Vaticano

El futuro de Europa no reside en la uniformidad sino en la armonía de las diferencias

En la Catedral de San Esteban de Metz, al concluir su viaje apostólico a Francia, León XIV llamó a Europa a hacer de la reconciliación, el perdón y la fraternidad el camino para superar las divisiones del pasado y afrontar los nuevos conflictos.

Patricia Ynestroza – Ciudad del Vaticano

En la Catedral de San Esteban de Metz, durante la Santa Misa celebrada al término de su visita apostólica a Francia, el Papa León XIV encomendó al Señor el camino de la comunidad diocesana de Metz y el de toda Europa, evocando la historia de una región marcada por conflictos y divisiones, pero también convertida en símbolo de reconciliación y construcción de la paz.

En su homilía, el Pontífice centró su reflexión en las imágenes del desierto, el jardín y la casa, tomadas de la primera lectura del profeta Isaías. Las tres figuras, dijo,  le permitieron al profeta hablar de la venida del Reino de Dios, en términos de derecho, justicia y paz.

El desierto, explicó, es el lugar de la sobriedad y del silencio, donde se instaura el derecho y se aprende a reconocer lo esencial, que nos permite atribuir el justo valor a las cosas, formándonos al mismo tiempo en la renuncia y el sacrificio, señalo el Pontífice. El jardín, en cambio, es el espacio de la belleza y de la vida que florece, imagen de una existencia recta que permite a la persona realizarse plenamente. Finalmente, la casa representa la paz: un lugar cuya construcción requiere la participación activa del ser humano y un esfuerzo compartido.

“Así la paz, que es don de Dios, exige una respuesta por parte de los hombres en un esfuerzo compartido. Por otro lado, más que una simple construcción de piedras, la casa es un lugar de presencia humana y de amor. En este sentido, la Palabra profética nos recuerda cómo, en un mundo marcado por el límite, la concordia sólo se construye en la caridad, que sabe compartir alegrías y dolores, animar y perdonar, sin cálculos ni límites, como en una familia.”

El perdón frente a la violencia

Al mencionar el Evangelio de las Bienaventuranzas y, en particular, la enseñanza de Jesús sobre el amor a los enemigos, El Papa abordó el tema de la  violencia y de la reconciliación. Ante un mundo en el que existen «tanta violencia, manipulación y arrogancia», señaló que Cristo muestra un camino basado en el perdón, la misericordia y la magnanimidad.

“«Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él» (Mt 5,39-41).”

Las palabras de Jesús, añadió el Papa, podrían ser interpretadas, como signos de debilidad o como una rendición ante el mal. Sin embargo, León XIV interrogó a los presentes sobre las causas por las que se actúa con venganza, represalia o rechazo.

“Miremos dentro de nosotros, profundamente, y miremos a nuestro alrededor: ¿qué producen, en el mundo y en nosotros mismos, actitudes como la venganza, la represalia y el rechazo? ¿Y qué futuro para la humanidad dejan entrever las relaciones y los sistemas impregnados por las lógicas despiadadas que derivan de estas actitudes?”

Recordando la historia de Metz y de la región del Mosela, marcada en el pasado por conflictos, afirmó: «No es verdad que el que comete venganza es más fuerte que el que perdona. No es verdad que el que no cede es más fuerte que el que busca la reconciliación. No es verdad que el que se marcha azotando la puerta es más fuerte que el que afronta el esfuerzo de caminar juntos».

Para el Pontífice, la experiencia histórica de Metz constituye un testimonio de que la reconciliación es posible cuando se rompen las cadenas del resentimiento. Frente a la injusticia, añadió, el camino de salvación pasa por un amor que se hace cargo del otro y busca ofrecer confianza incluso ante comportamientos difíciles de aceptar.

“Se necesita fuerza y gran equilibrio para no dejarse abrumar por el mal, sobre todo cuando las heridas sufridas son profundas. Pero, frente a la injusticia, el único camino de salvación para el hombre es el amor que se hace cargo del otro y que busca brindar confianza, independientemente de las circunstancias, incluso frente a los comportamientos más difíciles de aceptar”

Europa y sus raíces espirituales

Citando a san Agustín, presentó la paz como una comunión armoniosa en la que los hombres gozan de Dios y, en Él, unos de otros, y evocó asimismo latranquillitas ordinis, la «tranquilidad del orden», como expresión de una paz en la que cada persona reconoce y respeta en el otro una dignidad y un papel únicos y sagrados.

