
En la homilía de este Domingo de Ramos, el administrador apostólico Marcelo Mazzitelli invitó a los fieles a vivir la Semana Santa no solo como la memoria de un hecho histórico, sino como un misterio que exige un compromiso real y activo en la sociedad. Durante su mensaje, destacó que el camino cuaresmal es un tiempo de conversión y purificación que nos prepara para revivir nuestro deseo de Dios y contemplar la Pascua.

El umbral de la Semana Santa y el espejo de la Pasión
Mons. Mazzitelli describió el Domingo de Ramos como el «umbral» que introduce a los creyentes en el misterio profundo del Santo Triduo Pascual. Al reflexionar sobre la Pasión de Cristo, el administrador apostólico instó a la comunidad a no ser meros espectadores del relato evangélico, sino a preguntarse qué lugar ocupan en él. Recordó que, muchas veces, las personas pueden verse representadas por aquellos que negaron, rechazaron o abandonaron a Jesús. «¿Acaso no hemos llorado como Pedro al negar al Señor?», interpeló a los presentes, llamando a no perder el asombro ante la fe y el sacrificio en la cruz.
El verdadero significado de la humildad
Durante su reflexión, se enfatizó que la humildad cristiana no es una idea o un principio abstracto, sino una persona concreta: Cristo. Mons. Mazzitelli recordó que Jesús se despojó de su condición divina para tomar la forma de esclavo, y subrayó que es imposible vivir en la fidelidad y en la verdadera humildad si no es siguiendo de cerca las huellas de este camino de abajamiento.

Un llamado a la misericordia: «No nos convirtamos en jueces»
Uno de los puntos más determinantes de la homilía fue el llamado a la compasión y a la acción hacia los más desfavorecidos. Mons. Mazzitelli advirtió sobre el riesgo de convertirse en «jueces de una realidad y de la vida de los demás», exhortando en cambio a llevar la misericordia de Cristo hacia la debilidad y la fragilidad humana. «El Señor nos invitó a reconocerlo presente en la vida de los pequeños, de los pobres, de los heridos de la vida», afirmó con contundencia, recordando el mandato de que todo lo que se hace por el hermano más pequeño, se le hace a Jesús.
Los ramos como símbolo de misión y esperanza
Hacia el final de su mensaje, el administrador apostólico pidió a los fieles que los ramos bendecidos que llevan a sus casas no sean solo un recuerdo, sino un verdadero compromiso de ser «discípulos misioneros» que anuncien un mensaje de vida y amor. Explicó que la fe no debe vivirse como «la nostalgia de un pasado que nos ata», sino desde la novedad constante que propone el Evangelio. La homilía concluyó con un mensaje de renovada esperanza, recordando que Cristo padeció en la cruz, pero ha resucitado, abriendo para todos «el camino al abrazo del Padre».


