
En una época donde la espectacularidad parece ser la medida del valor de las cosas, un mensaje sencillo pero profundo resuena con fuerza: lo pequeño también es grande. A través de un comercial que muestra a niños entusiasmados con objetos cotidianos, emerge una reflexión sobre el don perdido de la maravilla. Esa capacidad de asombro que permite reconocer en lo simple la huella de lo eterno.
Frente a la cultura del ruido y la hiperproductividad, la propuesta es clara: recuperar la mirada contemplativa. Aquella que no necesita fuegos artificiales para valorar lo esencial. Que es capaz de ver belleza en una bandeja, en un trozo de papel, en un día cualquiera.
Imaginación, misterio y fe: claves para volver a mirar
La imaginación, tantas veces reducida a lo infantil, se presenta aquí como una puerta de acceso al misterio. Jesús, maestro de parábolas, usó imágenes sencillas para hablar del Reino de Dios. ¿No será que también nosotros necesitamos menos teoría y más juego? Menos análisis y más contemplación.
Redescubrir —como plantea el artículo original de Catholic Link— es volver a mirar con ojos nuevos. Es recuperar esa sensibilidad espiritual que permite ver a Dios en lo cotidiano. En una puesta de sol, en un abrazo, en la rutina.
La creación: un lenguaje silencioso que habla de Dios
Cada elemento de la creación —una hoja, una estrella, un aroma— es un signo del amor de Dios. Pero el ritmo vertiginoso de la vida moderna nos desconecta. Nos impide ver, oler, tocar… y finalmente, agradecer.
En este contexto, redescubrir no es un acto romántico, sino profundamente espiritual. Es un acto de fe: afirmar que «esto basta». Que la mesa servida, el árbol que da sombra o el gesto de ternura tienen un valor eterno. Y que en ellos también habla Dios.