En este contexto, León XIV recordó que Europa ha sido construida a lo largo de los siglos sobre un patrimonio espiritual y moral anterior incluso a su desarrollo económico y político. Citó el discurso pronunciado por san Juan Pablo II en Santiago de Compostela en 1982 y destacó la aportación de hombres y mujeres que vivieron, predicaron y compartieron las enseñanzas del Evangelio.

“Lo atestiguan la gran contribución espiritual, cultural e incluso agrícola y artesanal que el monacato ha aportado a la historia del continente, además de la obra de santos como el gran Crodegango, incansable Pastor de esta comunidad que, precisamente aquí, en la Regla de los canónigos, dio una forma visible a la comunión eclesial.”

El Pontífice enumeró también principios que, forman parte de ese legado moral: «la primacía de la persona y el carácter sagrado e inviolable de la vida humana», la libertad de los individuos, la importancia de la familia, la atención a los pobres y necesitados, la acogida del extranjero y el respeto a los ancianos.

Metz, «taller viviente» de fidelidad

León XIV atribuyó a la Iglesia local de Metz una responsabilidad particular como «taller viviente» de esa fidelidad a los pilares recibidos de las generaciones anteriores. Y permanecer fieles a esos pilares, añadió, no ha sido fácil.

“Sin embargo, con coherencia y perseverancia, nuestros antepasados nos los han dejado en herencia como tesoros, para transmitirlos a su vez a las generaciones futuras, enriquecidos por nuestra experiencia, por el valor de nuestros esfuerzos y de nuestras historias.”

La «Linterna del Buen Dios»

La propia Catedral de San Esteban, dijo el Papa, es una imagen de ese proceso. Al señalar las vidrieras de la Catedral, conocida como la «Linterna del Buen Dios» (Lanterne du Bon Dieu) por sus aproximadamente 6.500 metros cuadrados de vidrieras historiadas, León XIV explicó que pareciera como si los constructores quisieron reducir al mínimo las paredes, manteniendo su solidez, para permitir que la luz llegara abundantemente a los fieles.

“Quien entra allí se encuentra de ese modo inmerso en una riquísima biblia pauperum, fuente de oración y meditación, a través de reflejos de miles colores. Y en este lugar de luz, el esplendor de las vidrieras históricas se ha enriquecido recientemente por el genio de Marc Chagall.”

Las obras de este gran pintor judío, colocadas en los muros de la Catedral, dijo el Papa, transforman la “Linterna del Buen Dios” en un extraordinario símbolo ecuménico y de diálogo interreligioso. Para León XIV, las vidrieras expresan que la luz de Dios no elimina las diferencias, sino que puede reunir historias y culturas distintas «en un único y maravilloso mosaico de paz», necesario hoy en día ante un mundo dividido y azotado por tantos conflictos.

De esta imagen extrajo también una enseñanza para Europa: «El futuro de Europa no reside en la uniformidad, sino en la armonía de las diferencias, donde la herida del pasado se convierte en una fisura que deja filtrar la luz».

Una Iglesia llamada a llevar la luz del Evangelio

El Pontífice trasladó finalmente el simbolismo de las vidrieras a la propia identidad de la Iglesia. Las estructuras eclesiales, afirmó, tienen sentido en la medida en que ayudan a llevar al mundo la luz del Evangelio.

“Sin estas vidrieras, las ventanas de la catedral de Saint-Étienne no serían más que espacios inundados de una luz enceguecedora. Con las vidrieras, se convierten en libros que nos reúnen para recordar historias maravillosas, llenas de heroísmo, de bondad, de misericordia, de amor y de belleza moral, de las que a su vez debemos ser testigos generosos y valientes.”

Al concluir su homilía, León XIV expresó su deseo para la Iglesia de Metz al término de su viaje a Francia: que esta comunidad pueda ser «más que nunca» un faro de esperanza para Francia, Europa y el mundo, confiándola a la oración de la Virgen María y de sus santos patronos.

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