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Mons. Mazzitelli en la Misa Crismal: «El ministerio sacerdotal consiste en vivir en la amistad con Jesús»

En la solemne celebración en la Catedral San Rafael Arcángel, Mons. Marcelo Mazzitelli presidió la renovación de las promesas sacerdotales con un profundo llamado a vivir el ministerio desde la amistad con Cristo . El obispo instó a su presbiterio a huir del individualismo y el rigorismo, abrazando la misericordia y trabajando por la comunión diocesana, en sintonía con el mandato del Papa León XIV .

(San Rafael) – En el marco del cronograma de Semana Santa, este martes 31 de marzo a las 20 horas, la Catedral San Rafael Arcángel fue el escenario de la solemne Misa Crismal presidida por Mons. Marcelo Mazzitelli. Esta celebración, de profundo sentido eclesial, congregó al pueblo de Dios y al presbiterio en torno al altar para la consagración del Santo Crisma y la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, elementos esenciales para la santificación de la comunidad.

Durante su homilía, Mons. Mazzitelli se dirigió con especial afecto a los sacerdotes diocesanos, quienes, frente a Dios y al pueblo como testigo, renovaron las promesas realizadas el día de su ordenación. El prelado agradeció la entrega generosa de los presbíteros, destacando que su labor se realiza frecuentemente «en el silencio y en lo pequeño», al modo del Reino de Dios.

La amistad con Cristo como cimiento

Al reflexionar sobre la vocación, el obispo invitó a los sacerdotes a no olvidar nunca sus raíces y a las comunidades, padres, abuelos y catequistas que custodiaron su fe. Citando a Joseph Ratzinger, recordó que ser sacerdote exige, ante todo, una relación íntima con Cristo: «El ministerio sacerdotal consiste en vivir en esa amistad y en llevar a otros a la amistad con él». Advirtió que, sin cultivar este vínculo a través del silencio fecundo, la oración y la Eucaristía diaria, el ministerio correría el riesgo de ser «construido sobre arena».

Misericordia frente al rigorismo y la fragilidad

En uno de los pasajes más profundos de su alocución, Mons. Mazzitelli abordó la humanidad del sacerdote, recordando que, aunque transfigurados por la gracia, «seguimos siendo barro». Reconoció la existencia de la «fidelidad herida» e hizo un fuerte llamado a ejercer el ministerio de la reconciliación sabiéndose instrumentos, pero también necesitados de la misericordia de Dios. En este sentido, alertó sobre el peligro del rigorismo pastoral, definiéndolo como una actitud que muchas veces «enmascara la inconsistencia de un corazón desintegrado».

El mandato del Papa León XIV: «Trabaje por la comunión»

En sintonía con las enseñanzas del Santo Padre, el obispo subrayó que la identidad del presbítero es inseparable de la misión evangelizadora de la Iglesia y del servicio a los demás. Mons. Mazzitelli compartió un recuerdo personal de su encuentro con el Papa León XIV, quien a modo de despedida le encomendó: «Trabaje por la comunión». Estas palabras, aseguró, se han convertido en su misión pastoral.

Para lograr esta comunión, exhortó a evitar la autorreferencialidad y las ideologías que ciegan, y enfatizó la importancia de la fraternidad sacerdotal afectiva y efectiva. «Un ministerio aislado, marcado por el individualismo desfigura el mismo ministerio. No podemos solos, por eso el Señor nos llama en comunidad y en comunidad nos envía», sentenció el obispo, invitando a los sacerdotes a cuidarse mutuamente.

Un clamor por las vocaciones y los sacerdotes en crisis

Antes de concluir, la asamblea se unió en oración por los sacerdotes del presbiterio que se encuentran fuera de la diócesis y, de manera especial, por aquellos que atraviesan momentos de crisis, para que puedan renovar la alegría de la fidelidad. También se rezó por quienes abandonaron el ministerio.

Finalmente, abrazando la súplica de un renovado Pentecostés vocacional, Mons. Mazzitelli dio gracias por los seminaristas presentes y llamó a cuidar las semillas vocacionales en los jóvenes de San Rafael. Cerró su inspiradora homilía citando a San Alberto Hurtado, deseando a todos los consagrados que su vida sea «una misa prolongada cantando la belleza de la fidelidad».

