Noticias de Nuestra Iglesia

  • Francisco anima nuevamente a trabajar por un mundo fraterno

    Un llamado a caminar juntos –a reflexionar, sentir, trabajar, tomar la palabra, encontrar nuestro sentido de pertenencia y la posibilidad de transformación- es lo que hallaremos en las siguientes páginas capaces de recoger y dar voz a la experiencia de nuestros pueblos. Valorar el ejemplo y la experiencia de quienes dedican su tiempo a servir a los demás nos permite animarnos a repensar nuestro modo de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y, sobre todo, el sentido de nuestra existencia. Pero sobre todo nos posibilita redescubrir la importancia de sentirnos convocados a tomar parte de estos diálogos de amistad social; porque la pandemia también nos recordó que nos necesitamos, que nadie se salva solo. En el diálogo con el otro, sea cual sea su procedencia, podremos abrir ventanas, recuperar horizontes y encontrar creativamente la mejor forma de vivir juntos.

    Vivirá feliz quien ame “a su hermano tanto cuando está lejos de él como cuando está junto a él”, escribía san Francisco de Asís. Con este espíritu los invito a entrar en diálogo con estos Diálogos Fraternos y a no tener miedo de caminar juntos aprendiendo y valorando, inclusive, nuestras diferencias. Es mi deseo que este encuentro nos permita soñar juntos con la amistad social, con la dignidad de nuestros pueblos, y con un mundo sin descarte en el que no falten ni la tierra, ni el techo, ni el pan, ni el trabajo; y en el que la esperanza nos impulse a trabajar hacia un horizonte mejor. Trabajar por un mundo en el cual la fraternidad se exprese no sólo en palabras llenas de sentido y de valor sino también y sobre todo en un modo de tejer y forjar la historia. Los invito a dejar que estos Diálogos Fraternos hagan eco en nuestra imaginación con tanta fuerza que nos impulsen a querer transformarlos en acción. Comencemos a dialogar…

     

     

  • 14 de julio: San Camilo de Lelis, patrono de los enfermos y los trabajadores de salud

    Camilo de Lelis nació en Bucchianico (Chieti, Italia) en 1550. Formó parte del ejército veneciano que luchó contra los turcos y estando en campaña contrajo una enfermedad que afectó una de sus piernas, mal que lo dejó aquejado el resto de su vida. Después, Camilo sería ingresado al hospital de San Giacomo de Roma, donde años más tarde colaboraría en calidad de criado. Lamentablemente, aquella experiencia no terminó muy bien, pues pasados unos meses fue despedido a causa de su espíritu indómito. Así, con el fracaso sobre los hombros, Camilo retornaría a las filas del ejército veneciano para enfrentar nuevamente a los turcos.

    Pero eso tampoco duró mucho tiempo. Camilo se retiraría de la vida militar, encontrando refugio en el juego. Los juegos de azar se convirtieron en su mayor debilidad y en vicio incontrolable. Cierta vez llegó a perderlo todo en una partida, hasta la camisa que llevaba puesta. Luego, sumergido en la miseria, consiguió trabajo en la construcción de un convento capuchino en Manfredonia.

    Su nueva labor se convirtió en el medio perfecto para que el Señor toque su corazón. Camilo empezó a escuchar las prédicas en el templo y asistir a la liturgia. Poco a poco su interior fue abriéndose la gracia, hasta el día en que admitió que era esclavo de sus pecados y conoció la misericordia de Dios. Camilo admitió de corazón que había vivido muy mal, y que, a pesar de eso, Jesús le estaba dando una oportunidad que no había previsto: vivir plenamente, sirviéndolo a Él y a los demás.

    Cara a cara con el dolor

    Durante aquel tiempo fuerte el joven Camilo se apoyó en los padres capuchinos y llegó a pensar que Dios lo estaba llamando a ser uno de ellos. Ingresó a la Orden de los frailes menores, pero no pudo profesar a causa del problema con su pierna. Entonces, retornó al hospital de San Giacomo y se dedicó al cuidado de los enfermos. Hizo tan buen trabajo allí que fue nombrado superintendente del hospital.

    Las innumerables necesidades espirituales y materiales que padecían los enfermos en el hospital despertaron en San Camilo la idea de fundar una asociación con todo aquel que deseara consagrarse al cuidado de los enfermos. Mientras tanto, con el acompañamiento espiritual de uno de sus coetáneos más célebres, San Felipe Neri, se preparó para recibir el orden sagrado.

