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«Que todos sean uno»: La Eucaristía como antídoto contra la división y la ideología

Durante la homilía de Jueves Santo, el administrador apostólico advirtió que la pretensión de fidelidad a la doctrina no debe convertirse en ideología, llamando a construir una Iglesia basada en la unidad y la comunión

(San Rafael) – La comunidad diocesana se congregó en la Catedral San Rafael Arcángel para celebrar la solemne Misa de la Cena del Señor, presidida por Mons. Marcelo Mazzitelli en la noche del Jueves Santo. La ceremonia, que también pudo seguirse a través de la transmisión en vivo por el canal de YouTube de la productora San Gabriel, conmemoró la institución de la Eucaristía y el nacimiento del sacerdocio ministerial.

El servicio como compromiso ético

Al reflexionar sobre el Evangelio de San Juan, Mons. Mazzitelli centró su mensaje en el enigmático gesto del lavatorio de los pies. El obispo destacó cómo Jesús, siendo reconocido como Señor y Maestro, asumió la tarea propia de los sirvientes para revelar su amor llevado «hasta el extremo».

Sin embargo, el administrador apostólico aclaró que esta entrega no busca una mera imitación superficial por parte de los creyentes. Por el contrario, subrayó que los discípulos están llamados a «comprometerse a hacer de la propia vida un servicio para los otros», transformando el don del amor de Cristo en un verdadero compromiso ético entre los hermanos.

Una caridad misionera frente a la indiferencia

El prelado no fue ajeno a la realidad social actual y lanzó una fuerte advertencia sobre los tiempos de confusión, egoísmo y exaltación del individualismo que atraviesa la sociedad, donde parece afirmarse una especie de «darwinismo social».

Haciendo eco de las palabras del Papa Francisco, pidió no caer en el «pecado de indiferencia» y exhortó a la asamblea a salir al encuentro de la realidad. «Respondamos al clamor de los que quedan al costado del camino, no porque no se esfuercen sino porque crecieron sin oportunidades», enfatizó el prelado, recordando que la caridad debe ser misionera y estar dispuesta a cruzar fronteras existenciales para tocar la vida de quienes más sufren.

La comunión herida por las ideologías

En el tramo final de su homilía, Mons. Mazzitelli hizo una firme defensa de la unidad de la Iglesia, recordando que la Eucaristía es el sacramento que la sostiene y perfecciona. «Duele cuando la unidad es herida y amenazada en nuestra Iglesia», reconoció, recordando la súplica de Jesús: «que todos sean uno».

En una contundente reflexión sobre las tensiones eclesiales, advirtió que «atenta contra ella toda pretensión de aparente fidelidad a la doctrina que se convierte en ideología desconociendo el camino que el Espíritu señala a la Iglesia en el tiempo que nos toca vivir».

La celebración concluyó con un pedido de oración por la fidelidad de los sacerdotes y una invitación a prolongar el misterio eucarístico mediante la adoración, para que los fieles salgan al mundo como verdaderos testigos en la caridad y en la unidad.

Homilía completa

Misa de la Cena del Señor

2 de abril de 2025

Homilía

Queridos hermanos en el inicio de la celebración del triduo santo, hoy se despliega ante nosotros el misterio de la Eucaristía, instituida por el Señor en la última cena en la que también nace el don del ministerio sacerdotal el cual hemos agradecido en la misa crismal.

Como aquellos discípulos de Emaús, recibimos la palabra el corazón haciéndolo disponible para reconocer presente al Señor en la fracción del Pan; se abren nuestro ojos descubriendo que él vive y ha querido quedarse con nosotros, por eso, también como en aquellos discípulos, la alegría nace en nuestro corazón.

El libro del Éxodo nos relata la Pascua del Señor que se hará memoria celebrada en familia en la que se transmitía oralmente el acontecimiento salvador que los confirmó como pueblo que pertenece a Dios.

Pablo se dirige a la comunidad de los corintios corrigiendo desviaciones que se producían en la celebración de la Cena del Señor, recordándoles la tradición recibida y que el mismo ha transmitido. En la Eucaristía es proclamada la muerte del Señor hasta que el vuelva, así es presencia que se proclama nuestra esperanza. Es la Cena del Señor la que hoy nos sigue reuniendo en torno a la mesa fraterna para compartir el alimento de nuestra esperanza.

De manera solemne el Evangelista revela el misterio que manifiesta la clave para interpretar el camino de Jesús en su Pasión: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. La hora ha llegado y vuelve al Padre y Jesús nos deja el testamento de su amor.

Contemplamos en la Palabra un gesto enigmático que desconcierta. Jesús se saca el manto y lava los pies de los discípulos, algo extemporáneo, porque ese gesto de cortesía era realizado antes del banquete y realizado por los sirvientes o esclavos.