HOMILÍA COMPLETA

“Que todos sean uno”

Misa Crismal

Martes 31 de marzo de 2026

Homilía

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. De esta manera solemne el Señor da cumplimiento a la promesa de Dios, haciendo presente al Reino en su Persona. Es el Espíritu que en Jordán se posó sobre él, el Espíritu que lo guio en el desierto. Somos testigos como comunidad del sí de Jesús a la misión desplegada en un camino de fidelidad y obediencia filial.

Queridos hermanos, al celebrar la Misa crismal nos encontramos como Iglesia, como pueblo de Dios, como pueblo sacerdotal consagrados todos en el bautismo que compartimos.  En él recibimos el llamado a la santidad y somos enviados a la misión anunciando la Pascua del Señor, testimoniando la Buena noticia de la salvación

Pedro, alentando a las comunidades a vivir su compromiso bautismal les señala su identidad: “Ustedes, a manera de piedras vivas, son edificados como una casa espiritual, para ejercer un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo. Ustedes, son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (1Pd 2,5.9);y con ello los exhortaba a vivir como cristianos, como ungidos en el Espíritu. Como dice el libro del Apocalipsis, por el amor del Testigo fiel que nos purificó de nuestros pecados por medio de su sangre, fuimos constituidos como Reino sacerdotal para nuestro Dios (cf. Ap 1, 5-6).

Hermanos somos comunidad amada del Señor, que hoy se manifiesta en la comunión presidida por el obispo que es signo y servidor de ella. Por eso en esta celebración damos gracias a Dios por las vocaciones, carismas y ministerios hoy convocados y reunidos en torno a la mesa de la Eucaristía, laicas y laicos, consagrados y consagradas, religiosos y religiosas, sacerdotes y obispo.

En este marco, en la liturgia de hoy cobra centralidad la bendición de los santos óleos: el óleo de los catecúmenos, el óleo de la unción de los enfermos y el crisma que marca la vida en el Espíritu Santo en los sacramentos de la Confirmación, la ordenación sacerdotal y la Ordenación episcopal. Son lo óleos para la santificación del Pueblo de Dios.

Hoy también cobra relevancia la concelebración de la Eucaristía del presbiterio presidido por el Obispo, haciendo visible el don del sacerdocio ministerial vivido en fraternidad en favor del Pueblo de Dios. Frente a Dios y ante su Pueblo como testigo, los presbíteros renovarán las promesas realizadas en el día de la ordenación en la cual fueron ungidos para la misión.

Queridos hermanos sacerdotes de una manera especial me dirijo a ustedes agradeciendo en primer lugar su entrega generosa, que al modo del Reino se realiza en el silencio y en lo pequeño.

Nacidos a la vida nueva en el Bautismo hemos crecido en la fe en el seno de la comunidad de la Iglesia, con corazón agradecido recordemos a aquellos que han acompañado y custodiado nuestra fe a lo largo de nuestro peregrinar: nuestros padres y abuelos, catequistas, religiosos, sacerdotes, comunidades parroquiales. En esas comunidades en la que crecimos como cristianos fuimos llamados de entre los hermanos para ser enviados a servirlos siendo administradores de los misterios de Dios (Cf. Hb 5, 1; 1Co 4,1). No debemos olvidar nunca de dónde venimos para vivir con fidelidad al don que hemos recibido.

El ministerio que portamos manifiesta una elección de amor, fuimos amados en el llamado por pura gracias de Dios. La renovación de las promesas sacerdotales significa seguir diciéndole sí al Señor en un camino de fidelidad, respuesta que es precedida por el sí del amor de Dios para con nosotros y para con su Pueblo, destinatario de la promesa del Señor de darle pastores según su corazón (Cf. Jer 3, 15). Así la renovación de las promesas se hace canto de fidelidad. Las orientaciones para la formación permanente citando a Joseph Ratzinger, recordaban que “hacerse sacerdote significa, en primer lugar, entrar en relación con Jesús, conocerlo, no de segunda mano, sino de primera mano, por la propia convivencia con él. Conocerlo bien significa siempre también amarlo, llegar a ser su amigo. En definitiva, el ministerio sacerdotal consiste en vivir en esa amistad y en llevar a otros a la amistad con él, en llevarlos a la comunidad de amigos de Jesús que denominamos Iglesia, y, de ese modo, a la amistad verdaderamente firme, que llega hasta la eternidad”.[1]

Sin abrirnos a esta amistad, sin cultivarla, nuestro ministerio sería construido sobre arena. El silencio fecundo que se hace recepción de la Palabra de Dios, los espacios de intimidad con el Señor en los que abrimos lo que portamos en nuestro corazón de pastor, la fidelidad en la celebración de la Eucaristía cada día, el ejercicio mismo del ministerio como fuente de espiritualidad serán los signos de una amistad-alianza que se convierte en anuncio del Reino con la propia vida. Quien permanece en esa amistad es reconocido por la sabiduría de los sencillos, como hombre de Dios. Así la fidelidad no queda en el compromiso de un sí en el día de la ordenación, sino que se hace realidad en el sí de cada día durante toda la vida, asumiendo el compromiso la formación permanente que es un camino de conversión permanente.