    Los hospitales, las prisiones, los campos de batalla

    El Padre Camilo, junto a dos de sus compañeros, fundó la congregación de los Siervos de los Enfermos en 1582. El grupo fundacional deja el Hospital de San Giacomo y se traslada al Hospital del Espíritu Santo. Todos los días los “camilos” atendían allí a los pacientes, procurando hacerlo como si cada uno fuese el mismo Cristo. No se preocuparon solo de la salud física de los enfermos, sino que empezaron a administrar los sacramentos necesarios.

    El servicio de la congregación se fue ampliando y aparecieron nuevos llamados: los camilos asumieron la atención de los enfermos en las prisiones y, al mismo tiempo, comenzaron a hacer rondas de visitas a los enfermos que no podían salir de sus casas.

    El siguiente reto de San Camilo fue enviar religiosos al lado de las tropas del ejército para que, llegado el momento, atendieran a los heridos. Muchos religiosos murieron en este sacrificado servicio, sea a consecuencia de los combates, o contagiados por la peste. Sin embargo, San Camilo y sus hermanos permanecieron heroicamente al lado de los soldados incluso en medio de las circunstancias más extremas.

    El Papa San Gregorio XIV, en 1591, le concede a los camilos el estatus de Orden religiosa, con la denominación de Orden de los Ministros de los Enfermos, nombre elegido por el Fundador para indicar que sus miembros tenían como modelo a Cristo, aquel que dijo: “No he venido para ser servido, sino para servir y dar la vida” (Mt 20, 28).

    Compartiendo los sufrimientos de Cristo

    El santo patrono de los enfermos padeció siempre por su pierna, que por periodos mejoraba y por periodos volvía a hacerlo sufrir. Hubo una época en la que le aparecieron dos dolorosas llagas en las plantas de los pies, las que permanecieron abiertas por años. Finalmente, se sumaron las náuseas y la dificultad para comer en la última etapa de su vida. Aun así, San Camilo no dejó de preocuparse por “sus hijos”, los enfermos.

    En 1607 renunció a la dirección de la Orden. Partió a la Casa del Padre unos años después, el 14 de julio de 1614, a los 64 años de edad. El Papa León XIII lo proclamó patrono de los enfermos junto con San Juan de Dios, y el Papa Pío XI lo declaró patrono y modelo de los trabajadores de la salud.

     

    Fuente: Aciprensa

  • 13 de julio: Teresa de los Andes, primera santa carmelita de América

    Juanita Fernández Solar nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900, en el seno de una familia cristiana y de buena situación económica. Desde los seis años asistía con su mamá a Misa diaria y recibió la Primera Comunión el 11 de septiembre de 1910.

    Desde ese primer encuentro con Jesús Eucaristía, Juanita se propuso comulgar todos los días para pasar largo rato con Dios. También desde su niñez sembró una profunda devoción a la Virgen María.

    Estudió en el colegio del Sagrado Corazón y a los 14 años Dios le manifestó que quería su corazón solo para Él.

    Pese al gran afecto que tenía por su familia, Juanita decidió hacer los tres últimos cursos de estudio en régimen de internado, como medio de entrenamiento para la separación definitiva al descubrir su llamado a la vida contemplativa en las Carmelitas Descalzas de Los Andes.

    Ingresó al convento el 7 de mayo de 1919 y adoptó el nombre de Teresa de Jesús con el propósito de “sufrir y orar” para mejorar y purificar al mundo.

    Sin embargo, no alcanzó a vivir un año en el convento, pues murió el 12 de abril de 1920 de tifus y difteria.

    Tras su muerte, sus compañeras carmelitas aseguraban que había entrado ya siendo una santa, puesto que su carrera hacia la santidad la comenzó mucho antes de ingresar al Carmelo, incluso antes de su Primera Comunión.

    “Cristo, ese loco de amor, me ha vuelto loca”, solía decir la joven Teresa sobre su constante anhelo de configurarse con Él.

    Según sus biógrafos, tuvo una vida normal pero colmada de una madurez capaz de integrar armoniosamente lo divino y lo humano, a través de la oración, los estudios, las tareas del hogar y el deporte, ya que destacaba en la natación y equitación.

    Fue beatificada por San Juan Pablo II en Santiago de Chile el 3 de abril de 1987, y canonizada por el mismo Pontífice en Roma el 21 de marzo de 1993.