Algo de los sentimientos de los discípulos ante las acciones que iba realizando Jesús podemos intuirlos en la persona de Pedro al rechazar ser lavado porque Jesús es reconocido como el Señor y Maestro, y allí, sin ser consciente, nos ayuda a comprender lo que Jesús esta haciendo; el que es el Señor se pone a servirlos. Este servicio es en Jesús su muerte en la cruz por la que revela su amor, amándonos hasta el fin.

Pero esta entrega abre un camino de seguimiento de los discípulos que son llamados a no reproducir un gesto a modo de imitación, sino a comprometerse a hacer de la propia vida un servicio para los otros, el don del amor de Jesús por nosotros se hace compromiso ético de amor entre los hermanos de la comunidad. La Eucaristía que hace realmente presente al Señor en su misterio de muerte y resurrección es sacramento de la caridad.

¡Si comprendiéramos la hondura de ese “nos amó hasta el fin”! ¿Qué significa recibir la Eucaristía, incluso en la comunión espiritual, sino dejarnos amar descubriéndonos enviados a amar, reconociendo la dignidad de cada hermano disponiéndonos al servicio a la manera de Jesús, amando hasta el fin?

No queda este servicio circunscripto a nuestra comunidad eclesial, porque alimentados por la Eucaristía nuestra caridad se hace misionera tocando la vida del que hace oír su grito desde la vida herida. Jesús le pidió agua a la samaritana, se dejó secar los pies con el cabello de la pecadora, se invitó a la mesa de Zaqueo, puso como ejemplo de fe al centurión romano, predicó en tierras paganas, escucho la suplica de una mujer cananea rogando por su hija, Él cruzó fronteras existenciales para dejar en el corazón de todos la huella de su amor invitando a la conversión y a la vida nueva.

San Agustín en sus Confesiones exclamaba: “Nos hiciste para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Las Confesiones, I, 1, 1). Que la inquietud que anima nuestra esperanza alimentada por la Eucaristía, nos convierta en descanso para los que esperan mirada y abrazo. En estos tiempos de confusión y egoísmo que vivimos, donde exalta el individualismo, en la que se afirma una especie darwinismo social, donde se alimenta tanta violencia, salgamos al encuentro de la realidad con los sentimientos de Cristo Jesús, con sensibilidad ante las lágrimas secas de los que con impotencia sufren hoy; respondamos al clamor de los que quedan al costado del camino, no porque no se esfuercen sino porque crecieron sin oportunidades. No seremos Iglesia del Señor sino no escuchamos esas voces, cayendo en el pecado de indiferencia que denunciaba el Papa Francisco en Lampedusa. Participando de la Eucaristía, somos enviados como testigos del Amor que se entregó por nosotros.

Cumplir un precepto no basta, porque lo que verifica nuestra fe es la fidelidad a Dios y a su mandamiento de amarnos los unos a los otros como el no ha amado. El Señor se inclinó para lavar los pies de los discípulos, el nos llama a hacer lo mismo entre nosotros. Que el gesto que recrearé en esta celebración exprese el compromiso de cada uno de nosotros de responder a lo que el Señor nos enseña.

“Siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva”.  Comemos del mismo Pan, de esta manera la Eucaristía se revela como sacramento de la unidad y que hace la unidad.

Habiendo sido bautizados en un solo Espíritu formamos un solo Cuerpo, en el que cada uno de nosotros somos sus miembros, compartiendo la misma comida y la misma bebida para sostener su vida y perfeccionar su unidad[1].

“¡Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad!” expresaba San Agustín comentando el evangelio según San Juan. Vaciaríamos de significado lo que venimos a buscar en el altar si no asumimos un compromiso de vivir en la unidad. Atenta contra ella toda pretensión de aparente fidelidad a la doctrina que se convierte en ideología desconociendo el camino que el Espíritu señala a la Iglesia en el tiempo que nos toca vivir. Duele cuando la unidad es herida y amenazada en nuestra Iglesia, no dejemos de sentirnos llamados a la conversión para ser instrumentos de comunión. No olvidemos la súplica de Jesús al Padre: “que todos sean uno” para que el mundo crea. La unidad celebrada y vivida evangeliza.

Queridos hermanos, así como celebramos cultualmente la Eucaristía, celebrémosla haciendo de nuestra vidas una ofrenda agradable sirviendo en la caridad y comprometidos a vivir en la unidad.

En esta noche santa el Señor quiso quedarse con nosotros en la Eucaristía, y para ello instituyo el sacerdocio ministerial para perpetuar el sacrificio en su Iglesia, demos gracias a Dios por este don, recen por nosotros los sacerdotes, para que seamos fieles en la misión que nos ha confiado en favor de ustedes, en favor de su pueblo.

Queridos hermanos hoy esta eucaristía se prolonga en la adoración, que contemplando al misterio de nuestra fe nos dejemos abrazar por Aquel que nos amó hasta el fin y que nos envía a ser testigos en la caridad y en la unidad.


[1] Cf. De Lubac, Henri. Meditación sobre la Iglesia. Ediciones Encuentro, Bilbao, 1988

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