Texto completo de la homilía
El Camino Cuaresmal y el Umbral de la Semana Santa
Queridos hermanos, el camino cuaresmal que concluye el Jueves Santo significa ese tiempo de conversión que recorremos con los ojos fijos en Jesús, animados por la esperanza que contempla la Pascua del Señor. Este camino manifiesta nuestro deseo de Dios; no es solamente un llamado a la conversión, sino una oportunidad para revivir este deseo y purificarnos, dejando que la gracia de Dios recree nuestra fidelidad herida por el pecado. Este Domingo de Ramos es el umbral que nos introduce a la Semana Santa, en la cual se despliega el misterio de nuestra fe. Como comunidad de discípulos del Señor y como cristianos, nos entregamos a aquel que resucita: al Dios con nosotros, el Emmanuel, concebido por obra del Espíritu Santo. Recordamos a aquel que creció junto a José y María, y que cumplió la misión confiada por el Padre anunciando el Reino, sanando enfermos, liberando a los cautivos del mal, predicando y perdonando.
Contemplar la Pasión y Nuestra Propia Fragilidad
Cada palabra y cada gesto suyo se hizo revelación del designio de un amor que se entregó amándonos. Al comenzar la Semana Santa, somos invitados a adentrarnos en el misterio que se despliega en el Santo Triduo Pascual. Este umbral nos lleva a contemplar el camino de la Pasión. El relato del Evangelio que escuchamos no es solo un recuerdo, sino una invitación a preguntarnos dónde nos ubicamos nosotros en él. Contemplamos el camino de fidelidad de Jesús, expresado en su oración de Getsemaní, pero también los momentos donde el Señor experimenta el rechazo, la incredulidad, la traición, el abandono y la negación, concluyendo con lágrimas de un corazón herido, el escarnio y la soledad. Aquel que no conoció el pecado llevó sobre sus espaldas el pecado del mundo, nuestro propio pecado. Por eso, no es extraño que en algunos momentos de nuestra vida nos veamos representados por los que lo negaron, lo rechazaron o se durmieron en esa vigilia de oración. ¿Acaso no hemos llorado como Pedro al negar al Señor?. ¿Acaso no revivimos esa ternura dolorosa del encuentro de miradas entre Jesús y su madre, moviéndonos a la compasión?.
El Llamado a la Humildad y al Seguimiento de Cristo
A veces corremos el riesgo de acostumbrarnos a la fe, perdiendo el asombro ante el misterio de una vida entregada por amor en la cruz. Queridos hermanos, debemos preguntarnos si estamos dispuestos a recorrer el camino de Jesús en su anonadamiento. Como nos dice san Pablo en aquel antiguo himno cristiano, Cristo, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Esto significa un camino de humildad. Así, el motivo principal de la humildad ya no es una idea o un principio abstracto, sino una persona concreta: Cristo, que se humilló y se abajó. De esta manera, no podemos vivir en la humildad ni en la fidelidad si no es siguiendo las huellas y el camino de Cristo. La humildad a la que se nos invita en estos días es obra de Dios y debemos seguirla como discípulos.
Del Misterio Contemplado al Compromiso Vivo
Este camino no es la simple contemplación de lo que pasó, ni una mera memoria de un hecho histórico. Estamos celebrando un misterio vivo que nos lleva a un compromiso. Si estamos dispuestos a seguir al Señor y queremos que nuestra vida sea una respuesta a su amor, estamos llamados a comprometernos y hacernos disponibles a la obra del Espíritu de vida. Hoy mismo sentimos compasión y hemos realizado un gesto de silencio al arrodillarnos frente a ese momento en que Jesús expiró, un silencio que recoge el eco de su grito: «Elí, Elí, ¿lama sabactani?» («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Ese es un grito que recoge los clamores de los hombres y nuestros propios gritos, pero que se traduce en un camino de absoluta confianza en el Padre.
Por eso, los sentimientos de compasión y de dolor deben ser fuentes que nos abran a los sentimientos de Cristo ante nuestro tiempo y nuestra realidad. El Señor nos invita a reconocerlo presente en la vida de los pequeños, de los pobres y de los heridos de la vida. Qué triste sería si, en lugar de llevar los sentimientos de Cristo —quien tocó la debilidad y la fragilidad recreando vida con su misericordia—, nos convirtiéramos en jueces de la realidad y de la vida de los demás. El Señor nos dijo: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo».
Memoria Agradecida y Renovada Esperanza
Ahí radica nuestro compromiso al salir de las puertas de este templo. Digamos en estos días al Señor: «Aquí estoy», ofreciéndole la verdad de nuestras vidas y de nuestra comunidad diocesana, dejando que Él la transforme y la llene con la vida del Resucitado. Nuestra vida de fe no es la nostalgia de un pasado que nos ata y esclaviza, sino la novedad constante del Evangelio, donde el Espíritu nos lleva hacia lo nuevo de Dios. Digamos también en estos días santos que somos testigos. Que los ramos que hoy llegan a nuestras casas sean memoria y compromiso de ser discípulos misioneros; que lleguen a otras casas y que nuestras propias vidas sean como esos ramos que anuncian un misterio de vida que conoció la cruz para cantar el amor. Que estos sean días de memoria agradecida por el amor derramado en nuestros corazones, de compromiso nacido de la fidelidad a ese amor, y de renovada esperanza. Porque el Señor, que ha padecido en la cruz por todos los hombres de todos los tiempos, ha resucitado, abriéndonos el camino al abrazo del Padre.