    El milagro que permitió su canonización ocurrió el 7 de diciembre de 1988, cuando una alumna del Colegio Las Condes, Institución Teresiana, sufrió un grave accidente en el paseo de fin de año escolar.

    Cuando se bañaba en la piscina del estadio del Banco Chile, Marcela Antúnez Riveros sufrió asfixia por inmersión. Fue sacada del agua después de al menos 5 minutos, cianótica y sin ningún signo vital.  

    Mientras la sometían a la prácticas de reanimación, dos apoderados y un grupo de alumnas pidieron fervorosamente la intervención de Santa Teresa de los Andes. Pese al diagnóstico de daño cerebral irreversible, la joven se recuperó rápidamente.  

    Después de tres días de hospitalización, Marcela salió de la Clínica Alemana sin la más mínima lesión cerebral, ni traumas y fue una alumna destacada en sus estudios.

     

     

    Fuente: Aciprensa

  • 12 de julio: Santa Verónica, a cuyo velo se le impregnó el rostro de Cristo

    El velo, lienzo o paño de Santa Verónica es conocido mundialmente como “Santa Faz” o “Velo de la Verónica” y es una de las reliquias más importantes del cristianismo puesto que se considera como una verdadera imagen de Cristo.

    El nombre Verónica apareció por primera vez en el documento apócrifo “Las Actas de Pilatos” y procede del latín “vera icon (o verdadero ícono)”, siendo la imagen o reliquia de este tipo más antigua y conocida. Otra reliquia importante similar a esta es la Sábana Santa de Turín.

    “Verónica” también podría ser una variación del nombre macedonio Berenice que data del siglo IV y que quiere decir “la que lleva a la victoria”. Este último nombre está vinculado al de la hemorroísa de los evangelios sinópticos que fue curada milagrosamente por Jesús.

    Según la tradición, Santa Verónica fue una mujer piadosa que vivió en Jerusalén y que tras la Pasión del Señor se dirigió a Roma llevando consigo el velo, que posteriormente fue expuesto para la veneración pública. Su acto ejemplar se recuerda hoy en la sexta estación del Vía Crucis.

    Una de las varias tradiciones explica que Santa Verónica llegó a Italia ante el emperador romano Tiberio, y lo curó tras hacerle tocar esta sagrada imagen. A partir de este evento, permaneció en la capital del imperio en la misma época que los apóstoles San Pedro y San Pablo. Al morir, dejó la imagen al Papa Clemente I.

    Con motivo del primer año santo de la historia, en el 1300, el Velo de la Verónica se convirtió en una de las “Mirabilia urbis” (maravillas de la ciudad de Roma) para los peregrinos que visitaron la Basílica de San Pedro en el Vaticano.

    Las huellas del Velo de la Verónica se perdieron en los años sucesivos al Año Santo 1600, hasta que fue hallado en la Iglesia de la Santa Faz de Manopello. El Papa Benedicto XVI fue el primer pontífice en visitarlo en septiembre de 2006.

     

    Fuente: Aciprensa

  • 11 de julio: San Benito

    San Benito nació en Nursia (Italia), en el año 480. Tuvo una hermana gemela, nada menos que Santa Escolástica. Después de haber estudiado retórica y filosofía en Roma, se retiró a la ciudad de Enfide (actual Affile) para dedicarse con mayor profundidad al estudio y la disciplina ascética.

    No conforme con lo logrado hasta entonces, con 20 años, se fue al monte Subiaco para vivir en absoluta soledad en una cueva, con la guía espiritual de un ermitaño. Años después, como parte de su búsqueda se unió a los monjes de Vicovaro, quienes lo eligieron prior en virtud de su espíritu disciplinado.

    En Vicovaro surgieron las primeras animadversiones contra Benito, nacidas en los corazones de los monjes que no estaban de acuerdo con la disciplina que el santo exigía. Fue así que algunos de sus hermanos llegaron al punto de conspirar para matarlo. Cuenta la tradición que un día, a la hora de los alimentos, uno de los hermanos le sirvió agua al abad en un vaso envenenado. El abad Benito recibió el agua y la puso sobre la mesa, frente a sí. Antes de beber, hizo la señal de la cruz sobre la copa y sin querer la golpeó, cayó al suelo, y se hizo pedazos. Un alboroto inusitado se produjo tras el hecho y los conspiradores quedaron en evidencia. Esto precipitó que San Benito se aleje de aquel monasterio, no sin antes reprochar a aquellos “hombres de Dios” la gravedad de lo que habían hecho.