Hoy desde una memoria cordial que recoge las primeras promesas, junto a las gracias recibidas y a tanto bien que pudimos hacer en el nombre del Señor, reconocemos también en nuestra historia ministerial la fidelidad herida. Como señala las Orientaciones para la formación permanente somos conscientes de nuestra fragilidad y de la necesidad de la Misericordia de Dios en el seguimiento de Jesús, “somos conscientes de que, si bien nuestro barro ha sido transfigurado por la gracia, seguimos siendo barro”[2]. En el ejercicio del ministerio de la reconciliación somos instrumentos de la misericordia de Dios sin dejar de ser testigos de haber sido abrazados una y otra vez por ella, alejándonos así del peligro del rigorismo que enmascara la inconsistencia de un corazón desintegrado.

Fuimos ungidos para la misión. El Papa León señala que la identidad del presbítero se constituye en torno a un ser para los demás y es inseparable de su misión que se inscribe en la misión de la Iglesia que es evangelizar. Debemos asumir el desafío de realizar una verdadera conversión misionera a la escucha de la voz de Espíritu, discerniendo juntos como comunidad diocesana las prioridades en una pastoral de conjunto, quedando más claro que la parroquia no está centrada en sí misma, como recordaba el Santo Padre citando al Sínodo. Como pastores, ser fieles en la misión nos compromete a ser hombres de comunión y para la comunión, dando la vida por ella, rezando por ella. Se hiere a la comunión cuando se aparta la mirada del Evangelio, cayendo en la autorreferencialidad y en las ideologías que ciegan. Tengo siempre presente las palabras que el Santo Padre me dijo a modo de despedida en mi encuentro con él: “trabaje por la comunión”, palabras que se convirtieron en misión.

Queridos hermanos, cada uno responde personalmente en la renovación de las promesas, pero lo hacen en coro, expresión de nuestra fraternidad sacerdotal, realidad teológica del sacramento del orden, que se hace apostólica desde una fraternidad afectiva y efectiva como testimonio frente al pueblo de Dios, que tiene derecho a ella. Un ministerio aislado, marcado por el individualismo desfigura el mismo ministerio. No podemos solos, por eso el Señor nos llama en comunidad y en comunidad nos envía. Cuidemos al hermano y dejémonos cuidar.

Unámonos hoy con oración fraterna a los sacerdotes de nuestro presbiterio que están fuera de la Diócesis. Recemos especialmente a aquellos que están pasando por crisis para que con los ojos fijos en Jesús puedan renovar la alegría de la fidelidad y por los hermanos que han abandonado el ministerio.

En este día abracemos la súplica del Santo Padre de un vivir un renovado Pentecostés vocacional en la Iglesia que suscite numerosas y perseverantes vocaciones sacerdotales en la Iglesia, lo pedimos para nuestra Iglesia Diocesana. Damos gracias al Señor por nuestros seminaristas que están presentes, pero no dejemos de ser fieles al Señor acogiendo, acompañando y cuidando las vocaciones que el Espíritu suscita en nuestros jóvenes, fidelidad que genera futuro; aquí también se revela nuestra fidelidad al Señor y a la Iglesia.

Hermanos, que esta renovación de las promesas sea celebrada en cada Eucaristía, y que, como decía San Alberto Hurtado, nuestra vida sea una misa prolongada cantando la belleza de la fidelidad.


[1] J. Ratzinger, El centro íntimo de la vida sacerdotal (Homilía en los 25 años de sacerdote del P. Martín Bialas, Swarzenfeld 1993), en J. Ratzinger – Benedicto XVI, Enseñar y aprender el amor de Dios, Madrid 2018, 261.

[2] CEA. Comisión episcopal de Ministerios. Reaviva el don. Orientaciones para la formación permanente de los presbíteros. Agape Libros, CABA, 2024

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