíritu abatido” es una amenaza constante.
El peligro de “acostumbrarse” al dolor
Uno de los mayores mitos es que la experiencia te vuelve inmune. Las expertas consultadas por Cáritas Ucrania son claras: los años de trabajo en crisis no crean un escudo protector. Al contrario, la resiliencia es una habilidad que se cultiva día a día, con intención y herramientas concretas. Sin ellas, aparece la llamada “fatiga por compasión”.
Este fenómeno es una especie de cortocircuito emocional. Por puro agotamiento, la capacidad de sentir empatía disminuye, crece la irritabilidad y se desvanece el sentido de la misión. En ese estado, un servidor no solo es menos eficaz, sino que puede llegar a ser perjudicial. La psicóloga Ksenia Bukhanets lo explica de una forma muy gráfica: para ayudar, el consejero debe proteger su propia salud.
La clave que proponen es la empatía regulada. No se trata de volverse frío o indiferente, sino de aprender a comprender el dolor del otro sin hacerlo propio. Es la diferencia entre decir “estoy aquí contigo y entiendo lo que sientes” y sentir que “estoy viviendo tu sufrimiento por ti”.
Cuando un especialista empieza a llevarse las emociones a casa después del trabajo, es una señal de que ha traspasado un límite peligroso.
Un ritual para volver a casa
¿Cómo se logra esa desconexión saludable? Olena Bidovanets, psiquiatra de Cáritas Ucrania, subraya la importancia de los rituales. No hablamos de grandes ceremonias, sino de pequeños gestos que marquen simbólicamente el fin de la jornada laboral y el regreso a la vida personal. Puede ser algo tan simple como dar un paseo antes de llegar a casa, tomar una ducha consciente, escribir en un diario o simplemente cambiarse de ropa.
Estos actos funcionan como una frontera que ayuda a la mente y al espíritu a entender que una etapa del día ha terminado y otra comienza. Son rutinas que nos anclan en el presente y nos recuerdan que, además de ser servidores, también somos personas con una vida que cuidar y nutrir.
La lección que nos llega desde Ucrania es universal. Cuidar la propia salud mental y espiritual no es un acto de egoísmo, sino una condición indispensable para ejercer la caridad de una manera sostenible y verdaderamente humana. Es un acto de responsabilidad con nosotros mismos y con aquellos a quienes hemos sido llamados a servir.
Fuente: Religionenlibertad