    Edificador de Europa

    Pasado aquel triste episodio, junto a un grupo de jóvenes animados con su enseñanza, Benito se dedicó a la fundación y organización de otros monasterios por distintos lugares de la Europa central, entre los que destacó el construido en Monte Cassino (Italia). Advertido de que la vida monástica requiere orden y armonía, se animó a escribir su famosa “Regla”, inspiración para innumerables reglamentos de comunidades religiosas a lo largo del tiempo. Por otro lado, el santo abad trabajó en hacer de los monasterios auténticos centros de formación humana, espiritual y de preservación de la cultura. Gracias a estas notas características, su proyecto espiritual cobró forma y se convirtió en una red cultural y espiritual que enlazó a la Europa de ese tiempo. La vida monástica suscitó el entusiasmo de miles de cristianos llamados a dejar el mundo atrás y dedicarse a Dios en el silencio de un monasterio.

    El monacato europeo fue la base para la expansión de la cultura cristiana en el Viejo Continente, la semilla de los sistemas educativos y la reserva cultural de Europa. La mayoría de ciudades importantes de la Europa de hoy surgieron alrededor de algún monasterio, o se organizaron a su ritmo e inspiración.

    El deber de un monje

    Siempre que se presta atención a la figura de San Benito hay que hacerlo con respeto y cuidado. Existe la tentación de reducir su obra a un intento puramente organizacional resultado de cierta obsesión con la disciplina. Incurrir en una simplificación así no es más que un error. Nada más lejos que identificar la vida religiosa con los sacrificios exteriores sin sentido. Se debe tener presente que el padre del monacato fue antes que cualquier cosa un hombre de oración, una persona consciente de que la oración es indispensable para transformar la vida y relacionarse con Dios. La práctica de la caridad debe ir unida a la relación íntima con Dios.

    Benito fue un hombre exigente ciertamente, pero también reconocido por su trato amable y generosidad. Su día a día empezaba de madrugada cuando se levantaba para rezar los salmos y meditar la Escritura. Solo salía a predicar después de haber cumplido con sus deberes en el monasterio. Gustaba de practicar el ayuno y tenía la convicción de que los monjes debían ocupar su tiempo en algún tipo de esfuerzo físico. El trabajo era para él un honroso camino hacia la santidad.

    Lejos del mundo, más cerca del cielo

    San Benito realizó muchos milagros en vida: curó enfermos y resucitó muertos. Se enfrentó al demonio personalmente y practicó exorcismos, siempre con la cruz en la mano -de allí la devoción a la Cruz de San Benito-. Recolectó limosna para asegurar el alimento a sus hermanos y ayudar a los necesitados. Consoló a muchos que se hundieron en la tristeza y les devolvió el ánimo.

    El gran abad murió el 21 de marzo del año 547, pocos días después de su hermana, Santa Escolástica. San Benito murió en la capilla de su monasterio, con las manos levantadas al cielo, mientras oraba, haciendo eco de sus propias palabras: “Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo”.

     

    La Medalla de San Benito

    La cruz-medalla de San Benito debe su origen a la gran devoción que el Santo y data de una época muy antigua. El Santo recomendaba el uso de la misma a sus discípulos para vencer las tentaciones, ahuyentar al demonio y obrar maravillas.
     
    La medalla tiene dos caras, por un lado está la imagen del Santo Patriarca, y por el otro, una cruz, que a su alrededor lleva una letras que son iniciales de la oración: Crux Sancti Patris Benedicti (Cruz del Santo Padre Benito), Crux Sacra Sit Mihi Lux (Mi luz sea la Cruz Santa), Non Draco Sit Mihi Dux (No sea el demonio mi guía), Vade Retro Satana (¡Apártate, Satanás!), Numquam Suade Mihi Vana (No sugieras cosas vanas), Sunt Mala Quae Libas (Pues maldad es lo que brindas) Ipse Venena Bibas (Bebe tu mismo el veneno).
     
    Por muchos años, esta devoción fue exclusiva de los monasterios benedictinos; pero posteriormente se propagó luego que el joven Bruno quien fuera más tarde el Papa León IX se curara milagrosamente de una enfermedad.

     

     

    Fuente: Aciprensa

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