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Monseñor Domínguez: “Nuestro Pueblo tiene necesidad de ser ungido con el óleo de la alegría y de la esperanza”

“El participar de la unción sacerdotal nos configura con el estilo del Ungido, Jesucristo: sus gestos, sus palabras de anuncio, los actos de sanación, la visión que nos comunica y la libertad que nos regala, su pobreza, su obediencia amorosa al Padre, su entrega por sus amigos hasta el fin. Nosotros, como Él, también hemos sido ungidos para ungir”, explicó Mons. Fray Carlos María Domínguez ante decenas de sacerdotes de toda la diócesis que se hicieron presente en la Misa Crismal este martes 12 de abril.

“Esa unción, su unción, llega hasta la profundidad de nuestras personas. Estamos ungidos hasta los huesos en esa unidad con Jesús y con el Padre. Somos sacerdotes en lo más íntimo, sagrado y misterioso de nuestro corazón, allí mismo donde somos hijos por el Bautismo y morada de la Trinidad. Nuestro esfuerzo moral consiste en ungir, con esa unción profundísima, nuestros gestos cotidianos y más externos, de manera que toda nuestra vida se convierta, por nuestra colaboración, en lo que ya somos por gracia. Hemos sido ungidos y no untados”, agregó.

Además, comparando la unción de Aarón que se derramó desde la cabeza hasta la franja de su ornamento, Monseñor exhortó a los sacerdotes a tener esa unción presente. “Así nuestra unción debe llegar hasta las periferias de nuestro Pueblo. No podemos guardarnos la unción para nosotros y que se pierda todo su poder. Nuestra unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos”, expresó.

La  unción que necesita nuestro Pueblo

Continuando con su homilía, Monseñor Carlos Maria dijo que “nuestro Pueblo tiene necesidad de ser ungido con el óleo de la alegría”. “Los acontecimientos que nos han tocado vivir como Iglesia particular, entre otras cosas, han generado desánimo y desaliento y, en algunos, hasta tristeza. Necesitamos reacción profunda, fuerte, urgente. Y esa reacción la tenemos que buscar en nuestra unción”, afirmó.

“Nos hace falta la alegría; no aquella que nace de un virtualismo futurista del que no tiene los pies en la tierra. Nuestro Pueblo necesita de esa alegría honda y serena que no oculta los problemas; que nace de la cruz y que por eso es austera. Es la alegría que nace del Espíritu y que tiene su fuente en el Amor del Padre; esa alegría de Jesús que quiere que sea plena en nosotros.  Nuestra alegría sacerdotal, que brota desde adentro, es el eco de nuestra unción”.

El óleo de la esperanza

Monseñor Domínguez afirmó que nuestro pueblo “tiene necesidad de ser ungido con el óleo de la esperanza”. “Tiene necesidad urgente de escuchar de nuestros labios sacerdotales motivos serios para seguir esperando. Tiene necesidad de la esperanza puesta sólo en Jesús, para sentir que son Sus manos las que lo libran y sanan; que son Sus labios los que le dicen la única verdad que consuela; que es Su corazón el que goza de habitar en medio de su pueblo. La esperanza a la que tenemos que servir no se apoya en talentos, ni en la fuerza del hombre ni en su voluntad. Su fundamento es la bondad del Padre Celestial por quien todo se sostiene”, expresó.

“Nuestra esperanza nace en la cruz de Jesús. Es la esperanza de la unidad que se comparte con otros. Es potencia de cambio y compromiso fiel; es constancia y es virtud que se sostiene en Dios. Es  fuerza activa y creadora. Los invito a intuir la esperanza en nuestro Pueblo y llenarla de las razones que vienen de Dios”.

“El Pueblo ungido completa y vuelve real la unción del Espíritu en nosotros que hemos sido ungidos para ungir. Ungimos repartiéndonos a nosotros mismos, repartiendo nuestra vocación y nuestro corazón. Al ungir somos ungidos por la fe y el cariño de nuestro pueblo. Ungimos ensuciándonos las manos al tocar las heridas, los pecados y la angustia de la gente. Ungimos perfumándonos las manos al tocar su fe, sus esperanzas, su fidelidad y la generosidad incondicional de su entrega. Cuando uno aprende a ungir y bendecir a la manera de Jesús, el Señor lo cura de la mezquindad”, sostuvo Monseñor.

 

Apostemos por reconstruir las relaciones y trabajar por la fraternidad de nuestro presbiterio

Dirigiéndose a los sacerdotes, Monseñor Fr. Carlos María Domínguez, invitó a dejar en manos de Jesús las “heridas que aún hoy duelen”. “Con respeto y delicadeza te invito a que se las presentes a Jesús para que Él las pueda ungir con el óleo de la alegría y de la esperanza, porque sólo Él puede sanarlas”.

“Quiero que te sientas acompañado, consolado y fortalecido por la pobre oración de este hermano que le toca administrar esta Iglesia particular. Y también quiero ser presencia para tu vida y ministerio sacerdotal. Decirte que estoy cerca aunque, a veces, la distancia que separa sea grande. Darte serenidad con una paz muy honda. Quiero gritarle a tu vida que Jesús está vivo y que te sostiene de la mano, aunque a veces no te lo diga con palabras”, agregó.

“Desde que llegué a San Rafael y comencé a caminar con ustedes, he repetido insistentemente la necesidad que tenemos de paz, unidad, comunión y reconciliación. Por eso, en este día tan sacerdotal, quiero renovarles esta invitación a disponer activamente nuestras vidas para acoger estos dones de Dios”, sostuvo Monseñor Carlos María.

“Quiero hacer un fuerte llamado a desterrar toda actitud que nada tenga que ver con esto que necesitamos; que el Evangelio sea el centro de nuestra vida y que no nos desparramemos ni en enfrentamientos, ni en etiquetas, ni en descalificaciones, ni en lo que es secundario. Apostemos por reconstruir las relaciones que se han deteriorado y trabajar denodadamente por la fraternidad de nuestro presbiterio”.

“Que María, madre de los sacerdotes, te acompañe para que puedas dar tu Sí al Señor y a su Pueblo, todos los días de tu vida sacerdotal. Que Ella cuide tu alegría sacerdotal para que nunca la pierdas y te llene de esperanza para que la puedas seguir contagiando al Pueblo de Dios. Que con el testimonio de tu vida anuncies al Pueblo que ser sacerdote es lo mejor que nos ha pasado en la vida; que es un gozo, un honor, una gran responsabilidad”, concluyó. 

 

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